La Jungla que Devora
La Tumba de la Aniquilación

La Jungla que Devora

Master: Pavel Morales

Sesión #11
22 de octubre del 2023
La Jungla que Devora
En la madrugada del 27 de Flamerule, el grupo dejó atrás las luces de Puerto Nyanzaru para adentrarse en la jungla de Chult, siguiendo el rastro de una niña perdida. La transición fue inmediata y brutal. La ciudad vibrante, llena de colores, música y dinosaurios domesticados, quedó atrás como un recuerdo lejano. Frente a ellos, solo había oscuridad, humedad y una naturaleza que no perdonaba errores. El aire era espeso, difícil de respirar; cada paso se sentía pesado, y cada sonido… sospechoso. La jungla no dormía.

Avanzaban con cautela, pero rápidamente comprendieron que el peligro no venía solo de una dirección. Criaturas prehistóricas se movían entre la vegetación, plantas que parecían tener vida propia reaccionaban a su presencia, y enjambres de insectos zumbaban como si custodiaran el territorio. En un momento, el suelo vibró bajo sus pies. Algo enorme se desplazaba cerca, rompiendo ramas y desplazando árboles con una fuerza imposible. El grupo contuvo la respiración. Gracias al sigilo de Khol y al soporte mágico de Torik y Melshif, lograron ocultar su presencia, permaneciendo inmóviles mientras la criatura pasaba… sin llegar a verlos. Fue un recordatorio claro: en Chult, no todo debía enfrentarse.

Pero no todos los peligros podían evitarse.
Desde hacía meses, la jungla había cambiado. La aparición de la maldición de la muerte no solo afectaba a los vivos… también había despertado a los muertos. Zonas enteras estaban infestadas de esqueletos y zombis, criaturas que no vagaban sin rumbo, sino que parecían moverse con un propósito inquietante. Sin un guía, el grupo se adentraba en territorio donde pocos sobrevivían.

Y entonces ocurrió. La horda emergió entre los árboles.
Primero fueron sombras… luego formas… y finalmente, cuerpos en descomposición avanzando sin descanso. Esqueletos armados con armas oxidadas, zombis que arrastraban sus extremidades con una persistencia antinatural. No eran lentos. No eran torpes.

Eran coordinados. El combate fue inmediato.
Badriel se adelantó, levantando su arma con decisión, interponiéndose entre la horda y sus compañeros. Cada golpe suyo era un acto de fe, una declaración de que no retrocedería. Khol se deslizaba entre los enemigos, atacando puntos débiles, desarmando esqueletos y desapareciendo antes de ser alcanzado. Melshif, con su música, sostenía el ánimo del grupo, su voz elevándose por sobre los gruñidos de los muertos, manteniendo viva la chispa de la esperanza.

Pero fue Torik quien cambió el curso del combate. El enano alzó su símbolo sagrado, invocando el poder de Chauntea. Su voz resonó con fuerza, firme, inquebrantable. Una luz cálida emergió de él, expandiéndose como una ola que golpeó a los muertos vivientes. Muchos retrocedieron, otros simplemente se desmoronaron ante la energía divina. No era solo magia… era rechazo. Era la vida misma imponiéndose sobre la muerte.

Aun así, no fue fácil. La horda seguía avanzando.
Cada enemigo que caía parecía abrir paso a otro. El cansancio se acumulaba, los golpes comenzaban a pesar, y por un momento… pareció que no lo lograrían.
Pero resistieron.

Porque no estaban luchando por gloria.

Estaban luchando por alguien.
Y finalmente, tras un último esfuerzo, el silencio regresó a la jungla.
Habían sobrevivido.
Y no mucho después… la encontraron.
La niña, asustada pero con vida, se encontraba oculta entre la vegetación, aferrándose a lo poco que le quedaba de valentía. Habían pasado un día completo buscándola. Un día entero enfrentando lo peor que Chult tenía para ofrecer.

Al anochecer, el grupo emprendió el regreso.
Cuando finalmente cruzaron nuevamente las puertas de Puerto Nyanzaru, el contraste fue abrumador. Las antorchas iluminaban las calles, los colores regresaban, los dinosaurios transitaban entre la gente como si nada de lo ocurrido existiera. La vida seguía… ajena al peligro que se escondía más allá de sus muros.

La madre de la niña los recibió entre lágrimas, agradecida, pero sin nada que ofrecer más que su gratitud. Era una mujer humilde. No había oro, ni recompensas, ni promesas.

Pero para Badriel… eso nunca fue necesario.
Aquella noche, mientras la ciudad celebraba su rutina habitual, el grupo comprendió una verdad ineludible: Chult no era un lugar para improvisar. La jungla no perdonaba errores.

Y si querían sobrevivir a lo que venía…
necesitaban prepararse.
Un guía ya no era una opción.
Era una necesidad.
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