Thalen
Personaje

Thalen

Tiefling · Brujo 1

Estado: ACTIVO
Jugador: Gaspar Martinez
Thalen
Thalen

Ficha resumida

ACTIVO Nivel 1 Velocidad 30 ft
Raza Tiefling
Clases Brujo 1
Clase de armadura 10
Puntos de golpe 0
Arma 1 —
Arma 2 —
FUE 10
DES 10
CON 10
INT 10
SAB 10
CAR 10

Historia

Mis OrĂ­genes


Desde que tengo memoria, siempre supe que era diferente.

No porque alguien me lo explicara, sino porque podía verlo en los rostros de las personas. Mis cuernos, mi piel y mis ojos eran lo primero que veían. Antes de conocer mi nombre, ya habían decidido quién era.

Soy un Tiefling.

Durante mi infancia viajé con mis padres de un lugar a otro. Mi padre, también Tiefling, dominaba la magia de fuego y buscaba trabajos donde pudiera utilizar sus habilidades. Mi madre era humana y fue ella quien siempre intentó enseñarme a no juzgar a los demás de la misma forma en que ellos nos juzgaban a nosotros.

Cuando llegábamos a un pueblo, procurábamos ser discretos. Yo llevaba una capucha para ocultar mis cuernos y mantenía la cola cubierta. Mi padre entraba en busca de trabajo, mientras mi madre se encargaba de que yo aprendiera a leer, escribir y desenvolverme entre las personas.

Nunca permanecĂ­amos demasiado tiempo.

Al principio creía que viajar era simplemente nuestra forma de conocer el mundo. Con los años entendí que también era una forma de mantenernos a salvo.

Mi padre me enseñó a encender una hoguera, reconocer cuándo se acercaba una tormenta y mantenerme atento a lo que ocurría a mi alrededor. También intentó enseñarme a controlar mi temperamento.

—El fuego puede calentar una casa—me decía—pero también puede destruirla. Lo importante no es tener poder, sino decidir qué hacer con él.

Yo admiraba su magia. Cuando pensaba que nadie nos observaba, hacía pequeñas figuras de fuego sobre su mano: pájaros, flores o diminutas criaturas que desaparecían en el aire.

Yo querĂ­a hacer lo mismo.

Pero mi padre siempre me decĂ­a:

—Todavía no estás preparado.

Mi madre, en cambio, me enseñaba a distinguir plantas, coser heridas y aprovechar lo poco que teníamos durante nuestros viajes. También me hablaba de las personas.

—No todos los humanos son buenos, pero tampoco todos son crueles. Muchos tienen miedo de lo que no conocen. Eso no justifica lo que hacen, pero no dejes que su ignorancia decida quién eres.

Yo querĂ­a creerle.

Intentaba demostrar que tenĂ­a razĂłn. Ayudaba cuando podĂ­a, trataba de ser amable y evitaba los problemas. Pero nunca parecĂ­a ser suficiente.

Algunos se alejaban al verme. Otros me miraban como si llevara algo malvado dentro de mĂ­ simplemente por haber nacido Tiefling.

Una vez, un hombre escupiĂł al suelo frente a mi padre y dijo que los demonios no eran bienvenidos en su pueblo.

Mi padre dio un paso hacia él.

Las llamas comenzaron a aparecer entre sus dedos.

Mi madre le sujetĂł el brazo.

Aquella noche nos marchamos.

Mientras la carreta se alejaba, pregunté:

—¿Por qué no le hiciste daño?

Mi padre tardĂł unos segundos en responder.

—Porque si lo hubiera hecho, habría demostrado exactamente lo que él pensaba de nosotros.

No entendĂ­ del todo su respuesta.

Mi madre se sentĂł a mi lado y me abrazĂł.

—No tienes que ser mejor que nadie—me dijo—Solo tienes que decidir qué clase de persona quieres ser cuando los demás intenten convertirte en algo que no eres.

Durante mi infancia hubo momentos que me hicieron dudar de sus palabras. Pero también conocí personas que demostraron que mi madre tenía razón: una anciana que nos ofreció refugio durante una tormenta, un granjero que permitió trabajar a mi padre sin hacer preguntas o una niña que compartió conmigo una manzana cuando me vio solo.

Eran pequeños gestos.

Pero los recuerdo.

Aun así, las despedidas terminaron cansándome. Cada vez que empezaba a sentir que pertenecía a algún lugar, volvíamos a la carretera.

Con el tiempo dejé de intentar acercarme tanto a los humanos.

Durante uno de nuestros viajes llegamos a un poblado junto a un bosque. Empecé a frecuentarlo porque allí podía estar tranquilo. Me gustaba escuchar el viento entre las hojas y observar a los animales.

Una tarde encontré un zorro herido entre los arbustos.

IntentĂł escapar al verme, pero apenas podĂ­a caminar.

En lugar de atraparlo, me senté a cierta distancia y esperé.

Después de un rato dejó de intentar huir.

Le di parte de mi comida y vendé su pata.

Al dĂ­a siguiente seguĂ­a allĂ­.

Y al siguiente también.

Cuando finalmente tuvo fuerzas para caminar, se levantĂł, me mirĂł y comenzĂł a avanzar.

Sin pensarlo demasiado, lo seguĂ­.

Después de varias horas llegamos a un claro rodeado de árboles antiguos.

AllĂ­ conocĂ­ a los druidas.

El bosque



Al principio pensé que volvería a ocurrir lo mismo.

Pero ellos no vieron mis cuernos ni mi cola como algo que temer.

Uno de ellos observĂł al zorro y luego me mirĂł.

—Parece que confía en ti.

Miré al animal.

—Creo que yo confío más en él que en cualquier persona que haya conocido.

El druida sonriĂł y me ofreciĂł quedarme.

Por primera vez en mucho tiempo, no tuve que demostrar que era digno de estar en un lugar.

Simplemente me aceptaron.

Esa noche regresé a casa y mis padres notaron inmediatamente que algo había cambiado.

Cuando les conté lo ocurrido, mi padre sonrió.

—Has encontrado gente que te acepta, hijo.

Mis padres decidieron que nos quedarĂ­amos en el pueblo para que pudiera aprender de los druidas. Al dĂ­a siguiente regresamos juntos al claro.

Los druidas los recibieron sin desconfianza y nos mostraron una pequeña casa de madera en el límite del bosque. Estaba cerca del poblado, pero también lo bastante apartada para que pudiera visitar el claro cada día.

Al principio me costaba creer que realmente podĂ­a quedarme.

Estaba acostumbrado a buscar señales de rechazo en cada rostro y a esperar que, tarde o temprano, alguien cambiara de opinión.

Pero nadie lo hizo.

Con los años aprendí sobre las plantas, los animales, las estaciones y los ciclos de la naturaleza. Los druidas no siempre enseñaban con palabras. Muchas veces simplemente me llevaban al bosque y me dejaban observar.

Aprendí a reconocer árboles por su corteza, flores que anunciaban la lluvia y plantas capaces de curar o enfermar dependiendo de cómo se utilizaran.

También aprendí a respetar el bosque.

No tomar más de lo necesario.

No dañar aquello que podía evitarse.

Y entender que cada criatura tenĂ­a su propio lugar.

Los animales se convirtieron en mis compañeros más constantes. Había cuervos que me seguían entre los árboles, ardillas que escondían comida cerca de mi refugio y criaturas que simplemente se acostumbraron a mi presencia.

Los druidas siempre me recordaban:

—No son mascotas. Son vecinos.

AprendĂ­ a respetar eso.

El zorro que me había llevado hasta ellos también permaneció cerca durante mucho tiempo. A veces desaparecía durante días y luego regresaba.

Nunca intenté retenerlo.

Me bastaba con saber que podĂ­a volver si querĂ­a.

Con el tiempo descubrĂ­ que podĂ­a percibir algo en los animales que antes no comprendĂ­a.

No eran palabras.

Era una sensaciĂłn.

El miedo de un conejo escondido, la curiosidad de un cuervo, la tranquilidad de un ciervo que reconocĂ­a mi olor.

Los druidas me ayudaron a desarrollar aquella sensibilidad.

—No estás hablando con ellos—me explicó una druida—Estás aprendiendo a escuchar lo que siempre estuvo ahí.

Intenté aprender también la magia druídica.

Durante meses practiqué junto a ellos. Repetí sus gestos, sus palabras y sus rituales. Intenté hacer brotar semillas de la tierra y sentir el pulso de las raíces bajo mis manos.

Nada ocurriĂł.

La magia nunca respondiĂł a mĂ­.

Al principio pensé que había vuelto a fracasar.

Una noche, frustrado, me alejé del claro.

Uno de los druidas me encontró sentado junto a un árbol.

—No puedo hacerlo—dije—Nunca podré ser como ustedes.

—No tienes que ser como nosotros.

—Entonces, ¿Qué soy?

El druida mirĂł hacia el bosque.

—Alguien que ha aprendido a quedarse cuando antes solo sabía marcharse.

No entendĂ­ aquella respuesta de inmediato.

Con el tiempo comprendí que los druidas nunca habían intentado convertirme en uno de ellos. Solo querían enseñarme a encontrar mi propia forma de relacionarme con el mundo.

No podĂ­a utilizar su magia.

Pero podĂ­a entender la naturaleza.

Podía reconocer sus señales, respetar sus límites y escuchar a las criaturas que vivían en ella.

Y eso era suficiente.

El camino



Pasé varios años junto a los druidas.

Con el tiempo, llegĂł el momento de marcharme. No porque quisiera alejarme de ellos, sino porque sentĂ­a que todavĂ­a habĂ­a cosas que debĂ­a descubrir por mi cuenta.

Antes de partir, una de las druidas me entregó un pequeño amuleto de madera.

—Para que recuerdes de dónde vienes—me dijo.

Lo sostuve unos segundos. Pensé en todo lo que aquel lugar había significado para mí.

Por primera vez, marcharme no se sentĂ­a como estar huyendo.

Era simplemente seguir adelante.

Mis padres decidieron quedarse en el pueblo, y yo emprendĂ­ mi propio camino. SeguĂ­ viajando de un lugar a otro, aunque ahora lo hacĂ­a por elecciĂłn y no porque tuviera que esconderme.

Los años junto a los druidas habían cambiado mi forma de ver el mundo.

Ya no juzgaba a las personas Ăşnicamente por sus palabras. Observaba cĂłmo trataban a los animales.
Si un perro se acercaba tranquilamente a alguien, le daba una oportunidad.
Si un caballo se ponĂ­a nervioso ante una persona, me mantenĂ­a alerta.
Si un cuervo seguĂ­a a alguien, lo observaba con cuidado
Si un animal huĂ­a de alguien, yo prestaba atenciĂłn.

No siempre acertaba.

Pero había aprendido a prestar atención. Confiaba en los animales más de lo que confiaba en las palabras de cualquier persona.

Durante años recorrí caminos, pueblos y bosques. Algunas personas me recibieron bien. Otras volvieron a mirar mis cuernos con desconfianza.

Ya no me afectaba de la misma manera.

Había aprendido quién era.

Hasta que, muchos años después, volví a encontrar al zorro.

El regreso del zorro



Lo reconocĂ­ inmediatamente.

Era imposible.

Había pasado demasiado tiempo. El zorro que había conocido cuando era joven debería haber envejecido y muerto hacía muchos años.

Pero allĂ­ estaba.

Exactamente como lo recordaba.

Se encontraba en el borde del bosque, observándome.

No parecĂ­a sorprendido de verme.

Solo se dio la vuelta y comenzĂł a caminar.

Me quedé quieto unos segundos.

PodrĂ­a haberlo dejado marchar.

Pero algo dentro de mĂ­ me dijo que debĂ­a seguirlo.

AsĂ­ que lo hice.

El zorro avanzaba con tranquilidad, entrando cada vez más profundo en el bosque. Yo apenas reconocía el camino.

Después de varias horas llegamos a un lugar que nunca había visto.

Un antiguo cĂ­rculo de piedras cubierto de raĂ­ces y musgo.

-Siempre me traes a lugares particulares-dije.

El zorro entrĂł en el centro.

Entonces se detuvo.

Y todo quedĂł en silencio.

El viento desapareciĂł.

Los pájaros dejaron de cantar.

Incluso los insectos parecieron desaparecer.

Miré alrededor.

—¿Qué es este lugar?

Una voz respondió detrás de mí.

—Un lugar donde los caminos se encuentran.

Me giré.

No habĂ­a nadie.

—¿Quién eres?

Las hojas comenzaron a moverse.

Las raíces se levantaron lentamente del suelo y, entre los árboles, apareció una figura.

Era alta y ancha como los robles antiguos.

TenĂ­a grandes astas de ciervo y un cuerpo cubierto de corteza, raĂ­ces y hojas. Uno de sus ojos parecĂ­a humano; el otro, el de un animal.

El zorro permaneciĂł tranquilo a sus pies.

La figura me observĂł durante unos segundos.

—Me llaman Aelthar.

No sabía quién era.

Pero había algo en su presencia que me resultaba extraño.

No sentĂ­a miedo.

SentĂ­a que estaba frente a algo que llevaba allĂ­ mucho antes de que yo existiera.

Aelthar, me miraba con detenimiento, y sentía como si me estuviera rodeando aunque no se moviera, me sentí observador por él.

—Has recorrido muchos caminos, Nek.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Aelthar sonriĂł.

—Sé más de ti de lo que imaginas.

Me habló de los caminos que había recorrido, de las personas que había conocido y de los años que había pasado junto a los druidas.

También habló de mi infancia.

De las veces que habĂ­a sido rechazado.

De las veces que habĂ­a elegido ayudar aun cuando otros no lo habĂ­an hecho.

—Te he observado durante mucho tiempo—dijo.

SentĂ­ un escalofrĂ­o.

—¿Por qué?

—Porque sigues caminando.

No entendĂ­.

Aelthar señaló el bosque.

—Algunos pasan su vida intentando encontrar un lugar al que pertenecer. Otros pasan su vida huyendo de los lugares que los rechazaron.

Me mirĂł directamente.

—Tú hiciste ambas cosas. Hasta que aprendiste que no necesitabas ninguna de ellas.

Guardé silencio.

—¿Qué quieres de mí?

Aelthar no respondiĂł inmediatamente.

—Nada que no estés dispuesto a elegir.

Entonces comprendĂ­ que aquel encuentro no habĂ­a ocurrido por casualidad.

El zorro.

El camino.

El cĂ­rculo de piedras.

Todo parecĂ­a haberme llevado hasta allĂ­.

Aelthar extendiĂł una mano.

—Puedo ofrecerte poder.

Miré su mano, pero no la tomé.

—¿A cambio de qué?

Una sonrisa apareciĂł en su rostro.

—Eso dependerá de lo que estés dispuesto a aceptar.

Por primera vez en mi vida, no sentí que alguien estuviera intentando decirme quién debía ser.

Aelthar no querĂ­a que fuera humano.

No querĂ­a que fuera druida.

Ni siquiera parecía querer que fuera como él.

Solo querĂ­a que eligiera.

Y antes de aceptar su pacto, habĂ­a una pregunta que todavĂ­a debĂ­a responder.

Un nuevo nombre



Aelthar bajĂł lentamente la mano.

—Antes de decidir, dime algo.

—¿Qué?

—¿Cuál es tu nombre?

—Nek.-Lo mire extrañado, el ya sabia como me llamaba.

Aelthar permaneciĂł en silencio durante unos segundos.

—Ese es el nombre que te dieron otros.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué tiene de malo?

—Nada.

Se acercĂł un poco.

—Pero pertenece al niño que pasó gran parte de su vida intentando ser aceptado por aquellos que nunca quisieron conocerlo.

Bajé la mirada.

Recordé las aldeas que nos habían expulsado.

Las miradas.

Los insultos.

Pero también recordé a mis padres.

A los druidas.

Al bosque.

Y al zorro que seguía allí, observándonos.

—Entonces, ¿Qué nombre debería tener?

Aelthar sonriĂł.

—Escucha a los animales, los ríos y las hojas. El bosque ya te dio un nombre. Solo tienes que escucharlo.

Sentí algo extraño.

El amuleto de madera que llevaba conmigo comenzĂł a calentarse.

Lo saqué de mi ropa y lo observé.

Por un instante, recordé los años junto a los druidas. El claro. Los árboles. Los animales.

Y entonces apareciĂł un nombre en mi mente.

—Thalen.

No sabía qué significaba.

Quizás no significaba nada.

Pero al pronunciarlo sentĂ­ algo que nunca habĂ­a sentido con mi antiguo nombre.

SentĂ­ una pertenencia, sentĂ­ que asĂ­ me llamaba el bosque y los animales.

Miré a Aelthar.

—Thalen.

Aelthar asintiĂł.

—Entonces ese es tu nombre.

Desde aquel momento dejé atrás a Nek.

No porque quisiera olvidar al niño que había sido.

Sino porque ya no necesitaba seguir intentando demostrar que merecĂ­a un lugar.

Ahora podĂ­a elegir dĂłnde caminar.

Y qué clase de persona quería ser.

El Pacto



Aelthar no me prometiĂł riqueza.

No me prometiĂł fama.

Tampoco me prometiĂł venganza.

Me ofreciĂł poder.

El poder que nunca habĂ­a podido obtener de la magia druĂ­dica.

Pero no querĂ­a que fuera su sirviente.

Solo me pidiĂł tres cosas:

No matar por placer.

No quitarle a una criatura su libertad sin razĂłn.

Y nunca romper deliberadamente un pacto que hubiera aceptado.

Le pregunté qué ocurriría si algún día no quería seguir sus órdenes.

Aelthar sonriĂł.

—Entonces no las sigas.

Aquella respuesta me sorprendiĂł.

Después extendió su mano.

—No quiero que seas lo que otros esperan de ti. Quiero que encuentres tu propio camino.

Miré al zorro.

SeguĂ­a tranquilo.

Sin miedo.

Así que acepté.

Cuando nuestras manos se tocaron, una energía extraña recorrió mi cuerpo. La marca de una rama apareció en mi palma y se extendió por mi antebrazo.

El viento comenzĂł a soplar y las hojas se levantaron a mi alrededor. Por un instante pude sentir a todos los animales del bosque, no como voces, sino como pensamientos y emociones.

Entonces llegĂł el dolor.

Mis cuernos comenzaron a arder. Caí de rodillas mientras su forma cambiaba lentamente, curvándose hasta recordar las astas de un ciervo. Seguían siendo cuernos de Tiefling, pero ahora tenían una apariencia más salvaje.

Después sentí mi cola. En su extremo comenzó a crecer un mechón de pelo oscuro, parecido al de un león.

Mis ojos ardieron y, durante unos segundos, mis pupilas se volvieron verticales.

Cuando todo terminĂł, estaba tendido en el suelo.

Aelthar me observaba.

—Ahora llevas una parte del bosque contigo.

Me miré las manos.

La marca seguĂ­a allĂ­.

Los cuernos habĂ­an cambiado.

Mi cola también.

Pero seguĂ­a siendo yo.

O al menos eso esperaba.

Thalen

Desde aquella noche, pequeñas partes de la naturaleza comenzaron a manifestarse en mí.

Mis sentidos se hicieron más agudos y aprendí a moverme casi sin hacer ruido. Cuando utilizaba la magia de Aelthar, sentía algo salvaje despertando dentro de mí. A veces aparecían hojas sobre mi piel; otras, sombras de animales se movían a mi alrededor.

No sabĂ­a hasta dĂłnde llegarĂ­a aquella transformaciĂłn.

Aelthar nunca me lo explicĂł.

Tampoco sabía por qué me había elegido.

Solo sabĂ­a que ahora podĂ­a utilizar magia.

No era la magia de los druidas.

Era algo más antiguo y extraño.

Era el poder de un Archfey.

El poder de Aelthar.

Y asĂ­ me convertĂ­ en un brujo.

Un nuevo camino



Durante gran parte de mi vida intenté demostrar que no era un monstruo.

Ya no me importaba.

HabĂ­a pasado demasiado tiempo intentando parecerme a aquellos que me rechazaban. Ahora querĂ­a ser yo mismo.

Un Tiefling.

Un viajero.

Un amigo de los animales.

Un aprendiz de los druidas que nunca llegĂł a convertirse en druida.

Y ahora...

Thalen, brujo de Aelthar.

Todavía no sé qué quiere realmente de mí.

No sé por qué aquel zorro me encontró tantos años atrás, ni hasta dónde llegará la transformación de mi cuerpo.

Tampoco sé cuál será el precio final de mi pacto.

Pero hay algo que sí sé:

Mientras pueda elegir mi propio camino, seguiré caminando.

Y si alguna vez me pierdo...

Sé que habrá un animal en algún lugar que sabrá dónde encontrarme.

Rasgos y habilidades

Este personaje aĂşn no tiene habilidades registradas.

Inventario / conjuros / notas

Este personaje aĂşn no tiene inventario o notas registradas.