Las Serpientes y la Bruja
Ocultos entre la vegetación de aquellos pantanos al sur de Mbala, los aventureros observaban las antiguas ruinas que emergían de las aguas oscuras. Columnas partidas, muros cubiertos de raíces y bloques de piedra hundidos en el fango hablaban de un lugar olvidado hacía generaciones. En el centro del complejo descansaba una gran pileta de piedra, alimentada por aguas estancadas que reflejaban débilmente el cielo de Chult. Alrededor de ella, los Yuan-ti removían escombros, examinaban inscripciones y registraban cada rincón con una insistencia que dejaba pocas dudas: aquellas criaturas no habían llegado allí por casualidad. Estaban buscando algo.
El grupo apenas tuvo tiempo para decidir qué hacer antes de ser descubierto. Un siseo atravesó las ruinas y, casi inmediatamente, ocho cadáveres comenzaron a levantarse entre las piedras y las aguas pantanosas. Algunos aún vestían restos de antiguas armaduras; otros no eran más que cuerpos hinchados por la humedad, con la piel ennegrecida y extremidades que se movían mediante espasmos antinaturales. Los ocho muertos vivientes avanzaron como una muralla de carne destinada a impedir que los aventureros alcanzaran a sus verdaderos enemigos. Detrás de ellos aparecieron dos figuras mucho más inquietantes: dos Yuan-ti Malison de enormes cuerpos serpentinos se deslizaron hasta posiciones elevadas entre las ruinas. Desde la cintura hacia arriba conservaban una apariencia vagamente humanoide, pero bajo sus torsos se extendían gruesas colas cubiertas de escamas. Cada uno llevaba un poderoso arco y, antes de que el grupo pudiera reaccionar, las primeras flechas silbaron sobre la pileta. Una impactó contra la piedra junto a Torik y otra pasó rozando a Ozul. "¡Arqueros!" gritó Badriel.
Entonces apareció el tercero. A diferencia de sus compañeros, aquel Yuan-ti conservaba piernas y una silueta casi humana. Solo sus ojos reptilianos, las escamas que recorrían parte de su rostro y la forma imposible en que su lengua aparecía entre sus dientes revelaban su verdadera naturaleza. En cada mano sostenía una cimitarra. No necesitó dar ninguna orden; cuando cruzó ambas hojas frente a su cuerpo, todos comprendieron quién comandaba aquella fuerza. Umi desenvainó Imu. "Pues tendremos que pasar por ellos." Y la batalla comenzó.
Los muertos vivientes cargaron primero. Badriel se adelantó para recibirlos y el impacto de los primeros cadáveres contra su armadura resonó entre las ruinas. El paladín respondió con violencia, abriendo espacio para que sus compañeros pudieran maniobrar. Un muerto cayó bajo su espada, pero otro ocupó inmediatamente su lugar. "¡No dejen que nos rodeen!" gritó. Torik comprendió que aquella era precisamente la intención de sus enemigos. El enano levantó su símbolo sagrado y clamó: "¡Por Chauntea, regresen a la tierra de la que nunca debieron levantarse!" La energía divina atravesó las ruinas y, durante un instante, el pantano pareció iluminarse alrededor del clérigo. Varios muertos vivientes retrocedieron ante el poder de Chauntea, mientras otros quedaron expuestos a los ataques del grupo.
Fue entonces cuando Umi entró en combate. Alzó su espadón y pronunció la palabra que ya se había convertido en una amenaza para sus enemigos. "Harder." Imu despertó. Las llamas recorrieron la hoja y la oscuridad verdosa del pantano se tiñó de naranja. Umi se lanzó contra los muertos vivientes aprovechando el espacio abierto por Badriel y Torik. Cada movimiento de su espadón dibujaba un arco de fuego en el aire; carne muerta y ropas podridas ardían bajo sus golpes, mientras nubes de vapor se levantaban cada vez que la espada incendiada rozaba las aguas de la pileta.
Pero los Yuan-ti estaban preparados. Desde las alturas, los dos arqueros serpentinos comenzaron a disparar, y no eran flechas lanzadas apresuradamente: cada disparo buscaba un objetivo. Uno apuntaba a Torik y el otro a Ozul. El explorador reaccionó lanzándose detrás de una columna destruida segundos antes de que una flecha impactara contra la piedra. "Buenos arqueros..." murmuró mientras preparaba el suyo. Se asomó apenas lo necesario y disparó. La flecha atravesó las ruinas y alcanzó a uno de los Yuan-ti, que siseó de dolor. Ozul sonrió. "Pero no los mejores."
La respuesta llegó inmediatamente. Una de las criaturas serpentinas extendió una mano y comenzó a pronunciar palabras en una lengua antigua. Desde las grietas entre las piedras y las aguas de la pileta comenzaron a aparecer serpientes. Primero fueron unas pocas; después, decenas. Se arrastraban unas sobre otras formando una masa de escamas que comenzó a envolver las piernas de los aventureros. Algunas mordían, mientras otras se enrollaban alrededor de brazos y tobillos intentando inmovilizarlos. Una enorme serpiente consiguió atrapar a Badriel. El paladín intentó liberarse, pero cada movimiento hacía que los anillos de la criatura se cerraran todavía más alrededor de su armadura. "¡Esto empieza a ser molesto!" gruñó.
Khol apareció desde un costado. Silencio abandonó su funda. "Congelar." El frío recorrió inmediatamente el estoque y el tiefling hundió la hoja contra la serpiente. Una capa de escarcha se extendió sobre sus escamas y la criatura aflojó la presión lo suficiente para que Badriel pudiera romper su abrazo. "Te debo una" dijo el paladín mientras recuperaba el aliento. "Ya llevo la cuenta" respondió Khol, antes de desaparecer nuevamente entre las sombras de las ruinas.
Pero el verdadero peligro acababa de entrar en combate. El líder Yuan-ti cruzó la pileta con una velocidad inesperada y sus dos cimitarras comenzaron a moverse como extensiones de su propio cuerpo. Una atacaba mientras la otra defendía. Cuando Umi bloqueaba un golpe, la segunda hoja ya buscaba su costado; cuando Badriel intentaba intervenir, el enemigo giraba sobre sí mismo y desviaba su espada. Era como combatir contra una serpiente convertida en hombre. Umi recibió uno de los cortes sobre su armadura y retrocedió. El Yuan-ti siseó: "Los de sangre caliente siempre creen que la fuerza puede resolverlo todo." Umi volvió a levantar Imu, dejando que las llamas iluminaran su rostro. "Todavía no he terminado de intentarlo." Ambos volvieron a chocar: acero contra acero, fuego contra escamas.
A pocos metros, Torik trataba de mantener con vida al grupo mientras los muertos vivientes continuaban atacando. Cada vez que uno de sus compañeros era alcanzado, el clérigo respondía invocando la magia de Chauntea. Sus plegarias se mezclaban con los gritos, el siseo de las serpientes y el choque de las armas. Ozul, mientras tanto, comprendió que mientras los arqueros permanecieran en las alturas nunca tendrían tranquilidad, por lo que comenzó un peligroso duelo a distancia. Una flecha pasó junto a él y respondió con otra. El Yuan-ti se ocultó; Ozul cambió de posición entre las ruinas y volvió a disparar. El semielfo aprovechaba cada muro, cada columna y cada fragmento de vegetación como si hubiese nacido en aquel lugar, obligando al arquero enemigo a concentrarse en él y evitando así que pudiera descargar toda su fuerza contra el resto del grupo.
Azaka, en cambio, eligió un método mucho más directo. Mientras todos combatían alrededor de la pileta, desapareció entre las ruinas. Uno de los arqueros serpentinos buscó al siguiente objetivo y tensó su arco, pero nunca llegó a disparar. Azaka apareció detrás de él y la criatura apenas alcanzó a girarse antes de recibir su ataque. "Mira también detrás de ti." El Yuan-ti perdió el equilibrio y cayó desde su posición elevada hacia las ruinas inferiores.
Poco a poco la batalla comenzó a inclinarse a favor de los aventureros. Los muertos vivientes eran cada vez menos y Khol aprovechaba cada distracción para aparecer donde menos lo esperaban: una estocada bajo las costillas, un movimiento entre las sombras, un enemigo que giraba demasiado tarde. Badriel había conseguido liberarse completamente de las serpientes y volvió al centro del combate; Torik mantenía al grupo en pie; Ozul había obligado al segundo arquero a abandonar su posición; Azaka cerraba cualquier posibilidad de escape. Y en medio de todos ellos, Umi continuaba enfrentándose al líder.
El Yuan-ti lanzó una sucesión de ataques con ambas cimitarras. Umi bloqueó el primero y el segundo rozó su armadura, pero el tercero nunca llegó. Badriel apareció desde un costado y obligó a la criatura a retroceder. "No estás peleando contra ella sola." El líder miró alrededor y por primera vez comprendió que estaba perdiendo. Khol apareció detrás de él, Ozul tensó el arco, Torik levantó su símbolo sagrado, Azaka cerró la última vía de escape y Umi levantó nuevamente el espadón envuelto en llamas. El final fue inevitable.
Cuando el último Yuan-ti cayó junto a las aguas de la pileta, el silencio regresó a las ruinas. Solo quedaron el sonido del agua, las respiraciones agitadas y los cuerpos esparcidos sobre las piedras. Habían ganado, pero el precio había sido enorme. Todos estaban heridos, las armaduras presentaban cortes, las reservas de magia comenzaban a agotarse y algunos apenas podían mantenerse en pie.
Entonces alguien comenzó a aplaudir.
Lentamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El grupo se giró y sobre una de las piedras de las ruinas descubrió a Nanny Pu'pu. La anciana que los había alimentado, la mujer que les había ofrecido refugio, la aparentemente amable habitante de Mbala. Pero ya no parecía una anciana indefensa. Su sonrisa seguía siendo la misma; sus ojos, no. Una energía arcana recorría sus manos mientras pequeños símbolos comenzaban a iluminarse alrededor de sus dedos. "Muy bien..." dijo mientras contemplaba los cadáveres de los Yuan-ti. "Mucho mejor de lo que esperaba."
Khol apretó la empuñadura de Silencio. "La muchacha nunca existió." La anciana sonrió. "Eres listo, pequeño tiefling. Solo un poco tarde." Badriel dio un paso hacia ella. "Nos utilizaste." Nanny ni siquiera intentó negarlo. "Sí." Aquella respuesta fue más inquietante que cualquier explicación.
Umi comenzó a levantar Imu, pero Nanny Pupu movió apenas los dedos y algunos miembros del grupo se detuvieron inmediatamente. Sus cuerpos dejaron de responderles. Una mirada de terror recorrió a quienes habían pasado aquella noche dentro de la torre y los recuerdos regresaron de golpe: el olor de las hierbas quemadas, las palabras pronunciadas mientras dormían, las manos frías sobre sus frentes... el ritual. Nanny Pu'pu había dejado algo dentro de ellos, una orden, una puerta abierta en sus voluntades. "No..." murmuró uno de ellos mientras intentaba recuperar el control de su propio cuerpo. La anciana sonrió. "Les aconsejo que no hagan nada estúpido."
Azaka, Badriel y Ozul comprendieron inmediatamente lo ocurrido. Ellos habían dormido fuera de la torre y no habían sido afectados por aquel extraño ritual, pero tampoco estaban en condiciones de luchar. No después de aquella batalla. No con sus compañeros parcialmente sometidos y sin saber de qué era capaz realmente aquella mujer. Badriel apretó los dientes. Cada parte de él quería enfrentarse a aquella criatura, pero hacerlo significaba poner en peligro a todos. Finalmente bajó ligeramente el arma. "¿Qué quieres?"
Nanny Pupu miró hacia las ruinas. No hacia ellos, sino hacia algo que permanecía oculto bajo aquellas antiguas piedras. "De ustedes... nada." La respuesta desconcertó al grupo. La anciana comenzó a caminar tranquilamente entre los cadáveres. "Ya hicieron lo que necesitaba." Entonces lo comprendieron. Nunca los había enviado allí para rescatar a nadie. Los había enviado para eliminar a los Yuan-ti que registraban aquellas ruinas. Nanny Pu'pu no necesitaba héroes; necesitaba armas, y ellos habían cumplido perfectamente ese papel.
Lo que los Yuan-ti buscaban permanecía oculto en algún lugar de aquellas ruinas y ahora Nanny Pu'pu sería quien lo reclamaría. Pero el grupo nunca llegó a descubrir qué era. La anciana tampoco tenía intención de matarlos ni parecía interesada en perseguirlos. Habían cumplido su función y simplemente quería que se marcharan. Antes de hacerlo, sin embargo, les entregó una última información. "Si realmente desean respuestas sobre lo que ocurre en Chult, dejen de perseguir serpientes y ruinas olvidadas." La anciana levantó lentamente una mano y señaló hacia la distancia. "Busquen el Corazón de Ubtao."
Torik frunció el ceño. "¿Qué encontraremos allí?" Nanny Pu'pu dejó escapar una pequeña carcajada. "Eso dependerá de qué esté dispuesto a mostrarles Ubtao."
No hubo despedidas ni agradecimientos. El grupo simplemente abandonó aquel lugar, herido, agotado y humillado. Habían derrotado a ocho muertos vivientes y a tres peligrosos Yuan-ti. Habían sobrevivido a flechas, cimitarras, serpientes y magia, y aun así la sensación que los acompañaba era la de haber perdido. No porque hubieran sido vencidos en combate, sino porque desde el momento en que abandonaron Mbala habían seguido exactamente el camino que otra persona había preparado para ellos.
Mientras se alejaban de las ruinas, Khol miró una última vez hacia atrás. Nanny Pu'pu permanecía junto a la pileta: pequeña, encogida y aparentemente indefensa, exactamente igual que cuando la habían conocido. "La próxima vez que una anciana nos ofrezca comida..." murmuró el tiefling. Badriel continuó caminando sin siquiera mirarlo. "No termines esa frase." Ozul dejó escapar una pequeña sonrisa. Umi, en cambio, no miró hacia atrás. Mantenía una mano cerrada alrededor de la empuñadura de Imu; no estaba acostumbrada a retirarse, y mucho menos a saber que alguien la había utilizado. Torik caminaba en silencio intentando comprender el significado de las últimas palabras de la anciana, mientras Azaka observaba el horizonte buscando ya el camino que deberían seguir.
En algún lugar delante de ellos se encontraba el Corazón de Ubtao. Una nueva pista y un nuevo destino en su búsqueda por comprender los secretos de Chult y encontrar el origen de la Maldición de la Muerte. Detrás, oculta entre las brumas del pantano, Nanny Pu'pu contempló cómo los aventureros desaparecían entre la vegetación. Cuando finalmente dejó de verlos, se giró hacia las ruinas. Ahora estaba sola. Los Yuan-ti habían muerto, los aventureros se habían marchado y aquello que había permanecido oculto bajo aquellas antiguas piedras finalmente quedaba a su alcance.
El grupo apenas tuvo tiempo para decidir qué hacer antes de ser descubierto. Un siseo atravesó las ruinas y, casi inmediatamente, ocho cadáveres comenzaron a levantarse entre las piedras y las aguas pantanosas. Algunos aún vestían restos de antiguas armaduras; otros no eran más que cuerpos hinchados por la humedad, con la piel ennegrecida y extremidades que se movían mediante espasmos antinaturales. Los ocho muertos vivientes avanzaron como una muralla de carne destinada a impedir que los aventureros alcanzaran a sus verdaderos enemigos. Detrás de ellos aparecieron dos figuras mucho más inquietantes: dos Yuan-ti Malison de enormes cuerpos serpentinos se deslizaron hasta posiciones elevadas entre las ruinas. Desde la cintura hacia arriba conservaban una apariencia vagamente humanoide, pero bajo sus torsos se extendían gruesas colas cubiertas de escamas. Cada uno llevaba un poderoso arco y, antes de que el grupo pudiera reaccionar, las primeras flechas silbaron sobre la pileta. Una impactó contra la piedra junto a Torik y otra pasó rozando a Ozul. "¡Arqueros!" gritó Badriel.
Entonces apareció el tercero. A diferencia de sus compañeros, aquel Yuan-ti conservaba piernas y una silueta casi humana. Solo sus ojos reptilianos, las escamas que recorrían parte de su rostro y la forma imposible en que su lengua aparecía entre sus dientes revelaban su verdadera naturaleza. En cada mano sostenía una cimitarra. No necesitó dar ninguna orden; cuando cruzó ambas hojas frente a su cuerpo, todos comprendieron quién comandaba aquella fuerza. Umi desenvainó Imu. "Pues tendremos que pasar por ellos." Y la batalla comenzó.
Los muertos vivientes cargaron primero. Badriel se adelantó para recibirlos y el impacto de los primeros cadáveres contra su armadura resonó entre las ruinas. El paladín respondió con violencia, abriendo espacio para que sus compañeros pudieran maniobrar. Un muerto cayó bajo su espada, pero otro ocupó inmediatamente su lugar. "¡No dejen que nos rodeen!" gritó. Torik comprendió que aquella era precisamente la intención de sus enemigos. El enano levantó su símbolo sagrado y clamó: "¡Por Chauntea, regresen a la tierra de la que nunca debieron levantarse!" La energía divina atravesó las ruinas y, durante un instante, el pantano pareció iluminarse alrededor del clérigo. Varios muertos vivientes retrocedieron ante el poder de Chauntea, mientras otros quedaron expuestos a los ataques del grupo.
Fue entonces cuando Umi entró en combate. Alzó su espadón y pronunció la palabra que ya se había convertido en una amenaza para sus enemigos. "Harder." Imu despertó. Las llamas recorrieron la hoja y la oscuridad verdosa del pantano se tiñó de naranja. Umi se lanzó contra los muertos vivientes aprovechando el espacio abierto por Badriel y Torik. Cada movimiento de su espadón dibujaba un arco de fuego en el aire; carne muerta y ropas podridas ardían bajo sus golpes, mientras nubes de vapor se levantaban cada vez que la espada incendiada rozaba las aguas de la pileta.
Pero los Yuan-ti estaban preparados. Desde las alturas, los dos arqueros serpentinos comenzaron a disparar, y no eran flechas lanzadas apresuradamente: cada disparo buscaba un objetivo. Uno apuntaba a Torik y el otro a Ozul. El explorador reaccionó lanzándose detrás de una columna destruida segundos antes de que una flecha impactara contra la piedra. "Buenos arqueros..." murmuró mientras preparaba el suyo. Se asomó apenas lo necesario y disparó. La flecha atravesó las ruinas y alcanzó a uno de los Yuan-ti, que siseó de dolor. Ozul sonrió. "Pero no los mejores."
La respuesta llegó inmediatamente. Una de las criaturas serpentinas extendió una mano y comenzó a pronunciar palabras en una lengua antigua. Desde las grietas entre las piedras y las aguas de la pileta comenzaron a aparecer serpientes. Primero fueron unas pocas; después, decenas. Se arrastraban unas sobre otras formando una masa de escamas que comenzó a envolver las piernas de los aventureros. Algunas mordían, mientras otras se enrollaban alrededor de brazos y tobillos intentando inmovilizarlos. Una enorme serpiente consiguió atrapar a Badriel. El paladín intentó liberarse, pero cada movimiento hacía que los anillos de la criatura se cerraran todavía más alrededor de su armadura. "¡Esto empieza a ser molesto!" gruñó.
Khol apareció desde un costado. Silencio abandonó su funda. "Congelar." El frío recorrió inmediatamente el estoque y el tiefling hundió la hoja contra la serpiente. Una capa de escarcha se extendió sobre sus escamas y la criatura aflojó la presión lo suficiente para que Badriel pudiera romper su abrazo. "Te debo una" dijo el paladín mientras recuperaba el aliento. "Ya llevo la cuenta" respondió Khol, antes de desaparecer nuevamente entre las sombras de las ruinas.
Pero el verdadero peligro acababa de entrar en combate. El líder Yuan-ti cruzó la pileta con una velocidad inesperada y sus dos cimitarras comenzaron a moverse como extensiones de su propio cuerpo. Una atacaba mientras la otra defendía. Cuando Umi bloqueaba un golpe, la segunda hoja ya buscaba su costado; cuando Badriel intentaba intervenir, el enemigo giraba sobre sí mismo y desviaba su espada. Era como combatir contra una serpiente convertida en hombre. Umi recibió uno de los cortes sobre su armadura y retrocedió. El Yuan-ti siseó: "Los de sangre caliente siempre creen que la fuerza puede resolverlo todo." Umi volvió a levantar Imu, dejando que las llamas iluminaran su rostro. "Todavía no he terminado de intentarlo." Ambos volvieron a chocar: acero contra acero, fuego contra escamas.
A pocos metros, Torik trataba de mantener con vida al grupo mientras los muertos vivientes continuaban atacando. Cada vez que uno de sus compañeros era alcanzado, el clérigo respondía invocando la magia de Chauntea. Sus plegarias se mezclaban con los gritos, el siseo de las serpientes y el choque de las armas. Ozul, mientras tanto, comprendió que mientras los arqueros permanecieran en las alturas nunca tendrían tranquilidad, por lo que comenzó un peligroso duelo a distancia. Una flecha pasó junto a él y respondió con otra. El Yuan-ti se ocultó; Ozul cambió de posición entre las ruinas y volvió a disparar. El semielfo aprovechaba cada muro, cada columna y cada fragmento de vegetación como si hubiese nacido en aquel lugar, obligando al arquero enemigo a concentrarse en él y evitando así que pudiera descargar toda su fuerza contra el resto del grupo.
Azaka, en cambio, eligió un método mucho más directo. Mientras todos combatían alrededor de la pileta, desapareció entre las ruinas. Uno de los arqueros serpentinos buscó al siguiente objetivo y tensó su arco, pero nunca llegó a disparar. Azaka apareció detrás de él y la criatura apenas alcanzó a girarse antes de recibir su ataque. "Mira también detrás de ti." El Yuan-ti perdió el equilibrio y cayó desde su posición elevada hacia las ruinas inferiores.
Poco a poco la batalla comenzó a inclinarse a favor de los aventureros. Los muertos vivientes eran cada vez menos y Khol aprovechaba cada distracción para aparecer donde menos lo esperaban: una estocada bajo las costillas, un movimiento entre las sombras, un enemigo que giraba demasiado tarde. Badriel había conseguido liberarse completamente de las serpientes y volvió al centro del combate; Torik mantenía al grupo en pie; Ozul había obligado al segundo arquero a abandonar su posición; Azaka cerraba cualquier posibilidad de escape. Y en medio de todos ellos, Umi continuaba enfrentándose al líder.
El Yuan-ti lanzó una sucesión de ataques con ambas cimitarras. Umi bloqueó el primero y el segundo rozó su armadura, pero el tercero nunca llegó. Badriel apareció desde un costado y obligó a la criatura a retroceder. "No estás peleando contra ella sola." El líder miró alrededor y por primera vez comprendió que estaba perdiendo. Khol apareció detrás de él, Ozul tensó el arco, Torik levantó su símbolo sagrado, Azaka cerró la última vía de escape y Umi levantó nuevamente el espadón envuelto en llamas. El final fue inevitable.
Cuando el último Yuan-ti cayó junto a las aguas de la pileta, el silencio regresó a las ruinas. Solo quedaron el sonido del agua, las respiraciones agitadas y los cuerpos esparcidos sobre las piedras. Habían ganado, pero el precio había sido enorme. Todos estaban heridos, las armaduras presentaban cortes, las reservas de magia comenzaban a agotarse y algunos apenas podían mantenerse en pie.
Entonces alguien comenzó a aplaudir.
Lentamente.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
El grupo se giró y sobre una de las piedras de las ruinas descubrió a Nanny Pu'pu. La anciana que los había alimentado, la mujer que les había ofrecido refugio, la aparentemente amable habitante de Mbala. Pero ya no parecía una anciana indefensa. Su sonrisa seguía siendo la misma; sus ojos, no. Una energía arcana recorría sus manos mientras pequeños símbolos comenzaban a iluminarse alrededor de sus dedos. "Muy bien..." dijo mientras contemplaba los cadáveres de los Yuan-ti. "Mucho mejor de lo que esperaba."
Khol apretó la empuñadura de Silencio. "La muchacha nunca existió." La anciana sonrió. "Eres listo, pequeño tiefling. Solo un poco tarde." Badriel dio un paso hacia ella. "Nos utilizaste." Nanny ni siquiera intentó negarlo. "Sí." Aquella respuesta fue más inquietante que cualquier explicación.
Umi comenzó a levantar Imu, pero Nanny Pupu movió apenas los dedos y algunos miembros del grupo se detuvieron inmediatamente. Sus cuerpos dejaron de responderles. Una mirada de terror recorrió a quienes habían pasado aquella noche dentro de la torre y los recuerdos regresaron de golpe: el olor de las hierbas quemadas, las palabras pronunciadas mientras dormían, las manos frías sobre sus frentes... el ritual. Nanny Pu'pu había dejado algo dentro de ellos, una orden, una puerta abierta en sus voluntades. "No..." murmuró uno de ellos mientras intentaba recuperar el control de su propio cuerpo. La anciana sonrió. "Les aconsejo que no hagan nada estúpido."
Azaka, Badriel y Ozul comprendieron inmediatamente lo ocurrido. Ellos habían dormido fuera de la torre y no habían sido afectados por aquel extraño ritual, pero tampoco estaban en condiciones de luchar. No después de aquella batalla. No con sus compañeros parcialmente sometidos y sin saber de qué era capaz realmente aquella mujer. Badriel apretó los dientes. Cada parte de él quería enfrentarse a aquella criatura, pero hacerlo significaba poner en peligro a todos. Finalmente bajó ligeramente el arma. "¿Qué quieres?"
Nanny Pupu miró hacia las ruinas. No hacia ellos, sino hacia algo que permanecía oculto bajo aquellas antiguas piedras. "De ustedes... nada." La respuesta desconcertó al grupo. La anciana comenzó a caminar tranquilamente entre los cadáveres. "Ya hicieron lo que necesitaba." Entonces lo comprendieron. Nunca los había enviado allí para rescatar a nadie. Los había enviado para eliminar a los Yuan-ti que registraban aquellas ruinas. Nanny Pu'pu no necesitaba héroes; necesitaba armas, y ellos habían cumplido perfectamente ese papel.
Lo que los Yuan-ti buscaban permanecía oculto en algún lugar de aquellas ruinas y ahora Nanny Pu'pu sería quien lo reclamaría. Pero el grupo nunca llegó a descubrir qué era. La anciana tampoco tenía intención de matarlos ni parecía interesada en perseguirlos. Habían cumplido su función y simplemente quería que se marcharan. Antes de hacerlo, sin embargo, les entregó una última información. "Si realmente desean respuestas sobre lo que ocurre en Chult, dejen de perseguir serpientes y ruinas olvidadas." La anciana levantó lentamente una mano y señaló hacia la distancia. "Busquen el Corazón de Ubtao."
Torik frunció el ceño. "¿Qué encontraremos allí?" Nanny Pu'pu dejó escapar una pequeña carcajada. "Eso dependerá de qué esté dispuesto a mostrarles Ubtao."
No hubo despedidas ni agradecimientos. El grupo simplemente abandonó aquel lugar, herido, agotado y humillado. Habían derrotado a ocho muertos vivientes y a tres peligrosos Yuan-ti. Habían sobrevivido a flechas, cimitarras, serpientes y magia, y aun así la sensación que los acompañaba era la de haber perdido. No porque hubieran sido vencidos en combate, sino porque desde el momento en que abandonaron Mbala habían seguido exactamente el camino que otra persona había preparado para ellos.
Mientras se alejaban de las ruinas, Khol miró una última vez hacia atrás. Nanny Pu'pu permanecía junto a la pileta: pequeña, encogida y aparentemente indefensa, exactamente igual que cuando la habían conocido. "La próxima vez que una anciana nos ofrezca comida..." murmuró el tiefling. Badriel continuó caminando sin siquiera mirarlo. "No termines esa frase." Ozul dejó escapar una pequeña sonrisa. Umi, en cambio, no miró hacia atrás. Mantenía una mano cerrada alrededor de la empuñadura de Imu; no estaba acostumbrada a retirarse, y mucho menos a saber que alguien la había utilizado. Torik caminaba en silencio intentando comprender el significado de las últimas palabras de la anciana, mientras Azaka observaba el horizonte buscando ya el camino que deberían seguir.
En algún lugar delante de ellos se encontraba el Corazón de Ubtao. Una nueva pista y un nuevo destino en su búsqueda por comprender los secretos de Chult y encontrar el origen de la Maldición de la Muerte. Detrás, oculta entre las brumas del pantano, Nanny Pu'pu contempló cómo los aventureros desaparecían entre la vegetación. Cuando finalmente dejó de verlos, se giró hacia las ruinas. Ahora estaba sola. Los Yuan-ti habían muerto, los aventureros se habían marchado y aquello que había permanecido oculto bajo aquellas antiguas piedras finalmente quedaba a su alcance.