El 26 de Flamerule, el grupo se reunió en el castillo de Neverwinter. En un salón cercano a los dormitorios los esperaba Syndra Silvane, pero esta vez su presencia era distinta. Vestía ropajes púrpuras, una armadura cubría su torso y una máscara ocultaba casi todo su rostro, dejando ver únicamente sus ojos. Ya no había intento de disimulo… solo de ocultar lo inevitable. Bajo los perfumes elegantes se percibía algo más oscuro, más real: el tenue olor de una vida que se marchitaba lentamente bajo el peso de la maldición de la muerte. En la sala también se encontraba Lord Dagult Neverember, gobernante de Neverwinter, antiguo aventurero y figura clave en la política de la Costa de la Espada. Su porte imponía respeto; su mirada, cálculo. Un hombre que había caído del poder en Aguas Profundas, pero que ahora luchaba por consolidar su dominio, apoyando cualquier intento de devolver estabilidad a la región.
Sin rodeos, Syndra explicó que el tiempo se agotaba. A pesar de su estado, había preparado un poderoso conjuro de teletransportación. Se situó en el centro del salón, apoyándose apenas en su bastón, y comenzó a recitar palabras arcanas antiguas. La energía empezó a concentrarse a su alrededor, el aire vibró, la luz se distorsionó… runas brillantes se dibujaron en el suelo y ascendieron como fuego etéreo envolviendo al grupo. El espacio mismo pareció quebrarse, como si la realidad fuese una tela siendo rasgada. Y en un instante, todo desapareció.
Cuando la luz se disipó… estaban en otro mundo.
El calor húmedo golpeó sus rostros, el aire era espeso y cargado de vida. Ante ellos se extendía Puerto Nyanzaru, una ciudad vibrante, caótica y desbordante de color. Sus edificios de piedra y madera estaban pintados con tonos intensos, telas exóticas colgaban entre las calles, y el bullicio era constante. Mercaderes gritaban ofertas, músicos llenaban el aire de ritmos desconocidos y, entre todo eso, enormes dinosaurios caminaban tranquilamente entre la gente, algunos cargando mercancía, otros preparados para carreras. Era un lugar salvaje… pero lleno de vida.
Allí, Syndra los presentó con Wakanga O’tamu, uno de los Príncipes Mercantes que gobernaban la ciudad. En Puerto Nyanzaru, el poder no recaía en un solo líder, sino en un consejo de estos príncipes, cada uno dominando un área distinta del comercio y la influencia. Wakanga, erudito y calmado, los recibió con interés genuino. Para él, la maldición no solo era una amenaza… sino una oportunidad de marcar un antes y un después en la historia de Chult. Les explicó que, gracias a poderosos rituales de adivinación, se había determinado que el origen de la maldición se encontraba en lo profundo de la jungla, en el corazón mismo de la península. No eran los únicos en saberlo. Aventureros, facciones y organizaciones enteras estaban llegando a la isla en busca de respuestas… y poder.
Wakanga fue claro: sin un guía, la jungla, el clima o las hordas de muertos vivientes que habían aparecido en la isla, devoraría al grupo antes de que encontraran algo, debían prepararse. Les recomendó buscar uno en la ciudad y les advirtió sobre las fuerzas que ya estaban operando en la región, como los Magos Rojos o los Zhentarim, organizaciones que movían sus propios intereses en las sombras. También les indicó que debían viajar a Puerto Beluarian para tratar con Liara Portyr, líder del Puño Ardiente, una fuerza militar mercenaria que controlaba el acceso legal a la jungla. Sin su autorización, cualquier expedición sería considerada ilegal… y peligrosa. El Puño Ardiente no era conocido por su compasión, sino por su disciplina y poder militar, y Liara era una comandante firme, respetada y temida.
Pero Puerto Nyanzaru no era solo peligro y política. También ofrecía distracciones: el coliseo donde guerreros luchaban por gloria y recompensas, y las famosas carreras de dinosaurios que recorrían las calles levantando vítores y apuestas. Sin embargo, Wakanga advirtió sobre otros príncipes como Jobal, cuyos intereses podían ser más turbios de lo que aparentaban.
Con la información en mente, el grupo decidió buscar alojamiento y comenzó a recorrer la ciudad hasta llegar a la taberna La Casa de Reposo de Kaya. El lugar ofrecía un respiro entre el caos exterior: comida caliente, voces tranquilas, una falsa sensación de seguridad. Por un momento, todo pareció calmarse.
Hasta que el llanto rompió el ambiente.
Una mujer, desesperada, suplicaba ayuda. Su hija había desaparecido en la jungla, siguiendo a unos dinosaurios bebés. Su voz estaba quebrada, sus manos temblaban… pero nadie se levantó. Nadie quiso involucrarse.
Excepto uno.
Badriel no dudó. No preguntó por recompensas, ni por riesgos. Simplemente se levantó y decidió actuar. Para él, no había elección. Solo deber.
Y como siempre…
los demás no tuvieron opción más que seguirlo.
Cansados y con ganas de descanso, el grupo abandonó la seguridad del puerto para internarse en la jungla de Chult. Porque cuando un paladín decide hacer lo correcto… detenerlo no es una opción.
Y esta vez, lo único que importaba…
era encontrar a la niña.
Sin rodeos, Syndra explicó que el tiempo se agotaba. A pesar de su estado, había preparado un poderoso conjuro de teletransportación. Se situó en el centro del salón, apoyándose apenas en su bastón, y comenzó a recitar palabras arcanas antiguas. La energía empezó a concentrarse a su alrededor, el aire vibró, la luz se distorsionó… runas brillantes se dibujaron en el suelo y ascendieron como fuego etéreo envolviendo al grupo. El espacio mismo pareció quebrarse, como si la realidad fuese una tela siendo rasgada. Y en un instante, todo desapareció.
Cuando la luz se disipó… estaban en otro mundo.
El calor húmedo golpeó sus rostros, el aire era espeso y cargado de vida. Ante ellos se extendía Puerto Nyanzaru, una ciudad vibrante, caótica y desbordante de color. Sus edificios de piedra y madera estaban pintados con tonos intensos, telas exóticas colgaban entre las calles, y el bullicio era constante. Mercaderes gritaban ofertas, músicos llenaban el aire de ritmos desconocidos y, entre todo eso, enormes dinosaurios caminaban tranquilamente entre la gente, algunos cargando mercancía, otros preparados para carreras. Era un lugar salvaje… pero lleno de vida.
Allí, Syndra los presentó con Wakanga O’tamu, uno de los Príncipes Mercantes que gobernaban la ciudad. En Puerto Nyanzaru, el poder no recaía en un solo líder, sino en un consejo de estos príncipes, cada uno dominando un área distinta del comercio y la influencia. Wakanga, erudito y calmado, los recibió con interés genuino. Para él, la maldición no solo era una amenaza… sino una oportunidad de marcar un antes y un después en la historia de Chult. Les explicó que, gracias a poderosos rituales de adivinación, se había determinado que el origen de la maldición se encontraba en lo profundo de la jungla, en el corazón mismo de la península. No eran los únicos en saberlo. Aventureros, facciones y organizaciones enteras estaban llegando a la isla en busca de respuestas… y poder.
Wakanga fue claro: sin un guía, la jungla, el clima o las hordas de muertos vivientes que habían aparecido en la isla, devoraría al grupo antes de que encontraran algo, debían prepararse. Les recomendó buscar uno en la ciudad y les advirtió sobre las fuerzas que ya estaban operando en la región, como los Magos Rojos o los Zhentarim, organizaciones que movían sus propios intereses en las sombras. También les indicó que debían viajar a Puerto Beluarian para tratar con Liara Portyr, líder del Puño Ardiente, una fuerza militar mercenaria que controlaba el acceso legal a la jungla. Sin su autorización, cualquier expedición sería considerada ilegal… y peligrosa. El Puño Ardiente no era conocido por su compasión, sino por su disciplina y poder militar, y Liara era una comandante firme, respetada y temida.
Pero Puerto Nyanzaru no era solo peligro y política. También ofrecía distracciones: el coliseo donde guerreros luchaban por gloria y recompensas, y las famosas carreras de dinosaurios que recorrían las calles levantando vítores y apuestas. Sin embargo, Wakanga advirtió sobre otros príncipes como Jobal, cuyos intereses podían ser más turbios de lo que aparentaban.
Con la información en mente, el grupo decidió buscar alojamiento y comenzó a recorrer la ciudad hasta llegar a la taberna La Casa de Reposo de Kaya. El lugar ofrecía un respiro entre el caos exterior: comida caliente, voces tranquilas, una falsa sensación de seguridad. Por un momento, todo pareció calmarse.
Hasta que el llanto rompió el ambiente.
Una mujer, desesperada, suplicaba ayuda. Su hija había desaparecido en la jungla, siguiendo a unos dinosaurios bebés. Su voz estaba quebrada, sus manos temblaban… pero nadie se levantó. Nadie quiso involucrarse.
Excepto uno.
Badriel no dudó. No preguntó por recompensas, ni por riesgos. Simplemente se levantó y decidió actuar. Para él, no había elección. Solo deber.
Y como siempre…
los demás no tuvieron opción más que seguirlo.
Cansados y con ganas de descanso, el grupo abandonó la seguridad del puerto para internarse en la jungla de Chult. Porque cuando un paladín decide hacer lo correcto… detenerlo no es una opción.
Y esta vez, lo único que importaba…
era encontrar a la niña.