Susurros de Mbala
El crepúsculo del 17 de Elesias encontró al grupo ascendiendo hacia uno de los lugares más extraños que habían contemplado desde su llegada a Chult. Por encima de la interminable extensión verde de la jungla se levantaba una enorme meseta, rodeada por paredes de roca que caían casi verticalmente hacia las tierras inferiores. En su cima descansaban las ruinas de Mbala, una ciudad que alguna vez había sido el corazón de un antiguo asentamiento chultano y que ahora permanecía abandonada sobre aquel promontorio como el cadáver de una época olvidada. Desde las alturas, la jungla parecía extenderse hasta los confines del mundo, teñida por los últimos tonos rojizos del sol, mientras las nubes se acumulaban entre las montañas y los grandes ríos de Chult serpenteaban a lo lejos como cintas de plata.
Al cruzar los antiguos accesos de Mbala, el grupo quedó envuelto por un silencio inquietante. No había mercados, voces ni niños corriendo por sus calles; solo construcciones derrumbadas, antiguos caminos cubiertos de raíces y muros sobre los cuales la vegetación había reclamado su dominio. Los últimos rayos del día atravesaban ventanas que ya no conducían a ninguna habitación y proyectaban largas sombras sobre las piedras. Azaka Stormfang, acostumbrada a los misterios de la jungla, avanzaba con cautela y estudiaba cada rincón como si intentara comprender qué había ocurrido allí. Ozul observaba las plantas que habían crecido entre las antiguas construcciones, mientras Khol inspeccionaba puertas y rincones con la desconfianza propia de quien había aprendido que los lugares aparentemente vacíos rara vez lo estaban. Torik, en cambio, parecía escuchar el silencio mismo, y Umi mantenía una mano cerca de Imu. Badriel caminaba con la mirada al frente, convencido de que, si alguien realmente vivía allí, tarde o temprano se encontrarían con él.
Necesitaron varias horas para recorrer las ruinas hasta que, cerca del corazón de la antigua ciudad, encontraron algo inesperado: humo.
En torno a una construcción que aún conservaba parte de su estructura, una anciana cuidaba tranquilamente un pequeño jardín. Era Nanny Pu'pu. Su cuerpo estaba encorvado por los años y sus movimientos parecían lentos, pero sus ojos conservaban una lucidez sorprendente. Sobre su rostro podían distinguirse marcas de arcilla, mientras raíces, hierbas y pequeños amuletos colgaban alrededor de su refugio. La imagen resultaba casi absurda: en medio de una ciudad muerta, aquella anciana cultivaba plantas como si el mundo a su alrededor jamás hubiese terminado.
"Tantos pasos para llegar hasta aquí..." murmuró mientras observaba al grupo. "Y todavía conservan todas sus piernas. Eso ya es más de lo que pueden decir muchos viajeros de Chult."
La desconfianza inicial comenzó a desaparecer lentamente. Nanny Pu'pu les ofreció comida, agua y algunas frutas que cultivaba entre las ruinas. Durante la cena les enseñó a reconocer pequeñas diferencias entre las plantas de la jungla: hojas casi idénticas podían significar la diferencia entre alimentarse durante varios días o despertar con una fiebre capaz de matar a un hombre. Ozul prestó especial atención a sus enseñanzas y Torik intercambió con ella conocimientos sobre hierbas y raíces, mientras Khol observaba a la anciana con esa mezcla de curiosidad y sospecha que parecía acompañarlo a todas partes.
Cuando cayó la noche, Nanny Pu'pu les permitió refugiarse en la pequeña torre que utilizaba como hogar. El espacio, sin embargo, era insuficiente para todos. Badriel, Ozul y Azaka decidieron buscar otro lugar entre las ruinas donde pasar la noche, dejando el refugio para el resto de sus compañeros. Antes de separarse, el paladín miró hacia quienes permanecerían con la anciana y bromeó:
"Si la anciana intenta cocinarlos mientras duermen, griten fuerte."
"Qué tranquilizador..." respondió Khol.
Las risas fueron breves, pero necesarias. Después de tantos días rodeados de muerte, incluso aquel extraño lugar parecía ofrecer una tregua.
Antes de retirarse, alrededor de un pequeño fuego, Nanny Pu'pu les habló de Mbala. Su voz cambió mientras observaba las ruinas que la rodeaban, adquiriendo el tono de quien no relataba solamente una historia, sino una advertencia.
"Hubo un tiempo en que estas piedras tenían vida..." comenzó. "Mbala no siempre fue silencio. Hubo familias, comerciantes, cazadores... niños que corrían por lugares donde ahora solo crecen raíces. Desde aquí arriba contemplábamos Chult y creíamos estar por encima de todo cuanto habitaba bajo nosotros."
La anciana dejó escapar una risa amarga.
"Y ese fue nuestro pecado: la soberbia."
Según contó Nanny Pu'pu, los habitantes de Mbala habían llegado a sentirse seguros en lo alto de su meseta. Sus defensas naturales, su posición privilegiada y la prosperidad de su pueblo hicieron que, con el paso de las generaciones, comenzaran a olvidar a quien había guiado a los pueblos de Chult desde tiempos ancestrales: Ubtao.
"Los hombres reciben una bendición durante suficiente tiempo y terminan creyendo que siempre les perteneció" explicó mientras removía lentamente las brasas. "Olvidaron quién había abierto los caminos. Olvidaron quién había protegido estas tierras. Creyeron que Mbala era grande por sus propias manos."
Torik permaneció atento a sus palabras. Como servidor de Chauntea, comprendía demasiado bien el peligro de olvidar aquello que sostenía la vida.
Nanny Pu'pu continuó explicando que Ubtao, cansado de la arrogancia y de la creciente indiferencia de los pueblos chultanos, terminó alejándose de ellos. Las antiguas señales desaparecieron, las plegarias dejaron de encontrar respuesta y la protección que durante generaciones habían dado por sentada comenzó a desvanecerse.
"Ubtao no destruyó Mbala" añadió la anciana. "Simplemente dejó de sostener la mano de quienes habían decidido que ya no la necesitaban."
Después vinieron los tiempos difíciles.
La ciudad comenzó a perder aquello que alguna vez la había hecho prosperar. Los peligros de Chult se acercaron cada vez más a sus fronteras, los caminos dejaron de ser seguros y criaturas procedentes de la jungla comenzaron a hostigar a sus habitantes. El aislamiento se convirtió lentamente en hambre; el hambre, en desesperación; y la desesperación terminó haciendo lo que ningún ejército había conseguido.
La gente comenzó a abandonar Mbala.
Otros murieron.
Y aquellos que quedaron vieron cómo una ciudad que alguna vez había contemplado orgullosamente toda Chult terminaba siendo devorada piedra a piedra por la misma jungla que había creído dominar.
Nanny Pu'pu contempló las ruinas durante unos instantes antes de terminar su relato.
"La jungla tiene buena memoria...",El fuego crujió frente a ella. "Los hombres, no tanto."
Durante unos segundos nadie respondió.
Las palabras parecían diferentes después de haber recorrido aquellas calles vacías. Allí donde alguna vez habían vivido cientos de personas solo quedaban piedras, raíces y una anciana cuidando un pequeño jardín.
Aquella noche fue extrañamente tranquila.
Badriel, Ozul y Azaka encontraron refugio en otra zona de las ruinas, lo suficientemente cerca como para regresar rápidamente si ocurría algo, pero separados de la pequeña torre. Ozul escogió cuidadosamente un lugar protegido de la lluvia y Azaka, acostumbrada a dormir en lugares mucho peores, permaneció durante algún tiempo observando la oscuridad antes de descansar. Badriel, por su parte, dejó su arma al alcance de la mano.
Dentro de la torre, algunos de sus compañeros durmieron profundamente.
Demasiado profundamente.
A la mañana siguiente apenas pudieron recordar sus sueños. Solo permanecía una sensación difícil de explicar: el recuerdo fugaz de una voz pronunciando palabras incomprensibles, el aroma de hierbas quemadas y la impresión de haber sentido unas manos muy frías rozando sus frentes.
Cuando despertaron, Nanny Pu'pu ya se encontraba nuevamente atendiendo sus plantas.
Ninguno encontró una razón suficiente para darle importancia.
La anciana tenía, además, otra historia que contar.
Una joven había llegado a Mbala unos días antes. Según Nanny Pu'pu, viajaba sola y parecía buscar algo en la región. Había descansado brevemente entre las ruinas antes de dirigirse hacia los páramos situados al sur de la meseta... y nunca había regresado.
"Chult se queda con demasiadas personas" dijo la anciana, observando directamente a Badriel. "Pero quizá esta vez todavía no sea demasiado tarde."
Aquello bastó.
Badriel ni siquiera necesitó discutirlo. "Si existe la posibilidad de que siga viva, iremos."
Khol suspiró. "Sabía que ibas a decir eso."
El grupo abandonó Mbala siguiendo las indicaciones de la anciana y descendió hacia las tierras situadas al sur. Azaka tomó nuevamente la delantera, siguiendo senderos apenas visibles entre la vegetación, mientras Ozul buscaba rastros de algún viajero reciente. Sin embargo, las horas comenzaron a pasar sin encontrar señales claras de la muchacha.
No había huellas.
No había restos de un campamento.
Nada.
El terreno comenzó a cambiar. Los árboles dieron paso a zonas anegadas donde el barro alcanzaba los tobillos, el aire se volvió pesado y enjambres de insectos revoloteaban sobre aguas oscuras cubiertas de plantas flotantes. El sonido de sus propias pisadas parecía demasiado fuerte en aquel lugar.
Fue Khol quien finalmente levantó una mano.
"No estamos solos." Todos se detuvieron.
Entre la bruma aparecieron restos de antiguas construcciones. Columnas quebradas emergían del pantano y grandes bloques de piedra se hundían lentamente bajo el agua, cubiertos de musgo y raíces. Aquellas ruinas parecían haber permanecido ocultas durante generaciones.
Y entre ellas se movían figuras.
El grupo se ocultó entre la vegetación. Yuan-ti.
Algunos conservaban cuerpos mayormente humanoides, aunque las escamas que cubrían sus cuellos y rostros delataban su verdadera naturaleza. Otros se desplazaban sobre largas colas serpentinas que se deslizaban silenciosamente por las aguas del pantano. Sus ojos amarillentos inspeccionaban las piedras mientras varios de ellos removían escombros y estudiaban símbolos grabados en las antiguas construcciones.
No parecían estar allí por casualidad.
Estaban buscando algo.
Umi llevó lentamente una mano hasta la empuñadura de Imu, preparada para desenvainarla al primer movimiento hostil, pero Azaka hizo un gesto para que esperara.
Torik estudió las ruinas intentando comprender qué podía resultar tan importante para aquellas criaturas.
Ozul desapareció silenciosamente entre la vegetación hasta encontrar una posición desde donde pudiera observar el lugar y, si era necesario, cubrir a sus compañeros con su arco.
Badriel permaneció inmóvil, con una mano sobre su arma. Después del encuentro anterior con aquellas criaturas y de haberlas visto marchar junto a una horda de muertos vivientes, resultaba difícil considerarlas simples exploradoras.
Khol, por su parte, contempló cuidadosamente sus movimientos desde las sombras.
"Primero averigüemos qué quieren" susurró.
Por primera vez desde que abandonaron Mbala, nadie discutió con él.
Ocultos entre la vegetación, contemplaron cómo los Yuan-ti continuaban registrando las antiguas ruinas. Aquella era ya la segunda vez que encontraban a las criaturas serpentinas internándose en Chult, y el recuerdo de la columna de muertos vivientes que habían visto días atrás resultaba imposible de ignorar.
Algo estaba ocurriendo en la jungla.
Algo que todavía no comprendían.
Quizá aquellas serpientes buscaban un objeto.
Quizá buscaban un lugar.
O quizá aquellas ruinas escondían algo que llevaba demasiado tiempo esperando ser encontrado.
Y mientras el grupo permanecía oculto entre las aguas oscuras de aquel pantano, muy lejos de allí, sobre la solitaria meseta de Mbala, Nanny Pu'pu continuaba cuidando tranquilamente su jardín.
Como si la llegada de aquellos aventureros no hubiese alterado en absoluto la silenciosa rutina de la última habitante de una ciudad olvidada.
Al cruzar los antiguos accesos de Mbala, el grupo quedó envuelto por un silencio inquietante. No había mercados, voces ni niños corriendo por sus calles; solo construcciones derrumbadas, antiguos caminos cubiertos de raíces y muros sobre los cuales la vegetación había reclamado su dominio. Los últimos rayos del día atravesaban ventanas que ya no conducían a ninguna habitación y proyectaban largas sombras sobre las piedras. Azaka Stormfang, acostumbrada a los misterios de la jungla, avanzaba con cautela y estudiaba cada rincón como si intentara comprender qué había ocurrido allí. Ozul observaba las plantas que habían crecido entre las antiguas construcciones, mientras Khol inspeccionaba puertas y rincones con la desconfianza propia de quien había aprendido que los lugares aparentemente vacíos rara vez lo estaban. Torik, en cambio, parecía escuchar el silencio mismo, y Umi mantenía una mano cerca de Imu. Badriel caminaba con la mirada al frente, convencido de que, si alguien realmente vivía allí, tarde o temprano se encontrarían con él.
Necesitaron varias horas para recorrer las ruinas hasta que, cerca del corazón de la antigua ciudad, encontraron algo inesperado: humo.
En torno a una construcción que aún conservaba parte de su estructura, una anciana cuidaba tranquilamente un pequeño jardín. Era Nanny Pu'pu. Su cuerpo estaba encorvado por los años y sus movimientos parecían lentos, pero sus ojos conservaban una lucidez sorprendente. Sobre su rostro podían distinguirse marcas de arcilla, mientras raíces, hierbas y pequeños amuletos colgaban alrededor de su refugio. La imagen resultaba casi absurda: en medio de una ciudad muerta, aquella anciana cultivaba plantas como si el mundo a su alrededor jamás hubiese terminado.
"Tantos pasos para llegar hasta aquí..." murmuró mientras observaba al grupo. "Y todavía conservan todas sus piernas. Eso ya es más de lo que pueden decir muchos viajeros de Chult."
La desconfianza inicial comenzó a desaparecer lentamente. Nanny Pu'pu les ofreció comida, agua y algunas frutas que cultivaba entre las ruinas. Durante la cena les enseñó a reconocer pequeñas diferencias entre las plantas de la jungla: hojas casi idénticas podían significar la diferencia entre alimentarse durante varios días o despertar con una fiebre capaz de matar a un hombre. Ozul prestó especial atención a sus enseñanzas y Torik intercambió con ella conocimientos sobre hierbas y raíces, mientras Khol observaba a la anciana con esa mezcla de curiosidad y sospecha que parecía acompañarlo a todas partes.
Cuando cayó la noche, Nanny Pu'pu les permitió refugiarse en la pequeña torre que utilizaba como hogar. El espacio, sin embargo, era insuficiente para todos. Badriel, Ozul y Azaka decidieron buscar otro lugar entre las ruinas donde pasar la noche, dejando el refugio para el resto de sus compañeros. Antes de separarse, el paladín miró hacia quienes permanecerían con la anciana y bromeó:
"Si la anciana intenta cocinarlos mientras duermen, griten fuerte."
"Qué tranquilizador..." respondió Khol.
Las risas fueron breves, pero necesarias. Después de tantos días rodeados de muerte, incluso aquel extraño lugar parecía ofrecer una tregua.
Antes de retirarse, alrededor de un pequeño fuego, Nanny Pu'pu les habló de Mbala. Su voz cambió mientras observaba las ruinas que la rodeaban, adquiriendo el tono de quien no relataba solamente una historia, sino una advertencia.
"Hubo un tiempo en que estas piedras tenían vida..." comenzó. "Mbala no siempre fue silencio. Hubo familias, comerciantes, cazadores... niños que corrían por lugares donde ahora solo crecen raíces. Desde aquí arriba contemplábamos Chult y creíamos estar por encima de todo cuanto habitaba bajo nosotros."
La anciana dejó escapar una risa amarga.
"Y ese fue nuestro pecado: la soberbia."
Según contó Nanny Pu'pu, los habitantes de Mbala habían llegado a sentirse seguros en lo alto de su meseta. Sus defensas naturales, su posición privilegiada y la prosperidad de su pueblo hicieron que, con el paso de las generaciones, comenzaran a olvidar a quien había guiado a los pueblos de Chult desde tiempos ancestrales: Ubtao.
"Los hombres reciben una bendición durante suficiente tiempo y terminan creyendo que siempre les perteneció" explicó mientras removía lentamente las brasas. "Olvidaron quién había abierto los caminos. Olvidaron quién había protegido estas tierras. Creyeron que Mbala era grande por sus propias manos."
Torik permaneció atento a sus palabras. Como servidor de Chauntea, comprendía demasiado bien el peligro de olvidar aquello que sostenía la vida.
Nanny Pu'pu continuó explicando que Ubtao, cansado de la arrogancia y de la creciente indiferencia de los pueblos chultanos, terminó alejándose de ellos. Las antiguas señales desaparecieron, las plegarias dejaron de encontrar respuesta y la protección que durante generaciones habían dado por sentada comenzó a desvanecerse.
"Ubtao no destruyó Mbala" añadió la anciana. "Simplemente dejó de sostener la mano de quienes habían decidido que ya no la necesitaban."
Después vinieron los tiempos difíciles.
La ciudad comenzó a perder aquello que alguna vez la había hecho prosperar. Los peligros de Chult se acercaron cada vez más a sus fronteras, los caminos dejaron de ser seguros y criaturas procedentes de la jungla comenzaron a hostigar a sus habitantes. El aislamiento se convirtió lentamente en hambre; el hambre, en desesperación; y la desesperación terminó haciendo lo que ningún ejército había conseguido.
La gente comenzó a abandonar Mbala.
Otros murieron.
Y aquellos que quedaron vieron cómo una ciudad que alguna vez había contemplado orgullosamente toda Chult terminaba siendo devorada piedra a piedra por la misma jungla que había creído dominar.
Nanny Pu'pu contempló las ruinas durante unos instantes antes de terminar su relato.
"La jungla tiene buena memoria...",El fuego crujió frente a ella. "Los hombres, no tanto."
Durante unos segundos nadie respondió.
Las palabras parecían diferentes después de haber recorrido aquellas calles vacías. Allí donde alguna vez habían vivido cientos de personas solo quedaban piedras, raíces y una anciana cuidando un pequeño jardín.
Aquella noche fue extrañamente tranquila.
Badriel, Ozul y Azaka encontraron refugio en otra zona de las ruinas, lo suficientemente cerca como para regresar rápidamente si ocurría algo, pero separados de la pequeña torre. Ozul escogió cuidadosamente un lugar protegido de la lluvia y Azaka, acostumbrada a dormir en lugares mucho peores, permaneció durante algún tiempo observando la oscuridad antes de descansar. Badriel, por su parte, dejó su arma al alcance de la mano.
Dentro de la torre, algunos de sus compañeros durmieron profundamente.
Demasiado profundamente.
A la mañana siguiente apenas pudieron recordar sus sueños. Solo permanecía una sensación difícil de explicar: el recuerdo fugaz de una voz pronunciando palabras incomprensibles, el aroma de hierbas quemadas y la impresión de haber sentido unas manos muy frías rozando sus frentes.
Cuando despertaron, Nanny Pu'pu ya se encontraba nuevamente atendiendo sus plantas.
Ninguno encontró una razón suficiente para darle importancia.
La anciana tenía, además, otra historia que contar.
Una joven había llegado a Mbala unos días antes. Según Nanny Pu'pu, viajaba sola y parecía buscar algo en la región. Había descansado brevemente entre las ruinas antes de dirigirse hacia los páramos situados al sur de la meseta... y nunca había regresado.
"Chult se queda con demasiadas personas" dijo la anciana, observando directamente a Badriel. "Pero quizá esta vez todavía no sea demasiado tarde."
Aquello bastó.
Badriel ni siquiera necesitó discutirlo. "Si existe la posibilidad de que siga viva, iremos."
Khol suspiró. "Sabía que ibas a decir eso."
El grupo abandonó Mbala siguiendo las indicaciones de la anciana y descendió hacia las tierras situadas al sur. Azaka tomó nuevamente la delantera, siguiendo senderos apenas visibles entre la vegetación, mientras Ozul buscaba rastros de algún viajero reciente. Sin embargo, las horas comenzaron a pasar sin encontrar señales claras de la muchacha.
No había huellas.
No había restos de un campamento.
Nada.
El terreno comenzó a cambiar. Los árboles dieron paso a zonas anegadas donde el barro alcanzaba los tobillos, el aire se volvió pesado y enjambres de insectos revoloteaban sobre aguas oscuras cubiertas de plantas flotantes. El sonido de sus propias pisadas parecía demasiado fuerte en aquel lugar.
Fue Khol quien finalmente levantó una mano.
"No estamos solos." Todos se detuvieron.
Entre la bruma aparecieron restos de antiguas construcciones. Columnas quebradas emergían del pantano y grandes bloques de piedra se hundían lentamente bajo el agua, cubiertos de musgo y raíces. Aquellas ruinas parecían haber permanecido ocultas durante generaciones.
Y entre ellas se movían figuras.
El grupo se ocultó entre la vegetación. Yuan-ti.
Algunos conservaban cuerpos mayormente humanoides, aunque las escamas que cubrían sus cuellos y rostros delataban su verdadera naturaleza. Otros se desplazaban sobre largas colas serpentinas que se deslizaban silenciosamente por las aguas del pantano. Sus ojos amarillentos inspeccionaban las piedras mientras varios de ellos removían escombros y estudiaban símbolos grabados en las antiguas construcciones.
No parecían estar allí por casualidad.
Estaban buscando algo.
Umi llevó lentamente una mano hasta la empuñadura de Imu, preparada para desenvainarla al primer movimiento hostil, pero Azaka hizo un gesto para que esperara.
Torik estudió las ruinas intentando comprender qué podía resultar tan importante para aquellas criaturas.
Ozul desapareció silenciosamente entre la vegetación hasta encontrar una posición desde donde pudiera observar el lugar y, si era necesario, cubrir a sus compañeros con su arco.
Badriel permaneció inmóvil, con una mano sobre su arma. Después del encuentro anterior con aquellas criaturas y de haberlas visto marchar junto a una horda de muertos vivientes, resultaba difícil considerarlas simples exploradoras.
Khol, por su parte, contempló cuidadosamente sus movimientos desde las sombras.
"Primero averigüemos qué quieren" susurró.
Por primera vez desde que abandonaron Mbala, nadie discutió con él.
Ocultos entre la vegetación, contemplaron cómo los Yuan-ti continuaban registrando las antiguas ruinas. Aquella era ya la segunda vez que encontraban a las criaturas serpentinas internándose en Chult, y el recuerdo de la columna de muertos vivientes que habían visto días atrás resultaba imposible de ignorar.
Algo estaba ocurriendo en la jungla.
Algo que todavía no comprendían.
Quizá aquellas serpientes buscaban un objeto.
Quizá buscaban un lugar.
O quizá aquellas ruinas escondían algo que llevaba demasiado tiempo esperando ser encontrado.
Y mientras el grupo permanecía oculto entre las aguas oscuras de aquel pantano, muy lejos de allí, sobre la solitaria meseta de Mbala, Nanny Pu'pu continuaba cuidando tranquilamente su jardín.
Como si la llegada de aquellos aventureros no hubiese alterado en absoluto la silenciosa rutina de la última habitante de una ciudad olvidada.