Tras aceptar la misión de Liara Portyr, el grupo se preparó en Fuerte Beluarian. Armas afiladas, provisiones listas y la determinación firme, todo apuntaba a lo inevitable. Al amanecer del 1 de Elesias, partieron junto a Azaka Stormfang en busca de los soldados del Puño Ardiente desaparecidos. La jungla de Chult los recibió como siempre: imponente, viva… y peligrosa. No era solo un lugar, era una fuerza. Los árboles se alzaban como columnas infinitas cubiertas de lianas, la humedad se pegaba a la piel como una segunda capa, y cada sonido —cada crujido, cada rugido lejano— recordaba que no estaban solos. Criaturas enormes se movían entre la vegetación sin dejarse ver, insectos del tamaño de una mano zumbaban cerca de sus oídos, y plantas que parecían inofensivas escondían venenos capaces de derribar a un hombre en segundos. Pero bajo la guía experta de Azaka, el grupo avanzó con inteligencia, evitando rutas marcadas por territorios de depredadores y desviándose antes de cruzar zonas infestadas de muertos vivientes. Donde antes había caos… ahora había supervivencia.
Durante dos días siguieron rastros: huellas en el barro, restos de fogatas, marcas de combate. Las montañas cercanas comenzaron a aparecer entre la vegetación, y fue allí, cuando la luz comenzaba a caer, que el peligro se reveló. Un sonido grave, pesado… antinatural. El grupo se detuvo. Algo no estaba bien.
Entonces lo vieron.
Un tiranosaurio rex zombie.
Su enorme cuerpo en descomposición se movía con una fuerza grotesca, carne colgando, huesos expuestos, ojos vacíos que aún buscaban presas. A su alrededor, hordas de muertos vivientes rodeaban a un pequeño grupo de soldados acorralados, sin escapatoria. La noche comenzaba a caer, y con ella, la visión se volvía un enemigo más. Fue entonces cuando Torik actuó. Elevó su símbolo sagrado y canalizó un conjuro de luz, envolviendo una flecha de Badriel en un resplandor radiante. El disparo cruzó la oscuridad… y al impactar cerca de la criatura, iluminó la escena completa. El horror quedó al descubierto. Y la batalla comenzó.
El grupo se dividió sin dudar. Umi y Badriel cargaron directamente contra el coloso, buscando desviar su atención, enfrentándolo de frente como una muralla contra la muerte misma. El espadón Imu ardió en llamas al pronunciar su palabra clave, envolviendo cada golpe en fuego vivo que consumía la carne corrupta del dinosaurio. Cada impacto era brutal, cada corte arrancaba fragmentos de la criatura, pero aún así… seguía avanzando. Badriel, firme en su fe, resistía las embestidas, cubriendo a Umi mientras esta descargaba todo su poder.
Por otro lado, Torik y Khol avanzaban hacia los sobrevivientes. Khol, con el estoque Silencio, invocó el frío mágico que recorría la hoja, cada estocada congelando carne y ralentizando a los enemigos. Se movía entre las sombras con precisión letal, abriendo caminos donde no los había. Torik, por su parte, mantenía la línea con poder divino, sanando heridas, sosteniendo a los caídos y rechazando a los muertos con la fuerza de Chauntea. Su presencia fue clave. Sin él… nadie habría resistido.
El combate fue un caos controlado. Gritos, acero, fuego y muerte se entrelazaban en la oscuridad de la jungla. Los muertos no dejaban de avanzar. El dinosaurio rugía, arrasando todo a su paso. Y cuando parecía que incluso ese esfuerzo no sería suficiente…
una figura apareció entre la maleza. Azaka.
Con precisión perfecta, aprovechó el momento exacto en que la criatura fue debilitada por los ataques de Umi y Badriel. Su golpe fue certero. Final. Decisivo. El enorme cuerpo del tiranosaurio se desplomó con un estruendo que hizo temblar la tierra. Silencio. Habían ganado. No sin costo… pero habían ganado.
Entre los sobrevivientes se encontraban tres miembros del Puño Ardiente: el enano Dorn Martillo Gris y los humanos Sereth Valen y Mira Halwen. Heridos, agotados, pero vivos. Sus rostros reflejaban incredulidad… y profunda gratitud. Agradecieron al grupo con palabras sinceras, sabiendo que sin su intervención, habrían muerto esa noche.
Sin perder tiempo, emprendieron el regreso.
El viaje fue lento, marcado por el cansancio, pero ya sin la presión de lo desconocido. Finalmente, el 4 de Elesias, llegaron nuevamente a Fuerte Beluarian. Allí, Liara Portyr los recibió en persona. Observó al grupo… y a sus soldados rescatados.
No hizo falta decir mucho.
Habían cumplido.
Con un gesto firme, Liara les entregó un permiso especial: libre tránsito por la jungla y autorización total para conservar cualquier riqueza encontrada, sin pagar tributo al Puño Ardiente. Un privilegio que pocos obtenían.
Una señal clara.
El grupo ya no eran simples aventureros.
Eran una fuerza a considerar en Chult.
Durante dos días siguieron rastros: huellas en el barro, restos de fogatas, marcas de combate. Las montañas cercanas comenzaron a aparecer entre la vegetación, y fue allí, cuando la luz comenzaba a caer, que el peligro se reveló. Un sonido grave, pesado… antinatural. El grupo se detuvo. Algo no estaba bien.
Entonces lo vieron.
Un tiranosaurio rex zombie.
Su enorme cuerpo en descomposición se movía con una fuerza grotesca, carne colgando, huesos expuestos, ojos vacíos que aún buscaban presas. A su alrededor, hordas de muertos vivientes rodeaban a un pequeño grupo de soldados acorralados, sin escapatoria. La noche comenzaba a caer, y con ella, la visión se volvía un enemigo más. Fue entonces cuando Torik actuó. Elevó su símbolo sagrado y canalizó un conjuro de luz, envolviendo una flecha de Badriel en un resplandor radiante. El disparo cruzó la oscuridad… y al impactar cerca de la criatura, iluminó la escena completa. El horror quedó al descubierto. Y la batalla comenzó.
El grupo se dividió sin dudar. Umi y Badriel cargaron directamente contra el coloso, buscando desviar su atención, enfrentándolo de frente como una muralla contra la muerte misma. El espadón Imu ardió en llamas al pronunciar su palabra clave, envolviendo cada golpe en fuego vivo que consumía la carne corrupta del dinosaurio. Cada impacto era brutal, cada corte arrancaba fragmentos de la criatura, pero aún así… seguía avanzando. Badriel, firme en su fe, resistía las embestidas, cubriendo a Umi mientras esta descargaba todo su poder.
Por otro lado, Torik y Khol avanzaban hacia los sobrevivientes. Khol, con el estoque Silencio, invocó el frío mágico que recorría la hoja, cada estocada congelando carne y ralentizando a los enemigos. Se movía entre las sombras con precisión letal, abriendo caminos donde no los había. Torik, por su parte, mantenía la línea con poder divino, sanando heridas, sosteniendo a los caídos y rechazando a los muertos con la fuerza de Chauntea. Su presencia fue clave. Sin él… nadie habría resistido.
El combate fue un caos controlado. Gritos, acero, fuego y muerte se entrelazaban en la oscuridad de la jungla. Los muertos no dejaban de avanzar. El dinosaurio rugía, arrasando todo a su paso. Y cuando parecía que incluso ese esfuerzo no sería suficiente…
una figura apareció entre la maleza. Azaka.
Con precisión perfecta, aprovechó el momento exacto en que la criatura fue debilitada por los ataques de Umi y Badriel. Su golpe fue certero. Final. Decisivo. El enorme cuerpo del tiranosaurio se desplomó con un estruendo que hizo temblar la tierra. Silencio. Habían ganado. No sin costo… pero habían ganado.
Entre los sobrevivientes se encontraban tres miembros del Puño Ardiente: el enano Dorn Martillo Gris y los humanos Sereth Valen y Mira Halwen. Heridos, agotados, pero vivos. Sus rostros reflejaban incredulidad… y profunda gratitud. Agradecieron al grupo con palabras sinceras, sabiendo que sin su intervención, habrían muerto esa noche.
Sin perder tiempo, emprendieron el regreso.
El viaje fue lento, marcado por el cansancio, pero ya sin la presión de lo desconocido. Finalmente, el 4 de Elesias, llegaron nuevamente a Fuerte Beluarian. Allí, Liara Portyr los recibió en persona. Observó al grupo… y a sus soldados rescatados.
No hizo falta decir mucho.
Habían cumplido.
Con un gesto firme, Liara les entregó un permiso especial: libre tránsito por la jungla y autorización total para conservar cualquier riqueza encontrada, sin pagar tributo al Puño Ardiente. Un privilegio que pocos obtenían.
Una señal clara.
El grupo ya no eran simples aventureros.
Eran una fuerza a considerar en Chult.