Mi nombre es Badriel Pols, y desde que tengo memoria he sentido que nací para proteger.
Desde pequeño me sentí atraído por el combate. Mientras otros niños se conformaban con correr o explorar los alrededores del pueblo, yo pasaba horas jugando con espadas y escudos de madera, imaginando que defendía caminos, hogares y personas de peligros que todavía no comprendía. En aquel entonces todo parecía un juego, pero incluso siendo un niño había algo que me inquietaba profundamente: la facilidad con la que algunos podían perder el control.
Muchas veces nuestras pequeñas competencias terminaban en discusiones. Algunos no soportaban perder, otros se enfurecían cuando las cosas no salían como esperaban y, de pronto, aquello que había comenzado como una diversión terminaba convirtiéndose en una pelea real. Nunca pude comprenderlo. Para mí, la fuerza debía servir para controlar una situación, no para empeorarla. Y cada vez que alguien cruzaba esa línea, mi cuerpo parecía reaccionar antes incluso de que pudiera pensarlo.
Entonces ocurrió algo que cambió mi vida.
Un día, mientras entrenábamos entre amigos, un pequeño perro apareció corriendo entre nosotros. Era apenas un animal curioso que se acercó buscando atención y terminó cruzándose en nuestro camino. Uno de mis compañeros tropezó con él y cayó al suelo. Lo que ocurrió después todavía permanece grabado en mi memoria.
Furioso y avergonzado por la caída, comenzó a golpear al animal.
Al principio pensé que se detendría. Que comprendería lo que estaba haciendo.
No lo hizo.
Cuando conseguí reaccionar, el pequeño perro ya estaba muerto.
Recuerdo perfectamente la sensación que me recorrió en aquel instante. No entendía cómo alguien podía descargar tanta violencia contra una criatura que ni siquiera comprendía lo que estaba ocurriendo. Aquel animal no había intentado hacerle daño a nadie. Solo había pensado que todo aquello formaba parte de un juego.
Y entonces fui yo quien perdió el control.
Golpeé a mi compañero hasta reducirlo. Todavía conservo algunas marcas en mis manos de aquel día, pero no son las heridas lo que recuerdo con mayor claridad. Lo que jamás he podido olvidar es aquella sensación de impotencia, de haber llegado demasiado tarde para proteger a alguien que no podía defenderse.
Pensé que el pueblo me castigaría por lo ocurrido.
Sin embargo, sucedió algo diferente.
Muchos de quienes habían presenciado aquel episodio comenzaron a verme de otra manera. No justificaban mi furia, pero comprendían de dónde había nacido. Yo había sido el único que se había interpuesto ante aquella crueldad, el único que había actuado cuando los demás permanecieron inmóviles.
Poco tiempo después, uno de los líderes del pueblo me pidió que fuera a conocer a un hombre llamado Drils.
Para mí era un desconocido, aunque pronto descubrí que prácticamente todos los habitantes del lugar habían oído hablar de él. Drils era un paladín experimentado, un hombre que había dedicado buena parte de su vida a defender a quienes no podían hacerlo por sí mismos y a enfrentarse a aquellos que utilizaban su poder para abusar de otros.
Cuando me habló de sus ideales, sentí que escuchaba algo que siempre había existido dentro de mí, pero que hasta entonces nunca había sabido expresar.
La fuerza no debía utilizarse para dominar.
Debía utilizarse para proteger.
Drils terminó convirtiéndose en mi maestro. Bajo su tutela aprendí que un verdadero protector necesita mucho más que fuerza física. Aprendí disciplina, paciencia y responsabilidad. Aprendí que una espada puede detener a un enemigo, pero que no todos los conflictos pueden resolverse levantando un arma.
También comprendí algo más.
Yo no creía que nuestro encuentro hubiese sido una coincidencia.
Cada experiencia de mi infancia, cada momento en que había sentido la necesidad de intervenir ante una injusticia, parecía haberme conducido hasta allí. Con el tiempo llegué a estar convencido de que había sido elegido para recorrer aquel camino.
Que había nacido para aquello.
Con los años me convertí en uno de los protectores del pueblo. Gran parte de mi trabajo consiste en vigilar sus límites y recorrer sus alrededores, asegurándome de que quienes viven allí puedan hacerlo en paz. Pero proteger un lugar significa mucho más que defenderlo de criaturas o bandidos. Significa ayudar cuando una familia atraviesa dificultades, intervenir cuando surge un conflicto y escuchar a quienes necesitan ser escuchados.
Los habitantes del pueblo aprendieron a confiar en mí.
Cuando alguien necesita ayuda, muchas veces vienen a buscarme.
Nunca he considerado aquello una carga.
Mi corazón está al servicio de esta gente y de quienes tienen la responsabilidad de guiarla, siempre que sus decisiones continúen respetando aquello que para mí es fundamental: cuidar a los inocentes, mantener la justicia y proteger aquello que no puede defenderse por sí mismo.
Pero mis convicciones no se limitan solamente a las personas.
Con el paso de los años comencé a sentir una conexión cada vez más profunda con la naturaleza. Los bosques, los animales y la tierra que rodean nuestro hogar poseen un equilibrio que merece ser protegido tanto como cualquier pueblo o ciudad. He dedicado buena parte de mi vida a intentar comprenderlo, aprendiendo a observar antes de actuar y buscando algún día sentir que realmente formo parte de aquello que intento defender.
Ni la soledad ni la compañía han logrado apartarme de ese propósito.
Cada día intento mejorar, aprender algo nuevo y convertirme en alguien digno de la responsabilidad que he elegido cargar.
Sin embargo, ahora enfrento una situación que ha comenzado a poner a prueba todo aquello en lo que creo.
Un pueblo vecino ha comenzado a expandir sus zonas de tala. Durante meses sus trabajadores han avanzado cada vez más dentro del bosque, derribando árboles y destruyendo sectores completos para obtener madera. Al principio parecía tratarse de algo lejano, pero poco a poco la explotación comenzó a acercarse a nuestros límites.
El bosque está desapareciendo frente a nuestros ojos.
Cada día puedo ver nuevas zonas destruidas.
Cada día resulta más difícil permanecer en silencio.
He intentado convencerme de que no es asunto mío. Que esas tierras pertenecen a otro pueblo y que intervenir podría generar un conflicto entre comunidades que durante años han mantenido una paz frágil.
Pero cada vez que observo aquellos árboles caer recuerdo por qué elegí este camino.
Un protector no actúa únicamente cuando resulta sencillo hacerlo.
Mi deber es mantener la paz, pero también defender aquello que no puede defenderse.
Y por primera vez ambas cosas parecen estar enfrentadas.
Si permanezco inmóvil, quizá conserve la paz entre nuestros pueblos, pero permitiré que la destrucción continúe.
Si intervengo, podría proteger el bosque… y al mismo tiempo provocar un conflicto que termine poniendo en peligro a la misma gente que juré proteger.
Todavía no sé cuál será mi decisión.
Solo sé que no puedo ignorarlo para siempre.
Porque desde aquel día de mi infancia comprendí algo que nunca he podido olvidar:
la verdadera prueba no aparece cuando sabes exactamente qué es lo correcto.
Aparece cuando proteger a alguien significa arriesgar aquello que también juraste proteger.
Y cuando llegue ese momento, Badriel Pols tendrá que decidir qué significa realmente ser un protector.
Personaje
Badriel
Semi Elfo · Paladin 7
Ficha resumida
Raza
Semi Elfo
Clases
Paladin 7
Clase de armadura
10
Puntos de golpe
0
Arma 1
Espadón
Arma 2
—
FUE
10
DES
10
CON
10
INT
10
SAB
10
CAR
10
Historia
Rasgos y habilidades
Este personaje aún no tiene habilidades registradas.
Inventario / conjuros / notas
Este personaje aún no tiene inventario o notas registradas.