Mis OrĂgenes
Desde que tengo memoria, siempre supe que era diferente.
No porque alguien me lo explicara, sino porque podĂa verlo en los rostros de las personas. Mis cuernos, mi piel y mis ojos eran lo primero que veĂan. Antes de conocer mi nombre, ya habĂan decidido quiĂ©n era.
Soy un Tiefling.
Durante mi infancia viajé con mis padres de un lugar a otro. Mi padre, también Tiefling, dominaba la magia de fuego y buscaba trabajos donde pudiera utilizar sus habilidades. Mi madre era humana y fue ella quien siempre intentó enseñarme a no juzgar a los demás de la misma forma en que ellos nos juzgaban a nosotros.
Cuando llegábamos a un pueblo, procurábamos ser discretos. Yo llevaba una capucha para ocultar mis cuernos y mantenĂa la cola cubierta. Mi padre entraba en busca de trabajo, mientras mi madre se encargaba de que yo aprendiera a leer, escribir y desenvolverme entre las personas.
Nunca permanecĂamos demasiado tiempo.
Al principio creĂa que viajar era simplemente nuestra forma de conocer el mundo. Con los años entendĂ que tambiĂ©n era una forma de mantenernos a salvo.
Mi padre me enseñó a encender una hoguera, reconocer cuándo se acercaba una tormenta y mantenerme atento a lo que ocurrĂa a mi alrededor. TambiĂ©n intentĂł enseñarme a controlar mi temperamento.
—El fuego puede calentar una casa—me decĂa—pero tambiĂ©n puede destruirla. Lo importante no es tener poder, sino decidir quĂ© hacer con Ă©l.
Yo admiraba su magia. Cuando pensaba que nadie nos observaba, hacĂa pequeñas figuras de fuego sobre su mano: pájaros, flores o diminutas criaturas que desaparecĂan en el aire.
Yo querĂa hacer lo mismo.
Pero mi padre siempre me decĂa:
—TodavĂa no estás preparado.
Mi madre, en cambio, me enseñaba a distinguir plantas, coser heridas y aprovechar lo poco que tenĂamos durante nuestros viajes. TambiĂ©n me hablaba de las personas.
—No todos los humanos son buenos, pero tampoco todos son crueles. Muchos tienen miedo de lo que no conocen. Eso no justifica lo que hacen, pero no dejes que su ignorancia decida quién eres.
Yo querĂa creerle.
Intentaba demostrar que tenĂa razĂłn. Ayudaba cuando podĂa, trataba de ser amable y evitaba los problemas. Pero nunca parecĂa ser suficiente.
Algunos se alejaban al verme. Otros me miraban como si llevara algo malvado dentro de mĂ simplemente por haber nacido Tiefling.
Una vez, un hombre escupiĂł al suelo frente a mi padre y dijo que los demonios no eran bienvenidos en su pueblo.
Mi padre dio un paso hacia él.
Las llamas comenzaron a aparecer entre sus dedos.
Mi madre le sujetĂł el brazo.
Aquella noche nos marchamos.
Mientras la carreta se alejaba, pregunté:
—¿Por qué no le hiciste daño?
Mi padre tardĂł unos segundos en responder.
—Porque si lo hubiera hecho, habrĂa demostrado exactamente lo que Ă©l pensaba de nosotros.
No entendĂ del todo su respuesta.
Mi madre se sentĂł a mi lado y me abrazĂł.
—No tienes que ser mejor que nadie—me dijo—Solo tienes que decidir qué clase de persona quieres ser cuando los demás intenten convertirte en algo que no eres.
Durante mi infancia hubo momentos que me hicieron dudar de sus palabras. Pero tambiĂ©n conocĂ personas que demostraron que mi madre tenĂa razĂłn: una anciana que nos ofreciĂł refugio durante una tormenta, un granjero que permitiĂł trabajar a mi padre sin hacer preguntas o una niña que compartiĂł conmigo una manzana cuando me vio solo.
Eran pequeños gestos.
Pero los recuerdo.
Aun asĂ, las despedidas terminaron cansándome. Cada vez que empezaba a sentir que pertenecĂa a algĂşn lugar, volvĂamos a la carretera.
Con el tiempo dejé de intentar acercarme tanto a los humanos.
Durante uno de nuestros viajes llegamos a un poblado junto a un bosque. EmpecĂ© a frecuentarlo porque allĂ podĂa estar tranquilo. Me gustaba escuchar el viento entre las hojas y observar a los animales.
Una tarde encontré un zorro herido entre los arbustos.
IntentĂł escapar al verme, pero apenas podĂa caminar.
En lugar de atraparlo, me senté a cierta distancia y esperé.
Después de un rato dejó de intentar huir.
Le di parte de mi comida y vendé su pata.
Al dĂa siguiente seguĂa allĂ.
Y al siguiente también.
Cuando finalmente tuvo fuerzas para caminar, se levantĂł, me mirĂł y comenzĂł a avanzar.
Sin pensarlo demasiado, lo seguĂ.
Después de varias horas llegamos a un claro rodeado de árboles antiguos.
AllĂ conocĂ a los druidas.
El bosque
Al principio pensĂ© que volverĂa a ocurrir lo mismo.
Pero ellos no vieron mis cuernos ni mi cola como algo que temer.
Uno de ellos observĂł al zorro y luego me mirĂł.
—Parece que confĂa en ti.
Miré al animal.
—Creo que yo confĂo más en Ă©l que en cualquier persona que haya conocido.
El druida sonriĂł y me ofreciĂł quedarme.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuve que demostrar que era digno de estar en un lugar.
Simplemente me aceptaron.
Esa noche regresĂ© a casa y mis padres notaron inmediatamente que algo habĂa cambiado.
Cuando les conté lo ocurrido, mi padre sonrió.
—Has encontrado gente que te acepta, hijo.
Mis padres decidieron que nos quedarĂamos en el pueblo para que pudiera aprender de los druidas. Al dĂa siguiente regresamos juntos al claro.
Los druidas los recibieron sin desconfianza y nos mostraron una pequeña casa de madera en el lĂmite del bosque. Estaba cerca del poblado, pero tambiĂ©n lo bastante apartada para que pudiera visitar el claro cada dĂa.
Al principio me costaba creer que realmente podĂa quedarme.
Estaba acostumbrado a buscar señales de rechazo en cada rostro y a esperar que, tarde o temprano, alguien cambiara de opinión.
Pero nadie lo hizo.
Con los años aprendà sobre las plantas, los animales, las estaciones y los ciclos de la naturaleza. Los druidas no siempre enseñaban con palabras. Muchas veces simplemente me llevaban al bosque y me dejaban observar.
Aprendà a reconocer árboles por su corteza, flores que anunciaban la lluvia y plantas capaces de curar o enfermar dependiendo de cómo se utilizaran.
También aprendà a respetar el bosque.
No tomar más de lo necesario.
No dañar aquello que podĂa evitarse.
Y entender que cada criatura tenĂa su propio lugar.
Los animales se convirtieron en mis compañeros más constantes. HabĂa cuervos que me seguĂan entre los árboles, ardillas que escondĂan comida cerca de mi refugio y criaturas que simplemente se acostumbraron a mi presencia.
Los druidas siempre me recordaban:
—No son mascotas. Son vecinos.
AprendĂ a respetar eso.
El zorro que me habĂa llevado hasta ellos tambiĂ©n permaneciĂł cerca durante mucho tiempo. A veces desaparecĂa durante dĂas y luego regresaba.
Nunca intenté retenerlo.
Me bastaba con saber que podĂa volver si querĂa.
Con el tiempo descubrĂ que podĂa percibir algo en los animales que antes no comprendĂa.
No eran palabras.
Era una sensaciĂłn.
El miedo de un conejo escondido, la curiosidad de un cuervo, la tranquilidad de un ciervo que reconocĂa mi olor.
Los druidas me ayudaron a desarrollar aquella sensibilidad.
—No estás hablando con ellos—me explicĂł una druida—Estás aprendiendo a escuchar lo que siempre estuvo ahĂ.
IntentĂ© aprender tambiĂ©n la magia druĂdica.
Durante meses practiquĂ© junto a ellos. RepetĂ sus gestos, sus palabras y sus rituales. IntentĂ© hacer brotar semillas de la tierra y sentir el pulso de las raĂces bajo mis manos.
Nada ocurriĂł.
La magia nunca respondiĂł a mĂ.
Al principio pensĂ© que habĂa vuelto a fracasar.
Una noche, frustrado, me alejé del claro.
Uno de los druidas me encontró sentado junto a un árbol.
—No puedo hacerlo—dije—Nunca podré ser como ustedes.
—No tienes que ser como nosotros.
—Entonces, ¿Qué soy?
El druida mirĂł hacia el bosque.
—Alguien que ha aprendido a quedarse cuando antes solo sabĂa marcharse.
No entendĂ aquella respuesta de inmediato.
Con el tiempo comprendĂ que los druidas nunca habĂan intentado convertirme en uno de ellos. Solo querĂan enseñarme a encontrar mi propia forma de relacionarme con el mundo.
No podĂa utilizar su magia.
Pero podĂa entender la naturaleza.
PodĂa reconocer sus señales, respetar sus lĂmites y escuchar a las criaturas que vivĂan en ella.
Y eso era suficiente.
El camino
Pasé varios años junto a los druidas.
Con el tiempo, llegĂł el momento de marcharme. No porque quisiera alejarme de ellos, sino porque sentĂa que todavĂa habĂa cosas que debĂa descubrir por mi cuenta.
Antes de partir, una de las druidas me entregó un pequeño amuleto de madera.
—Para que recuerdes de dónde vienes—me dijo.
Lo sostuve unos segundos. PensĂ© en todo lo que aquel lugar habĂa significado para mĂ.
Por primera vez, marcharme no se sentĂa como estar huyendo.
Era simplemente seguir adelante.
Mis padres decidieron quedarse en el pueblo, y yo emprendĂ mi propio camino. SeguĂ viajando de un lugar a otro, aunque ahora lo hacĂa por elecciĂłn y no porque tuviera que esconderme.
Los años junto a los druidas habĂan cambiado mi forma de ver el mundo.
Ya no juzgaba a las personas Ăşnicamente por sus palabras. Observaba cĂłmo trataban a los animales.
Si un perro se acercaba tranquilamente a alguien, le daba una oportunidad.
Si un caballo se ponĂa nervioso ante una persona, me mantenĂa alerta.
Si un cuervo seguĂa a alguien, lo observaba con cuidado
Si un animal huĂa de alguien, yo prestaba atenciĂłn.
No siempre acertaba.
Pero habĂa aprendido a prestar atenciĂłn. Confiaba en los animales más de lo que confiaba en las palabras de cualquier persona.
Durante años recorrà caminos, pueblos y bosques. Algunas personas me recibieron bien. Otras volvieron a mirar mis cuernos con desconfianza.
Ya no me afectaba de la misma manera.
HabĂa aprendido quiĂ©n era.
Hasta que, muchos años después, volvà a encontrar al zorro.
El regreso del zorro
Lo reconocĂ inmediatamente.
Era imposible.
HabĂa pasado demasiado tiempo. El zorro que habĂa conocido cuando era joven deberĂa haber envejecido y muerto hacĂa muchos años.
Pero allĂ estaba.
Exactamente como lo recordaba.
Se encontraba en el borde del bosque, observándome.
No parecĂa sorprendido de verme.
Solo se dio la vuelta y comenzĂł a caminar.
Me quedé quieto unos segundos.
PodrĂa haberlo dejado marchar.
Pero algo dentro de mĂ me dijo que debĂa seguirlo.
AsĂ que lo hice.
El zorro avanzaba con tranquilidad, entrando cada vez más profundo en el bosque. Yo apenas reconocĂa el camino.
DespuĂ©s de varias horas llegamos a un lugar que nunca habĂa visto.
Un antiguo cĂrculo de piedras cubierto de raĂces y musgo.
-Siempre me traes a lugares particulares-dije.
El zorro entrĂł en el centro.
Entonces se detuvo.
Y todo quedĂł en silencio.
El viento desapareciĂł.
Los pájaros dejaron de cantar.
Incluso los insectos parecieron desaparecer.
Miré alrededor.
—¿Qué es este lugar?
Una voz respondiĂł detrás de mĂ.
—Un lugar donde los caminos se encuentran.
Me giré.
No habĂa nadie.
—¿Quién eres?
Las hojas comenzaron a moverse.
Las raĂces se levantaron lentamente del suelo y, entre los árboles, apareciĂł una figura.
Era alta y ancha como los robles antiguos.
TenĂa grandes astas de ciervo y un cuerpo cubierto de corteza, raĂces y hojas. Uno de sus ojos parecĂa humano; el otro, el de un animal.
El zorro permaneciĂł tranquilo a sus pies.
La figura me observĂł durante unos segundos.
—Me llaman Aelthar.
No sabĂa quiĂ©n era.
Pero habĂa algo en su presencia que me resultaba extraño.
No sentĂa miedo.
SentĂa que estaba frente a algo que llevaba allĂ mucho antes de que yo existiera.
Aelthar, me miraba con detenimiento, y sentĂa como si me estuviera rodeando aunque no se moviera, me sentĂ observador por Ă©l.
—Has recorrido muchos caminos, Nek.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Aelthar sonriĂł.
—Sé más de ti de lo que imaginas.
Me hablĂł de los caminos que habĂa recorrido, de las personas que habĂa conocido y de los años que habĂa pasado junto a los druidas.
También habló de mi infancia.
De las veces que habĂa sido rechazado.
De las veces que habĂa elegido ayudar aun cuando otros no lo habĂan hecho.
—Te he observado durante mucho tiempo—dijo.
SentĂ un escalofrĂo.
—¿Por qué?
—Porque sigues caminando.
No entendĂ.
Aelthar señaló el bosque.
—Algunos pasan su vida intentando encontrar un lugar al que pertenecer. Otros pasan su vida huyendo de los lugares que los rechazaron.
Me mirĂł directamente.
—Tú hiciste ambas cosas. Hasta que aprendiste que no necesitabas ninguna de ellas.
Guardé silencio.
—¿Qué quieres de m�
Aelthar no respondiĂł inmediatamente.
—Nada que no estés dispuesto a elegir.
Entonces comprendĂ que aquel encuentro no habĂa ocurrido por casualidad.
El zorro.
El camino.
El cĂrculo de piedras.
Todo parecĂa haberme llevado hasta allĂ.
Aelthar extendiĂł una mano.
—Puedo ofrecerte poder.
Miré su mano, pero no la tomé.
—¿A cambio de qué?
Una sonrisa apareciĂł en su rostro.
—Eso dependerá de lo que estés dispuesto a aceptar.
Por primera vez en mi vida, no sentĂ que alguien estuviera intentando decirme quiĂ©n debĂa ser.
Aelthar no querĂa que fuera humano.
No querĂa que fuera druida.
Ni siquiera parecĂa querer que fuera como Ă©l.
Solo querĂa que eligiera.
Y antes de aceptar su pacto, habĂa una pregunta que todavĂa debĂa responder.
Un nuevo nombre
Aelthar bajĂł lentamente la mano.
—Antes de decidir, dime algo.
—¿Qué?
—¿Cuál es tu nombre?
—Nek.-Lo mire extrañado, el ya sabia como me llamaba.
Aelthar permaneciĂł en silencio durante unos segundos.
—Ese es el nombre que te dieron otros.
Fruncà el ceño.
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada.
Se acercĂł un poco.
—Pero pertenece al niño que pasó gran parte de su vida intentando ser aceptado por aquellos que nunca quisieron conocerlo.
Bajé la mirada.
RecordĂ© las aldeas que nos habĂan expulsado.
Las miradas.
Los insultos.
Pero también recordé a mis padres.
A los druidas.
Al bosque.
Y al zorro que seguĂa allĂ, observándonos.
—Entonces, ÂżQuĂ© nombre deberĂa tener?
Aelthar sonriĂł.
—Escucha a los animales, los rĂos y las hojas. El bosque ya te dio un nombre. Solo tienes que escucharlo.
Sentà algo extraño.
El amuleto de madera que llevaba conmigo comenzĂł a calentarse.
Lo saqué de mi ropa y lo observé.
Por un instante, recordé los años junto a los druidas. El claro. Los árboles. Los animales.
Y entonces apareciĂł un nombre en mi mente.
—Thalen.
No sabĂa quĂ© significaba.
Quizás no significaba nada.
Pero al pronunciarlo sentĂ algo que nunca habĂa sentido con mi antiguo nombre.
SentĂ una pertenencia, sentĂ que asĂ me llamaba el bosque y los animales.
Miré a Aelthar.
—Thalen.
Aelthar asintiĂł.
—Entonces ese es tu nombre.
Desde aquel momento dejé atrás a Nek.
No porque quisiera olvidar al niño que habĂa sido.
Sino porque ya no necesitaba seguir intentando demostrar que merecĂa un lugar.
Ahora podĂa elegir dĂłnde caminar.
Y quĂ© clase de persona querĂa ser.
El Pacto
Aelthar no me prometiĂł riqueza.
No me prometiĂł fama.
Tampoco me prometiĂł venganza.
Me ofreciĂł poder.
El poder que nunca habĂa podido obtener de la magia druĂdica.
Pero no querĂa que fuera su sirviente.
Solo me pidiĂł tres cosas:
No matar por placer.
No quitarle a una criatura su libertad sin razĂłn.
Y nunca romper deliberadamente un pacto que hubiera aceptado.
Le preguntĂ© quĂ© ocurrirĂa si algĂşn dĂa no querĂa seguir sus Ăłrdenes.
Aelthar sonriĂł.
—Entonces no las sigas.
Aquella respuesta me sorprendiĂł.
Después extendió su mano.
—No quiero que seas lo que otros esperan de ti. Quiero que encuentres tu propio camino.
Miré al zorro.
SeguĂa tranquilo.
Sin miedo.
Asà que acepté.
Cuando nuestras manos se tocaron, una energĂa extraña recorriĂł mi cuerpo. La marca de una rama apareciĂł en mi palma y se extendiĂł por mi antebrazo.
El viento comenzĂł a soplar y las hojas se levantaron a mi alrededor. Por un instante pude sentir a todos los animales del bosque, no como voces, sino como pensamientos y emociones.
Entonces llegĂł el dolor.
Mis cuernos comenzaron a arder. CaĂ de rodillas mientras su forma cambiaba lentamente, curvándose hasta recordar las astas de un ciervo. SeguĂan siendo cuernos de Tiefling, pero ahora tenĂan una apariencia más salvaje.
Después sentà mi cola. En su extremo comenzó a crecer un mechón de pelo oscuro, parecido al de un león.
Mis ojos ardieron y, durante unos segundos, mis pupilas se volvieron verticales.
Cuando todo terminĂł, estaba tendido en el suelo.
Aelthar me observaba.
—Ahora llevas una parte del bosque contigo.
Me miré las manos.
La marca seguĂa allĂ.
Los cuernos habĂan cambiado.
Mi cola también.
Pero seguĂa siendo yo.
O al menos eso esperaba.
Thalen
Desde aquella noche, pequeñas partes de la naturaleza comenzaron a manifestarse en mĂ.
Mis sentidos se hicieron más agudos y aprendĂ a moverme casi sin hacer ruido. Cuando utilizaba la magia de Aelthar, sentĂa algo salvaje despertando dentro de mĂ. A veces aparecĂan hojas sobre mi piel; otras, sombras de animales se movĂan a mi alrededor.
No sabĂa hasta dĂłnde llegarĂa aquella transformaciĂłn.
Aelthar nunca me lo explicĂł.
Tampoco sabĂa por quĂ© me habĂa elegido.
Solo sabĂa que ahora podĂa utilizar magia.
No era la magia de los druidas.
Era algo más antiguo y extraño.
Era el poder de un Archfey.
El poder de Aelthar.
Y asĂ me convertĂ en un brujo.
Un nuevo camino
Durante gran parte de mi vida intenté demostrar que no era un monstruo.
Ya no me importaba.
HabĂa pasado demasiado tiempo intentando parecerme a aquellos que me rechazaban. Ahora querĂa ser yo mismo.
Un Tiefling.
Un viajero.
Un amigo de los animales.
Un aprendiz de los druidas que nunca llegĂł a convertirse en druida.
Y ahora...
Thalen, brujo de Aelthar.
TodavĂa no sĂ© quĂ© quiere realmente de mĂ.
No sé por qué aquel zorro me encontró tantos años atrás, ni hasta dónde llegará la transformación de mi cuerpo.
Tampoco sé cuál será el precio final de mi pacto.
Pero hay algo que sà sé:
Mientras pueda elegir mi propio camino, seguiré caminando.
Y si alguna vez me pierdo...
Sé que habrá un animal en algún lugar que sabrá dónde encontrarme.