La Tumba de la Aniquilación
Sangre en la Selva
Master: Pavel Morales
Tras obtener el permiso del Puño Ardiente, arrancado de las garras de una muerte segura ante un tiranosaurio rex zombie, el grupo dejó atrás Fuerte Beluarian con un objetivo claro: encontrar el origen de la maldición de la muerte. Desde el 4 hasta el 8 de Elesias, se internaron en la jungla de Chult, un territorio que no solo desafiaba el cuerpo… sino también el espíritu. Las noches dejaron de ser descanso y se convirtieron en tormento. Una y otra vez, los sueños los arrastraban hacia la misma visión: una máscara dorada, antigua, implacable, suspendida en la oscuridad como un ojo que todo lo observa. La máscara no solo miraba… consumía. En sus visiones, absorbía la vida misma, devorando las almas de Toril como si fueran brasas en un fuego eterno. Algunos despertaban sudando, otros en silencio… pero todos sentían lo mismo: aquello era real… y los estaba llamando.
El viaje se volvió una prueba constante. El calor sofocante los envolvía durante el día, mientras lluvias repentinas convertían el suelo en un lodazal traicionero. Las raíces se enredaban en sus pasos, las hojas ocultaban peligros invisibles y el aire húmedo hacía que cada respiración pesara. No hubo combates, no porque la jungla fuera benévola… sino porque Azaka demostró por qué era indispensable. Evitó territorios marcados por hordas de muertos vivientes, desvió rutas antes de cruzarse con depredadores, leyó el entorno como si la jungla le susurrara sus secretos. Aun así, el desgaste era brutal. Las raciones escaseaban, obligándolos a medir cada bocado; la sed era constante, solo mitigada por los conjuros de Torik, quien invocaba agua con la bendición de Chauntea. Y lo peor… era la imposibilidad de descansar. La jungla no ofrecía refugio. No había descanso largo, no había tregua. Solo pausas breves, tensas, siempre alertas, esperando que la noche no trajera algo peor.
Fue al atardecer del 8 de Elesias cuando algo cambió. Azaka se detuvo, agachándose sobre el barro húmedo. Sus ojos se afilaron. No eran huellas de muertos vivientes… eran recientes, erráticas… humanoides. El grupo siguió el rastro en silencio, adentrándose entre árboles más densos, donde la luz apenas lograba filtrarse. Entonces lo escucharon: el choque de huesos, gruñidos… y respiración agitada.
Un semielfo estaba siendo acorralado.
Arco en mano, rodeado por muertos vivientes, luchaba con lo último de sus fuerzas. Sus flechas ya habían derribado a varios, pero la horda no dejaba de avanzar. El grupo no dudó. Badriel fue el primero en moverse, irrumpiendo como un muro de acero entre la muerte y el desconocido. Umi lo siguió, su espada Imu encendiéndose en llamas con la palabra Harder, iluminando la escena con fuego vivo. Khol desapareció entre las sombras, reapareciendo entre los enemigos con su estoque Silencio, cuya hoja helada cortaba y congelaba a cada enemigo que tocaba. Torik, firme, alzó su símbolo sagrado, invocando luz y vida contra la oscuridad que los rodeaba.
El semielfo, en un intento desesperado por aprovechar la apertura, tensó su arco… pero el destino le jugó una cruel pasada. Un fallo. La cuerda se tensó mal, el disparo se torció, y el arco… se quebró en sus manos. Por un instante, la desesperación cruzó su rostro. Fue entonces cuando Umi, sin dudar, lanzó su propio arco hacia él. “¡No te detengas!” gritó. El semielfo lo atrapó en el aire, giró sobre sí mismo y disparó con precisión renovada, abriendo espacio entre la horda.
El combate fue feroz. Sin cuartel. La jungla misma parecía contener la respiración mientras acero, fuego, hielo y fe chocaban contra la muerte encarnada. Y finalmente… el silencio regresó.
El semielfo cayó de rodillas, jadeando, aún con vida.
Su nombre era Ozul.
Un explorador. Un guardián de los bosques. Había llegado a Chult siguiendo rumores sobre la maldición de la muerte, confiando en que sus habilidades serían suficientes para sobrevivir. Pero la jungla no perdona la arrogancia… ni la soledad. Perdido, agotado y rodeado, habría muerto allí de no ser por el grupo.
Ahora… no estaba solo.
El grupo no solo había sobrevivido a la jungla…
había encontrado un nuevo aliado.
Pero la máscara seguía llamando.
Y la selva… aún no había mostrado su verdadero rostro.
El viaje se volvió una prueba constante. El calor sofocante los envolvía durante el día, mientras lluvias repentinas convertían el suelo en un lodazal traicionero. Las raíces se enredaban en sus pasos, las hojas ocultaban peligros invisibles y el aire húmedo hacía que cada respiración pesara. No hubo combates, no porque la jungla fuera benévola… sino porque Azaka demostró por qué era indispensable. Evitó territorios marcados por hordas de muertos vivientes, desvió rutas antes de cruzarse con depredadores, leyó el entorno como si la jungla le susurrara sus secretos. Aun así, el desgaste era brutal. Las raciones escaseaban, obligándolos a medir cada bocado; la sed era constante, solo mitigada por los conjuros de Torik, quien invocaba agua con la bendición de Chauntea. Y lo peor… era la imposibilidad de descansar. La jungla no ofrecía refugio. No había descanso largo, no había tregua. Solo pausas breves, tensas, siempre alertas, esperando que la noche no trajera algo peor.
Fue al atardecer del 8 de Elesias cuando algo cambió. Azaka se detuvo, agachándose sobre el barro húmedo. Sus ojos se afilaron. No eran huellas de muertos vivientes… eran recientes, erráticas… humanoides. El grupo siguió el rastro en silencio, adentrándose entre árboles más densos, donde la luz apenas lograba filtrarse. Entonces lo escucharon: el choque de huesos, gruñidos… y respiración agitada.
Un semielfo estaba siendo acorralado.
Arco en mano, rodeado por muertos vivientes, luchaba con lo último de sus fuerzas. Sus flechas ya habían derribado a varios, pero la horda no dejaba de avanzar. El grupo no dudó. Badriel fue el primero en moverse, irrumpiendo como un muro de acero entre la muerte y el desconocido. Umi lo siguió, su espada Imu encendiéndose en llamas con la palabra Harder, iluminando la escena con fuego vivo. Khol desapareció entre las sombras, reapareciendo entre los enemigos con su estoque Silencio, cuya hoja helada cortaba y congelaba a cada enemigo que tocaba. Torik, firme, alzó su símbolo sagrado, invocando luz y vida contra la oscuridad que los rodeaba.
El semielfo, en un intento desesperado por aprovechar la apertura, tensó su arco… pero el destino le jugó una cruel pasada. Un fallo. La cuerda se tensó mal, el disparo se torció, y el arco… se quebró en sus manos. Por un instante, la desesperación cruzó su rostro. Fue entonces cuando Umi, sin dudar, lanzó su propio arco hacia él. “¡No te detengas!” gritó. El semielfo lo atrapó en el aire, giró sobre sí mismo y disparó con precisión renovada, abriendo espacio entre la horda.
El combate fue feroz. Sin cuartel. La jungla misma parecía contener la respiración mientras acero, fuego, hielo y fe chocaban contra la muerte encarnada. Y finalmente… el silencio regresó.
El semielfo cayó de rodillas, jadeando, aún con vida.
Su nombre era Ozul.
Un explorador. Un guardián de los bosques. Había llegado a Chult siguiendo rumores sobre la maldición de la muerte, confiando en que sus habilidades serían suficientes para sobrevivir. Pero la jungla no perdona la arrogancia… ni la soledad. Perdido, agotado y rodeado, habría muerto allí de no ser por el grupo.
Ahora… no estaba solo.
Se une Camila Cisterna con el personaje de Ozul, un semielfo explorador
El grupo no solo había sobrevivido a la jungla…
había encontrado un nuevo aliado.
Pero la máscara seguía llamando.
Y la selva… aún no había mostrado su verdadero rostro.
Ozul
02/05/2026 20:38Gracias por salvarme