Desde el 9 hasta el 11 de Elesias, el grupo continuó su travesía por la despiadada jungla de Chult, guiados por Azaka Stormfang. A pesar del calor sofocante, la humedad constante y la amenaza latente de la muerte detrás de cada árbol, el viaje comenzó a sentirse menos pesado gracias a la presencia de un nuevo integrante: Ozul. Durante las largas caminatas, mientras atravesaban senderos cubiertos por raíces gigantescas y niebla espesa, el grupo aprovechó de conversar con el semielfo. Poco a poco, Ozul compartió fragmentos de su historia, de cómo había dedicado su vida a proteger los bosques y de cómo la corrupción que se extendía por Chult le resultaba antinatural… ofensiva para el equilibrio mismo de la naturaleza.
Fue durante una de esas noches, alrededor de una pequeña fogata apenas visible entre la lluvia y las sombras, que Azaka finalmente habló con mayor profundidad sobre el objeto que buscaba. La guía sostuvo el fuego con la mirada durante varios segundos antes de romper el silencio.
"La máscara pertenece a mi tribu…" dijo con voz baja. "La Máscara de las Bestias. Fue robada hace más de un año por goblins. Desde entonces… he seguido rumores, rastros… cadáveres." Su expresión se endureció. "Y ahora todo apunta a un lugar: el Campamento Justicia."
Según había escuchado en Puerto Nyanzaru, el campamento había caído hacía tiempo bajo una invasión de muertos vivientes. Aun así, Azaka estaba decidida a recuperar el legado de su pueblo.
Cuando finalmente llegaron al lugar, el silencio fue lo primero que llamó su atención.
El Campamento Justicia se alzaba en ruinas junto al río Soshenstar, abandonado, húmedo y consumido lentamente por la jungla. Las estructuras derrumbadas estaban cubiertas de musgo y lianas, mientras la niebla se deslizaba entre los restos como si el lugar respirara. Pero lo más inquietante no eran las ruinas…
era la estatua.
En lo alto de un montículo de piedra descansaba la gigantesca figura de un hombre sentado, cargando sobre sus hombros un enorme cocodrilo. O quizá… era al revés. La erosión y el diseño hacían difícil distinguir dónde terminaba el humano y comenzaba la bestia. El rostro de la estatua poseía rasgos reptilianos, casi como un hombre con cara de cocodrilo, observando eternamente la selva con una expresión fría e inescrutable.
El grupo investigó cuidadosamente las ruinas mientras Badriel encontraba una vieja balsa semidestruida a la orilla del río. Convencido de que podría servirles más adelante, decidió quedarse reparándola mientras los demás continuaban explorando.
Tras confirmar que el campamento estaba completamente abandonado, el grupo se dirigió finalmente hacia la estatua. Entre las piernas de la gigantesca figura descubrieron una puerta de piedra cubierta de inscripciones antiguas. Allí encontraron grabada una vieja fábula:
Un hombre debía cruzar un río peligroso, pero temía ser devorado por un cocodrilo gigante. Sin embargo, el cocodrilo le ofreció ayuda, permitiéndole subir sobre su espalda para atravesar las aguas, pero a cambio el hombre debía cargarlo en su espalda para que el cocodrilo conociera el mundo de los hombres. El hombre desconfiaba, pero necestiaba cruzar o sino podía morir. Solo al aceptar cargar con otro y confiar en él logró atravesar el peligro del río, pero en consecuencia tendría que cargar para siempre con el cocodrilo.
La historia parecía sencilla… hasta que comprendieron que era una advertencia.
Al ingresar, las trampas comenzaron a activarse. Baldosas ocultas disparaban mecanismos letales cada vez que alguien caminaba sobre ellas individualmente. Pero gracias a la astucia de Khol, el grupo descubrió la solución: debían avanzar montados unos sobre otros, imitando la enseñanza de la fábula. Aquello evitaba activar los disparadores ocultos.
La mazmorra continuó poniéndolos a prueba. Puertas secretas, plataformas móviles y estrechos caminos de piedra los obligaron a avanzar con extrema cautela. Finalmente llegaron al corazón de la construcción: una enorme sala circular donde una escalera en espiral ascendía hacia las alturas, terminando en un pequeño pedestal donde descansaba un antiguo jarrón.
Pero alcanzar el objeto no sería sencillo.
La superficie era absurdamente resbaladiza. Uno tras otro, los intentos fracasaron. Caídas dolorosas, golpes contra la piedra y frustración comenzaron a desgastar al grupo. Incluso Umi terminó riéndose entre dientes después de una aparatosa caída de Badriel, aunque rápidamente intentó ocultarlo.
Finalmente, fue Khol quien logró lo imposible.
Con agilidad sobrenatural, el tiefling escaló cuidadosamente hasta alcanzar el pedestal y recuperar el jarrón. Dentro de él descansaba la Máscara de las Bestias, el objeto perdido de Azaka. Junto a ella encontraron también un Anillo de Caída de Pluma, el cual quedó en poder de Khol.
La victoria parecía completa.
Pero afuera… la muerte esperaba.
Apenas salieron de la tumba, un grupo de orcos y goblins cayó sobre ellos en una emboscada perfectamente preparada. Heridos por las trampas, agotados y tomados por sorpresa, el grupo apenas logró reaccionar. El combate comenzó brutal y desordenado. Torik, ya debilitado, fue quien peor resistió los ataques.
Y entonces…
la jungla rugió.
Desde las colinas, entre los árboles y las sombras, comenzaron a aparecer cientos de muertos vivientes.
No caminaban lentamente. Corrían.
Como una avalancha de carne putrefacta y huesos quebrados descendieron sobre el lugar, arrasando con todo a su paso. Orcos, goblins… todos comenzaron a morir bajo aquella marea imposible. Fue un espectáculo de puro horror. Una escena digna de una pesadilla.
El grupo comprendió de inmediato que aquello no podía ganarse. Solo podían huir. Pero mientras escapaban hacia el río, Torik cayó inconsciente al suelo. Y los muertos ya estaban encima. Por un instante, todo pareció perdido.
Entonces Umi regresó.
Sin pensarlo dos veces, ignorando los gritos y el peligro, la guerrera se abrió paso entre la oscuridad y tomó el cuerpo inconsciente del enano sobre sus hombros. Cada paso era una lucha contra el cansancio y el miedo mientras los muertos les pisaban los talones. Badriel, desde la orilla, ya había preparado las balsas.
"¡SALTA!" gritó desesperadamente.
Con un último esfuerzo, Umi alcanzó el río mientras los muertos prácticamente rozaban sus espaldas. El grupo abordó las balsas y comenzó a alejarse lentamente corriente abajo.
Desde la orilla… los muertos los observaban. Inmóviles. Silenciosos.
Como si esperaran volver a encontrarlos.
Y mientras la lluvia comenzaba a caer sobre las aguas oscuras del Soshenstar, todos entendieron lo mismo:
Por muy valientes que fueran… Chult podía devorarlos en cualquier momento.
Fue durante una de esas noches, alrededor de una pequeña fogata apenas visible entre la lluvia y las sombras, que Azaka finalmente habló con mayor profundidad sobre el objeto que buscaba. La guía sostuvo el fuego con la mirada durante varios segundos antes de romper el silencio.
"La máscara pertenece a mi tribu…" dijo con voz baja. "La Máscara de las Bestias. Fue robada hace más de un año por goblins. Desde entonces… he seguido rumores, rastros… cadáveres." Su expresión se endureció. "Y ahora todo apunta a un lugar: el Campamento Justicia."
Según había escuchado en Puerto Nyanzaru, el campamento había caído hacía tiempo bajo una invasión de muertos vivientes. Aun así, Azaka estaba decidida a recuperar el legado de su pueblo.
Cuando finalmente llegaron al lugar, el silencio fue lo primero que llamó su atención.
El Campamento Justicia se alzaba en ruinas junto al río Soshenstar, abandonado, húmedo y consumido lentamente por la jungla. Las estructuras derrumbadas estaban cubiertas de musgo y lianas, mientras la niebla se deslizaba entre los restos como si el lugar respirara. Pero lo más inquietante no eran las ruinas…
era la estatua.
En lo alto de un montículo de piedra descansaba la gigantesca figura de un hombre sentado, cargando sobre sus hombros un enorme cocodrilo. O quizá… era al revés. La erosión y el diseño hacían difícil distinguir dónde terminaba el humano y comenzaba la bestia. El rostro de la estatua poseía rasgos reptilianos, casi como un hombre con cara de cocodrilo, observando eternamente la selva con una expresión fría e inescrutable.
El grupo investigó cuidadosamente las ruinas mientras Badriel encontraba una vieja balsa semidestruida a la orilla del río. Convencido de que podría servirles más adelante, decidió quedarse reparándola mientras los demás continuaban explorando.
Tras confirmar que el campamento estaba completamente abandonado, el grupo se dirigió finalmente hacia la estatua. Entre las piernas de la gigantesca figura descubrieron una puerta de piedra cubierta de inscripciones antiguas. Allí encontraron grabada una vieja fábula:
Un hombre debía cruzar un río peligroso, pero temía ser devorado por un cocodrilo gigante. Sin embargo, el cocodrilo le ofreció ayuda, permitiéndole subir sobre su espalda para atravesar las aguas, pero a cambio el hombre debía cargarlo en su espalda para que el cocodrilo conociera el mundo de los hombres. El hombre desconfiaba, pero necestiaba cruzar o sino podía morir. Solo al aceptar cargar con otro y confiar en él logró atravesar el peligro del río, pero en consecuencia tendría que cargar para siempre con el cocodrilo.
La historia parecía sencilla… hasta que comprendieron que era una advertencia.
Al ingresar, las trampas comenzaron a activarse. Baldosas ocultas disparaban mecanismos letales cada vez que alguien caminaba sobre ellas individualmente. Pero gracias a la astucia de Khol, el grupo descubrió la solución: debían avanzar montados unos sobre otros, imitando la enseñanza de la fábula. Aquello evitaba activar los disparadores ocultos.
La mazmorra continuó poniéndolos a prueba. Puertas secretas, plataformas móviles y estrechos caminos de piedra los obligaron a avanzar con extrema cautela. Finalmente llegaron al corazón de la construcción: una enorme sala circular donde una escalera en espiral ascendía hacia las alturas, terminando en un pequeño pedestal donde descansaba un antiguo jarrón.
Pero alcanzar el objeto no sería sencillo.
La superficie era absurdamente resbaladiza. Uno tras otro, los intentos fracasaron. Caídas dolorosas, golpes contra la piedra y frustración comenzaron a desgastar al grupo. Incluso Umi terminó riéndose entre dientes después de una aparatosa caída de Badriel, aunque rápidamente intentó ocultarlo.
Finalmente, fue Khol quien logró lo imposible.
Con agilidad sobrenatural, el tiefling escaló cuidadosamente hasta alcanzar el pedestal y recuperar el jarrón. Dentro de él descansaba la Máscara de las Bestias, el objeto perdido de Azaka. Junto a ella encontraron también un Anillo de Caída de Pluma, el cual quedó en poder de Khol.
La victoria parecía completa.
Pero afuera… la muerte esperaba.
Apenas salieron de la tumba, un grupo de orcos y goblins cayó sobre ellos en una emboscada perfectamente preparada. Heridos por las trampas, agotados y tomados por sorpresa, el grupo apenas logró reaccionar. El combate comenzó brutal y desordenado. Torik, ya debilitado, fue quien peor resistió los ataques.
Y entonces…
la jungla rugió.
Desde las colinas, entre los árboles y las sombras, comenzaron a aparecer cientos de muertos vivientes.
No caminaban lentamente. Corrían.
Como una avalancha de carne putrefacta y huesos quebrados descendieron sobre el lugar, arrasando con todo a su paso. Orcos, goblins… todos comenzaron a morir bajo aquella marea imposible. Fue un espectáculo de puro horror. Una escena digna de una pesadilla.
El grupo comprendió de inmediato que aquello no podía ganarse. Solo podían huir. Pero mientras escapaban hacia el río, Torik cayó inconsciente al suelo. Y los muertos ya estaban encima. Por un instante, todo pareció perdido.
Entonces Umi regresó.
Sin pensarlo dos veces, ignorando los gritos y el peligro, la guerrera se abrió paso entre la oscuridad y tomó el cuerpo inconsciente del enano sobre sus hombros. Cada paso era una lucha contra el cansancio y el miedo mientras los muertos les pisaban los talones. Badriel, desde la orilla, ya había preparado las balsas.
"¡SALTA!" gritó desesperadamente.
Con un último esfuerzo, Umi alcanzó el río mientras los muertos prácticamente rozaban sus espaldas. El grupo abordó las balsas y comenzó a alejarse lentamente corriente abajo.
Desde la orilla… los muertos los observaban. Inmóviles. Silenciosos.
Como si esperaran volver a encontrarlos.
Y mientras la lluvia comenzaba a caer sobre las aguas oscuras del Soshenstar, todos entendieron lo mismo:
Por muy valientes que fueran…
Chult podía devorarlos en cualquier momento.