Tras el Rastro de los Muertos
El 23 de Elesias encontró al grupo exactamente donde había terminado la jornada anterior: en medio de la jungla de Chult, atrapado entre dos enormes Tiranosaurios Rex y con Torik tendido inconsciente sobre el suelo. La batalla parecía perdida antes de haber comenzado realmente. Las dos criaturas irrumpían entre la vegetación como fuerzas de la naturaleza, arrancando ramas con el lomo y haciendo temblar la tierra bajo cada una de sus pisadas. Badriel y Umi intentaban mantenerlas alejadas del clérigo caído, pero incluso sus armaduras parecían insignificantes frente a aquellas mandíbulas capaces de triturar huesos. Azaka se desplazaba alrededor de una de las bestias buscando obligarla a girar, mientras Khol aprovechaba cada tronco y cada sombra para mantenerse fuera de su alcance. Si Torik no recuperaba la conciencia pronto, todos sabían que la situación podía terminar de la peor manera.
Fue Ozul quien vio una posibilidad. Mientras uno de los tiranosaurios perseguía a Umi y el otro intentaba alcanzar a Azaka, el explorador desapareció entre la maleza, rodeando a las criaturas para aproximarse al cuerpo del clérigo desde un ángulo seguro. Una enorme cola pasó a pocos metros de él y destrozó un arbusto entero, pero Ozul no se detuvo. Se arrodilló junto a Torik, comprobó que aún respiraba y puso una mano sobre su pecho. "Todavía no te toca, viejo." Recurriendo a la magia de curación que había aprendido durante sus viajes, invocó Curar Heridas. Una tenue energía recorrió el cuerpo del enano y, después de unos segundos que parecieron eternos, Torik abrió los ojos.
"¿Ganamos?" murmuró el clérigo.
Ozul miró por encima del hombro justo cuando uno de los tiranosaurios rugía con tal fuerza que las hojas de los árboles parecieron estremecerse.
"No exactamente."
La recuperación de Torik cambió el combate. Todavía dolorido, el enano consiguió incorporarse y de inmediato comenzó a ayudar a sus compañeros. Sus plegarias a Chauntea se sucedieron una tras otra mientras intentaba mantenerlos en pie. Badriel recibió una brutal embestida que lo obligó a retroceder varios metros, pero volvió a colocarse frente a la criatura con el espadón preparado. Umi, cubierta de barro y sangre, levantó Imu y volvió a entrar en combate. "Harder." Las llamas envolvieron la hoja y la guerrera atacó las patas de una de las enormes bestias, obligándola a girarse hacia ella.
El segundo Tiranosaurio Rex cargó contra Azaka. La guía intentó apartarse, pero las mandíbulas se cerraron violentamente sobre ella y por un instante el grupo pensó que había muerto. La mujer cayó al suelo casi sin fuerzas. Torik reaccionó levantando su símbolo sagrado y enviando hacia ella la energía de Chauntea, mientras Khol aprovechaba que la criatura estaba distraída para deslizarse por uno de sus costados. "Congelar." El frío cubrió Silencio y el tiefling hundió el estoque entre las escamas de la criatura antes de apartarse justo cuando la enorme cabeza intentó atraparlo.
Ozul volvió a ponerse en pie y tomó distancia. Cada vez que encontraba un espacio entre los árboles, disparaba. Sus flechas buscaban los ojos, el cuello y cualquier zona que pareciera menos protegida. Azaka, apenas recuperada gracias a la magia de Torik, volvió a incorporarse con una mezcla de dolor y rabia. Ya había enfrentado antes a criaturas semejantes, y quizá por eso fue ella quien gritó: "¡No intenten resistir sus embestidas! ¡Háganlos girar! ¡Oblíguenlos a perseguirnos!" El grupo comenzó a moverse entonces como una sola unidad. Badriel atraía a una criatura hacia terreno más cerrado, Khol atacaba desde sus puntos ciegos, Ozul castigaba desde lejos, Torik mantenía con vida a quienes recibían las heridas más graves, mientras Umi y Azaka aprovechaban cada apertura para golpear con toda la fuerza que les quedaba.
La batalla se prolongó mucho más de lo que cualquiera habría querido. El suelo terminó convertido en barro bajo sus pies y el aire se llenó del olor a sangre, vegetación aplastada y carne quemada por Imu. El primero de los tiranosaurios cayó después de una sucesión de ataques coordinados. Su enorme cuerpo se desplomó entre los árboles con un impacto que hizo temblar el terreno. El segundo respondió con un rugido ensordecedor y atacó con una ferocidad todavía mayor, pero ahora estaba solo. Badriel soportó una última embestida, Torik consiguió mantenerlo en pie, Khol abrió una herida bajo una de sus patas y Ozul clavó una flecha profundamente en el cuello de la bestia. Fue entonces cuando Umi se lanzó hacia delante. Imu descendió envuelta en llamas y el enorme depredador finalmente cayó.
Durante varios segundos ninguno de ellos dijo nada.
Habían sobrevivido.
A duras penas.
Azaka apenas podía mantenerse en pie, Torik seguía debilitado por haber caído inconsciente, y prácticamente todos cargaban heridas que necesitaban atención. Pero los dos Tiranosaurios Rex yacían inmóviles entre los árboles. Khol contempló a las criaturas y negó lentamente con la cabeza. "La próxima vez que huyamos de algo, propongo mirar hacia dónde estamos corriendo." Nadie tuvo fuerzas para discutirle.
Cuando recuperaron el aliento apareció una nueva decisión. A poca distancia seguían encontrándose los restos de La Diosa Estelar. Ozul había logrado descubrir información importante antes de que la criatura alada los obligara a abandonar el lugar, y según los registros que alcanzó a revisar, la parte posterior de la aeronave guardaba documentos y objetos de valor. Sin embargo, regresar significaba acercarse otra vez al nido de aquella gigantesca bestia, y esta vez el grupo estaba considerablemente más herido que antes. La discusión se extendió durante varios minutos. Badriel consideraba que no podían ignorar una posible pista sobre Omu, Ozul insistía en que la información de la nave podía justificar el riesgo, mientras Torik recordaba que otra batalla podía acabar con ellos. Finalmente decidieron someterlo a votación.
Regresarían.
La condición era sencilla: permanecerían juntos, actuarían con cautela y evitarían combatir si existía cualquier alternativa.
Sin embargo, cuando volvieron a aproximarse a los restos de La Diosa Estelar, comprendieron que algo había cambiado.
Antes incluso de ver la nave, escucharon sonidos provenientes de aquella zona. No eran los chillidos de la criatura que habitaba allí, sino órdenes, pasos y el arrastre de muchos cuerpos moviéndose de manera coordinada. El grupo redujo el ritmo y avanzó con extremo cuidado hasta encontrar un punto desde el cual observar.
La escena que descubrieron resultaba mucho más inquietante que la criatura alada.
Alrededor de los restos de la aeronave se encontraban unos ocho Yuan-ti. Pero no estaban solos. Tras ellos aguardaban más de cuarenta muertos vivientes.
No se desplazaban como los cadáveres erráticos con los que habían luchado tantas veces en la jungla. Aquellos muertos permanecían ordenados en filas, silenciosos, inmóviles, como soldados esperando una orden. Algunos llevaban armas oxidadas; otros vestían restos de armaduras casi destruidas por el tiempo. La formación recordaba más a un ejército que a una horda.
Entre los Yuan-ti destacaban tres figuras.
Dos parecían actuar como lugartenientes, dando órdenes y moviéndose entre las filas de muertos. Pero incluso ellos guardaban distancia ante el tercero.
El líder poseía el largo cuerpo serpentiforme característico de algunos de los Yuan-ti, mientras que desde la cintura hacia arriba conservaba una apariencia humanoide. Parte de su cuerpo estaba cubierta por vendas, y sobre ellas llevaba una pesada prenda ceremonial decorada con motivos que recordaban llamas. Había algo diferente en aquella criatura. No necesitaba levantar la voz ni realizar gestos violentos para hacerse obedecer. Los demás simplemente reaccionaban ante su presencia.
Azaka observó la escena con el rostro endurecido. "Eso no es una patrulla."
Badriel siguió con la mirada las interminables filas de cadáveres. "Es un ejército."
En el centro del claro se encontraba la enorme criatura alada que el día anterior había expulsado al grupo. Esta vez estaba rodeada. Los Yuan-ti la habían atrapado.
La bestia intentaba defender su nido, golpeando el suelo con las alas y lanzando chillidos desesperados, pero estaba completamente superada. Flechas, lanzas y ataques de los muertos vivientes la acosaban desde todas direcciones. Los Yuan-ti parecían disfrutar de la situación. No buscaban simplemente matar al animal: lo hostigaban, lo obligaban a retroceder y prolongaban deliberadamente su sufrimiento.
Entonces llegaron hasta el nido.
Los huevos.
Uno de los reptiles los destruyó.
Luego otro.
Los chillidos de la criatura se volvieron todavía más desesperados.
Ozul apretó los dientes mientras observaba desde la vegetación. Había aprendido durante años a convivir con las criaturas salvajes y comprendía perfectamente lo que estaba viendo. Aquella bestia no había atacado al grupo por crueldad. Había defendido a sus crías.
Ahora no podía hacerlo.
Los Yuan-ti terminaron matándola junto a los restos de su nido.
"No necesitaban hacer eso..." murmuró Ozul.
Umi permaneció en silencio, con una mano sobre Imu. Badriel tampoco apartó la mirada. A pesar de todo, enfrentarse a más de cuarenta muertos vivientes y ocho Yuan-ti después de haber sobrevivido apenas al combate contra los tiranosaurios sería un suicidio.
Los reptiles comenzaron entonces a registrar La Diosa Estelar. Subieron por sus restos, abrieron compartimentos y recuperaron todo aquello que consideraban de valor. Cofres, objetos, bolsas y documentos desaparecieron entre las manos de sus soldados. Desde su escondite, el grupo solo pudo observar.
Khol suspiró. "Definitivamente deberíamos haber subido más rápido ayer."
Pero todavía necesitaban saber qué estaba ocurriendo.
El tiefling decidió acercarse.
Moviéndose entre los arbustos y las raíces, Khol logró reducir la distancia hasta quedar lo suficientemente cerca como para observar mejor al extraño líder y a sus seguidores. Durante algunos minutos todo funcionó perfectamente.
Hasta que una rama cedió bajo su pie. Uno de los Yuan-ti giró inmediatamente la cabeza. Sus ojos se encontraron con los del tiefling. "Intruso."
Decenas de cabezas se volvieron hacia él.
Khol apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la formación entera comenzara a moverse. Los muertos vivientes rompieron filas y se abalanzaron hacia la vegetación mientras varios Yuan-ti comenzaban a rodearlo.
"Bueno..." murmuró el tiefling. "Esto podría haber salido mejor."
No podía enfrentarlos.
Así que decidió engañarlos. Khol recurrió a la magia innata de su sangre infernal y creó una ilusión entre los árboles. Una figura idéntica a él apareció corriendo en dirección contraria, apartando ramas y desapareciendo entre la espesura. Los primeros muertos vivientes cambiaron inmediatamente de dirección y varios Yuan-ti siguieron el señuelo.
Al mismo tiempo, el verdadero Khol se internó silenciosamente entre la vegetación.
La ilusión continuó avanzando. La horda la persiguió... Y el tiefling desapareció.
Durante largos minutos, el resto del grupo permaneció oculto sin saber si su compañero había logrado escapar. Finalmente, Khol apareció entre los árboles detrás de ellos.
Badriel lo miró. "¿Funcionó?"
Desde la distancia todavía podían escucharse decenas de criaturas persiguiendo algo que no existía.
Khol sonrió. "Por supuesto."
Esperaron hasta que los sonidos desaparecieron completamente. Los Yuan-ti reorganizaron la marcha y abandonaron el lugar junto a la enorme columna de muertos vivientes. El extraño líder serpentiforme se retiró acompañado por sus dos lugartenientes, dejando detrás únicamente los restos saqueados de La Diosa Estelar y el cadáver de la criatura que había intentado proteger su nido.
Aquella escena confirmó algo que ya habían comenzado a sospechar desde encuentros anteriores: los Yuan-ti y los muertos vivientes no eran amenazas independientes. Existía algún vínculo entre ellos. Alguien estaba organizando a los muertos de Chult y utilizándolos como un ejército.
Cuando estuvieron seguros de que los enemigos se habían marchado, el grupo volvió a los restos de La Diosa Estelar. Esta vez pudieron inspeccionarlos sin ser atacados, pero llegaron demasiado tarde para recuperar la mayor parte de sus objetos. Los Yuan-ti se habían llevado prácticamente todo aquello que parecía valioso. Aun así, entre maderas rotas, cajones volcados y papeles descartados encontraron algo quizás más importante que el oro: los registros de la expedición.
Los documentos identificaban definitivamente la aeronave como La Diosa Estelar, una nave construida en el misterioso reino mágico de Halruaa, una nación humana situada al sur de Faerûn y famosa por el extraordinario dominio de la magia de sus habitantes. Los textos explicaban que los halruaanos habían desarrollado grandes navíos capaces de desplazarse por los cielos mediante poderosas artes arcanas, haciendo de las corrientes de aire sus rutas del mismo modo que otros pueblos utilizaban los océanos.
La Diosa Estelar había sido enviada hacia Chult poco después de que comenzaran a difundirse noticias sobre la Maldición de la Muerte. Su misión consistía en cartografiar regiones prácticamente desconocidas de la península y reunir cualquier indicio que pudiera explicar aquel fenómeno. Los responsables de la expedición habían considerado que explorar desde el aire les permitiría evitar la mayor parte de los dinosaurios, muertos vivientes y demás peligros de la selva.
Se habían equivocado.
Los diarios describían cómo una gran bandada de pterafolk, reptiles humanoides capaces de volar y conocidos por su ferocidad, había atacado la aeronave mientras cruzaba el interior de Chult. Las criaturas descendieron desde diferentes direcciones, dañaron sus estructuras y obligaron a la tripulación a combatir mientras intentaba mantener la nave en el aire. Finalmente, La Diosa Estelar perdió altura y se precipitó sobre la jungla, partiéndose en tres grandes secciones al quedar atrapada entre las copas de los árboles.
Sin embargo, entre aquellos registros había dos investigaciones que hicieron olvidar momentáneamente al grupo las heridas y el cansancio.
La primera llevaba un nombre. Ras Nsi.
El documento había sido elaborado por investigadores halruaanos a partir de antiguas crónicas chultanas:
Torik detuvo la lectura.
"¿Un elegido de Ubtao?"
Azaka asintió lentamente.
"Los barae eran más que simples guerreros. En las historias antiguas eran los protectores de Mezro."
El documento continuaba.
Todos miraron a Khol.
Después hacia el sendero por donde acababa de marcharse el ejército.
Nadie necesitó decir nada.
Badriel volvió lentamente la mirada hacia la jungla. "Más de cuarenta muertos caminando en formación."
Khol tocó inconscientemente la empuñadura de Silencio. "Eso empieza a parecer una conexión."
El segundo documento era todavía más extraño.
Hablaba de Omu.
Y de los llamados Nueve Dioses Tramposos.
Según la investigación halruaana, después de que Ubtao abandonara a los pueblos de Chult, diferentes espíritus comenzaron a ocupar el vacío espiritual que había dejado el antiguo dios. En Omu, nueve de aquellas entidades adquirieron una importancia especial. No eran dioses en el mismo sentido que Ubtao, sino poderosos espíritus asociados a animales y a diferentes virtudes, defectos e impulsos.
Los registros nombraban a Ijin, el inquieto espíritu del almiraj; Kubazan, asociado al poderoso froghemoth; Moa, representado por un jaculi; Nangnang, vinculada a los grung; Obo'laka, relacionada con el cauteloso zorbo; Papazotl, representado por los eblis; Shagambi, asociada a los kamadan; Unkh, vinculada al extraño caracol mayal; y Wongo, representado por los su-monsters.
El texto señalaba que las antiguas tradiciones de Omu describían a aquellas nueve entidades como rivales. Sus personalidades eran diferentes, sus enseñanzas se contradecían y las historias sobre ellos estaban llenas de competencias, engaños y disputas. De allí habría surgido el nombre de Dioses Tramposos.
Torik permaneció varios segundos observando los nombres.
"Ubtao abandona Chult... aparecen nueve nuevos dioses en Omu... y ahora todo parece conducirnos a esa ciudad."
Ozul tomó uno de los documentos. "Y los Yuan-ti también están buscando algo."
Umi miró hacia la dirección por la que se había marchado la columna. "Entonces tenemos una forma de averiguarlo." Seguirlos.
La propuesta no gustó especialmente a nadie, pero todos comprendían la lógica. Habían visto a los Yuan-ti junto a muertos vivientes en más de una ocasión. Ahora poseían documentos antiguos que hablaban de un hombre capaz de dirigir ejércitos de cadáveres y de una ciudad perdida que Valindra consideraba relacionada con la Maldición de la Muerte. Los fragmentos comenzaban lentamente a formar una imagen, aunque todavía faltaban demasiadas piezas.
A pesar de las heridas, decidieron seguir el rastro.
No era difícil.
Más de cuarenta muertos vivientes atravesando la jungla dejaban un camino evidente. Vegetación aplastada, barro removido y ramas partidas señalaban claramente la dirección de aquella columna. Azaka y Ozul encabezaron la persecución, manteniendo suficiente distancia para evitar ser detectados. El grupo avanzó durante el resto del 23 de Elesias, deteniéndose únicamente cuando necesitaron descansar y atender las heridas que todavía arrastraban de los combates anteriores.
La mañana del 24 de Elesias continuaron tras ellos.
Pero algo había cambiado. Las huellas se volvían extrañas. Ozul se agachó junto al terreno y examinó las marcas. "Se detuvieron."
Azaka observó la vegetación. No le gustó lo que veía. "Y después comenzaron a dispersarse."
Khol comprendió antes que nadie. "Saben que los seguimos."
Un siseo surgió entre los árboles.
Después otro.
Los aventureros se giraron.
A lo lejos comenzaron a aparecer figuras entre la vegetación.
Primero muertos vivientes.
Luego Yuan-ti.
No habían perdido el rastro.
Habían permitido que los siguieran.... La jungla estalló en movimiento.
La horda comenzó a cerrarse sobre ellos desde diferentes direcciones mientras los Yuan-ti aparecían entre árboles y lianas. El grupo comprendió inmediatamente que combatir era imposible. No contra aquella cantidad.
Badriel miró a sus compañeros. "¡Nos retiramos!"
Umi apretó los dientes. "Otra vez..."
"Esta vez no es retirarse" respondió Azaka, mientras señalaba un estrecho paso entre la vegetación. "¡Es sobrevivir!" No necesitaron más argumentos. Corrieron.
Ozul tomó la delantera buscando una ruta entre los árboles. Azaka permaneció cerca de él, guiando al grupo lejos de las zonas donde podían quedar atrapados. Torik avanzaba todo lo rápido que le permitían sus cortas piernas y su pesada armadura, mientras Badriel se mantenía cerca para evitar que los muertos alcanzaran al clérigo. Umi corría con Imu preparada por si alguna criatura conseguía aproximarse demasiado. Khol, todavía con el collar de comunicación entregado por Valindra alrededor del cuello, miró hacia atrás.
Decenas de muertos vivientes atravesaban la jungla tras ellos.
Entre los cadáveres podían distinguirse las figuras serpentinas de los Yuan-ti.
Y en algún lugar detrás de aquella multitud podía encontrarse el misterioso líder que habían visto junto a La Diosa Estelar.
"¡Más rápido!" gritó Khol.
Las ramas golpeaban sus rostros. Las raíces intentaban atraparlos. Detrás de ellos resonaban pasos, siseos y el avance interminable de los muertos.
Esta vez no estaban siguiendo a los Yuan-ti.
Los Yuan-ti los estaban cazando.
Fue Ozul quien vio una posibilidad. Mientras uno de los tiranosaurios perseguía a Umi y el otro intentaba alcanzar a Azaka, el explorador desapareció entre la maleza, rodeando a las criaturas para aproximarse al cuerpo del clérigo desde un ángulo seguro. Una enorme cola pasó a pocos metros de él y destrozó un arbusto entero, pero Ozul no se detuvo. Se arrodilló junto a Torik, comprobó que aún respiraba y puso una mano sobre su pecho. "Todavía no te toca, viejo." Recurriendo a la magia de curación que había aprendido durante sus viajes, invocó Curar Heridas. Una tenue energía recorrió el cuerpo del enano y, después de unos segundos que parecieron eternos, Torik abrió los ojos.
"¿Ganamos?" murmuró el clérigo.
Ozul miró por encima del hombro justo cuando uno de los tiranosaurios rugía con tal fuerza que las hojas de los árboles parecieron estremecerse.
"No exactamente."
La recuperación de Torik cambió el combate. Todavía dolorido, el enano consiguió incorporarse y de inmediato comenzó a ayudar a sus compañeros. Sus plegarias a Chauntea se sucedieron una tras otra mientras intentaba mantenerlos en pie. Badriel recibió una brutal embestida que lo obligó a retroceder varios metros, pero volvió a colocarse frente a la criatura con el espadón preparado. Umi, cubierta de barro y sangre, levantó Imu y volvió a entrar en combate. "Harder." Las llamas envolvieron la hoja y la guerrera atacó las patas de una de las enormes bestias, obligándola a girarse hacia ella.
El segundo Tiranosaurio Rex cargó contra Azaka. La guía intentó apartarse, pero las mandíbulas se cerraron violentamente sobre ella y por un instante el grupo pensó que había muerto. La mujer cayó al suelo casi sin fuerzas. Torik reaccionó levantando su símbolo sagrado y enviando hacia ella la energía de Chauntea, mientras Khol aprovechaba que la criatura estaba distraída para deslizarse por uno de sus costados. "Congelar." El frío cubrió Silencio y el tiefling hundió el estoque entre las escamas de la criatura antes de apartarse justo cuando la enorme cabeza intentó atraparlo.
Ozul volvió a ponerse en pie y tomó distancia. Cada vez que encontraba un espacio entre los árboles, disparaba. Sus flechas buscaban los ojos, el cuello y cualquier zona que pareciera menos protegida. Azaka, apenas recuperada gracias a la magia de Torik, volvió a incorporarse con una mezcla de dolor y rabia. Ya había enfrentado antes a criaturas semejantes, y quizá por eso fue ella quien gritó: "¡No intenten resistir sus embestidas! ¡Háganlos girar! ¡Oblíguenlos a perseguirnos!" El grupo comenzó a moverse entonces como una sola unidad. Badriel atraía a una criatura hacia terreno más cerrado, Khol atacaba desde sus puntos ciegos, Ozul castigaba desde lejos, Torik mantenía con vida a quienes recibían las heridas más graves, mientras Umi y Azaka aprovechaban cada apertura para golpear con toda la fuerza que les quedaba.
La batalla se prolongó mucho más de lo que cualquiera habría querido. El suelo terminó convertido en barro bajo sus pies y el aire se llenó del olor a sangre, vegetación aplastada y carne quemada por Imu. El primero de los tiranosaurios cayó después de una sucesión de ataques coordinados. Su enorme cuerpo se desplomó entre los árboles con un impacto que hizo temblar el terreno. El segundo respondió con un rugido ensordecedor y atacó con una ferocidad todavía mayor, pero ahora estaba solo. Badriel soportó una última embestida, Torik consiguió mantenerlo en pie, Khol abrió una herida bajo una de sus patas y Ozul clavó una flecha profundamente en el cuello de la bestia. Fue entonces cuando Umi se lanzó hacia delante. Imu descendió envuelta en llamas y el enorme depredador finalmente cayó.
Durante varios segundos ninguno de ellos dijo nada.
Habían sobrevivido.
A duras penas.
Azaka apenas podía mantenerse en pie, Torik seguía debilitado por haber caído inconsciente, y prácticamente todos cargaban heridas que necesitaban atención. Pero los dos Tiranosaurios Rex yacían inmóviles entre los árboles. Khol contempló a las criaturas y negó lentamente con la cabeza. "La próxima vez que huyamos de algo, propongo mirar hacia dónde estamos corriendo." Nadie tuvo fuerzas para discutirle.
Cuando recuperaron el aliento apareció una nueva decisión. A poca distancia seguían encontrándose los restos de La Diosa Estelar. Ozul había logrado descubrir información importante antes de que la criatura alada los obligara a abandonar el lugar, y según los registros que alcanzó a revisar, la parte posterior de la aeronave guardaba documentos y objetos de valor. Sin embargo, regresar significaba acercarse otra vez al nido de aquella gigantesca bestia, y esta vez el grupo estaba considerablemente más herido que antes. La discusión se extendió durante varios minutos. Badriel consideraba que no podían ignorar una posible pista sobre Omu, Ozul insistía en que la información de la nave podía justificar el riesgo, mientras Torik recordaba que otra batalla podía acabar con ellos. Finalmente decidieron someterlo a votación.
Regresarían.
La condición era sencilla: permanecerían juntos, actuarían con cautela y evitarían combatir si existía cualquier alternativa.
Sin embargo, cuando volvieron a aproximarse a los restos de La Diosa Estelar, comprendieron que algo había cambiado.
Antes incluso de ver la nave, escucharon sonidos provenientes de aquella zona. No eran los chillidos de la criatura que habitaba allí, sino órdenes, pasos y el arrastre de muchos cuerpos moviéndose de manera coordinada. El grupo redujo el ritmo y avanzó con extremo cuidado hasta encontrar un punto desde el cual observar.
La escena que descubrieron resultaba mucho más inquietante que la criatura alada.
Alrededor de los restos de la aeronave se encontraban unos ocho Yuan-ti. Pero no estaban solos. Tras ellos aguardaban más de cuarenta muertos vivientes.
No se desplazaban como los cadáveres erráticos con los que habían luchado tantas veces en la jungla. Aquellos muertos permanecían ordenados en filas, silenciosos, inmóviles, como soldados esperando una orden. Algunos llevaban armas oxidadas; otros vestían restos de armaduras casi destruidas por el tiempo. La formación recordaba más a un ejército que a una horda.
Entre los Yuan-ti destacaban tres figuras.
Dos parecían actuar como lugartenientes, dando órdenes y moviéndose entre las filas de muertos. Pero incluso ellos guardaban distancia ante el tercero.
El líder poseía el largo cuerpo serpentiforme característico de algunos de los Yuan-ti, mientras que desde la cintura hacia arriba conservaba una apariencia humanoide. Parte de su cuerpo estaba cubierta por vendas, y sobre ellas llevaba una pesada prenda ceremonial decorada con motivos que recordaban llamas. Había algo diferente en aquella criatura. No necesitaba levantar la voz ni realizar gestos violentos para hacerse obedecer. Los demás simplemente reaccionaban ante su presencia.
Azaka observó la escena con el rostro endurecido. "Eso no es una patrulla."
Badriel siguió con la mirada las interminables filas de cadáveres. "Es un ejército."
En el centro del claro se encontraba la enorme criatura alada que el día anterior había expulsado al grupo. Esta vez estaba rodeada. Los Yuan-ti la habían atrapado.
La bestia intentaba defender su nido, golpeando el suelo con las alas y lanzando chillidos desesperados, pero estaba completamente superada. Flechas, lanzas y ataques de los muertos vivientes la acosaban desde todas direcciones. Los Yuan-ti parecían disfrutar de la situación. No buscaban simplemente matar al animal: lo hostigaban, lo obligaban a retroceder y prolongaban deliberadamente su sufrimiento.
Entonces llegaron hasta el nido.
Los huevos.
Uno de los reptiles los destruyó.
Luego otro.
Los chillidos de la criatura se volvieron todavía más desesperados.
Ozul apretó los dientes mientras observaba desde la vegetación. Había aprendido durante años a convivir con las criaturas salvajes y comprendía perfectamente lo que estaba viendo. Aquella bestia no había atacado al grupo por crueldad. Había defendido a sus crías.
Ahora no podía hacerlo.
Los Yuan-ti terminaron matándola junto a los restos de su nido.
"No necesitaban hacer eso..." murmuró Ozul.
Umi permaneció en silencio, con una mano sobre Imu. Badriel tampoco apartó la mirada. A pesar de todo, enfrentarse a más de cuarenta muertos vivientes y ocho Yuan-ti después de haber sobrevivido apenas al combate contra los tiranosaurios sería un suicidio.
Los reptiles comenzaron entonces a registrar La Diosa Estelar. Subieron por sus restos, abrieron compartimentos y recuperaron todo aquello que consideraban de valor. Cofres, objetos, bolsas y documentos desaparecieron entre las manos de sus soldados. Desde su escondite, el grupo solo pudo observar.
Khol suspiró. "Definitivamente deberíamos haber subido más rápido ayer."
Pero todavía necesitaban saber qué estaba ocurriendo.
El tiefling decidió acercarse.
Moviéndose entre los arbustos y las raíces, Khol logró reducir la distancia hasta quedar lo suficientemente cerca como para observar mejor al extraño líder y a sus seguidores. Durante algunos minutos todo funcionó perfectamente.
Hasta que una rama cedió bajo su pie. Uno de los Yuan-ti giró inmediatamente la cabeza. Sus ojos se encontraron con los del tiefling. "Intruso."
Decenas de cabezas se volvieron hacia él.
Khol apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la formación entera comenzara a moverse. Los muertos vivientes rompieron filas y se abalanzaron hacia la vegetación mientras varios Yuan-ti comenzaban a rodearlo.
"Bueno..." murmuró el tiefling. "Esto podría haber salido mejor."
No podía enfrentarlos.
Así que decidió engañarlos. Khol recurrió a la magia innata de su sangre infernal y creó una ilusión entre los árboles. Una figura idéntica a él apareció corriendo en dirección contraria, apartando ramas y desapareciendo entre la espesura. Los primeros muertos vivientes cambiaron inmediatamente de dirección y varios Yuan-ti siguieron el señuelo.
Al mismo tiempo, el verdadero Khol se internó silenciosamente entre la vegetación.
La ilusión continuó avanzando. La horda la persiguió... Y el tiefling desapareció.
Durante largos minutos, el resto del grupo permaneció oculto sin saber si su compañero había logrado escapar. Finalmente, Khol apareció entre los árboles detrás de ellos.
Badriel lo miró. "¿Funcionó?"
Desde la distancia todavía podían escucharse decenas de criaturas persiguiendo algo que no existía.
Khol sonrió. "Por supuesto."
Esperaron hasta que los sonidos desaparecieron completamente. Los Yuan-ti reorganizaron la marcha y abandonaron el lugar junto a la enorme columna de muertos vivientes. El extraño líder serpentiforme se retiró acompañado por sus dos lugartenientes, dejando detrás únicamente los restos saqueados de La Diosa Estelar y el cadáver de la criatura que había intentado proteger su nido.
Aquella escena confirmó algo que ya habían comenzado a sospechar desde encuentros anteriores: los Yuan-ti y los muertos vivientes no eran amenazas independientes. Existía algún vínculo entre ellos. Alguien estaba organizando a los muertos de Chult y utilizándolos como un ejército.
Cuando estuvieron seguros de que los enemigos se habían marchado, el grupo volvió a los restos de La Diosa Estelar. Esta vez pudieron inspeccionarlos sin ser atacados, pero llegaron demasiado tarde para recuperar la mayor parte de sus objetos. Los Yuan-ti se habían llevado prácticamente todo aquello que parecía valioso. Aun así, entre maderas rotas, cajones volcados y papeles descartados encontraron algo quizás más importante que el oro: los registros de la expedición.
Los documentos identificaban definitivamente la aeronave como La Diosa Estelar, una nave construida en el misterioso reino mágico de Halruaa, una nación humana situada al sur de Faerûn y famosa por el extraordinario dominio de la magia de sus habitantes. Los textos explicaban que los halruaanos habían desarrollado grandes navíos capaces de desplazarse por los cielos mediante poderosas artes arcanas, haciendo de las corrientes de aire sus rutas del mismo modo que otros pueblos utilizaban los océanos.
La Diosa Estelar había sido enviada hacia Chult poco después de que comenzaran a difundirse noticias sobre la Maldición de la Muerte. Su misión consistía en cartografiar regiones prácticamente desconocidas de la península y reunir cualquier indicio que pudiera explicar aquel fenómeno. Los responsables de la expedición habían considerado que explorar desde el aire les permitiría evitar la mayor parte de los dinosaurios, muertos vivientes y demás peligros de la selva.
Se habían equivocado.
Los diarios describían cómo una gran bandada de pterafolk, reptiles humanoides capaces de volar y conocidos por su ferocidad, había atacado la aeronave mientras cruzaba el interior de Chult. Las criaturas descendieron desde diferentes direcciones, dañaron sus estructuras y obligaron a la tripulación a combatir mientras intentaba mantener la nave en el aire. Finalmente, La Diosa Estelar perdió altura y se precipitó sobre la jungla, partiéndose en tres grandes secciones al quedar atrapada entre las copas de los árboles.
Sin embargo, entre aquellos registros había dos investigaciones que hicieron olvidar momentáneamente al grupo las heridas y el cansancio.
La primera llevaba un nombre. Ras Nsi.
El documento había sido elaborado por investigadores halruaanos a partir de antiguas crónicas chultanas:
"Investigación histórica — Ras Nsi."
"Las fuentes más antiguas consultadas describen a Ras Nsi como uno de los barae de Mezro, elegidos bendecidos por Ubtao para servir como protectores de la ciudad. A diferencia de otros guardianes, Ras Nsi parece haber desarrollado una interpretación particularmente extrema de su deber. Allí donde veía una amenaza contra Mezro, respondía con una violencia cuya magnitud terminó convirtiéndolo en una figura temida incluso entre aquellos a quienes decía proteger."
"Las fuentes más antiguas consultadas describen a Ras Nsi como uno de los barae de Mezro, elegidos bendecidos por Ubtao para servir como protectores de la ciudad. A diferencia de otros guardianes, Ras Nsi parece haber desarrollado una interpretación particularmente extrema de su deber. Allí donde veía una amenaza contra Mezro, respondía con una violencia cuya magnitud terminó convirtiéndolo en una figura temida incluso entre aquellos a quienes decía proteger."
Torik detuvo la lectura.
"¿Un elegido de Ubtao?"
Azaka asintió lentamente.
"Los barae eran más que simples guerreros. En las historias antiguas eran los protectores de Mezro."
El documento continuaba.
"Diversos testimonios atribuyen a Ras Nsi un extraordinario dominio sobre los muertos. Con el paso de los años reunió ejércitos de cadáveres y los utilizó para combatir a quienes consideraba enemigos de Mezro. Algunas fuentes hablan de columnas de muertos recorriendo Chult bajo sus órdenes, una imagen que todavía aparece en relatos transmitidos por pueblos de la región."
Todos miraron a Khol.
Después hacia el sendero por donde acababa de marcharse el ejército.
Nadie necesitó decir nada.
"Finalmente, los métodos de Ras Nsi provocaron su caída. Las crónicas indican que perdió el favor de aquellos a quienes juró servir y terminó apartado de Mezro. Lo ocurrido posteriormente resulta incierto. Algunos registros sostienen que continuó recorriendo Chult; otros aseguran que desapareció en las regiones interiores. No existen fuentes suficientemente confiables para determinar su destino."
"Conclusión provisional: si los relatos sobre ejércitos de muertos en el interior de Chult son ciertos, recomendamos investigar cualquier posible conexión con el legado de Ras Nsi."
"Conclusión provisional: si los relatos sobre ejércitos de muertos en el interior de Chult son ciertos, recomendamos investigar cualquier posible conexión con el legado de Ras Nsi."
Badriel volvió lentamente la mirada hacia la jungla. "Más de cuarenta muertos caminando en formación."
Khol tocó inconscientemente la empuñadura de Silencio. "Eso empieza a parecer una conexión."
El segundo documento era todavía más extraño.
Hablaba de Omu.
Y de los llamados Nueve Dioses Tramposos.
Según la investigación halruaana, después de que Ubtao abandonara a los pueblos de Chult, diferentes espíritus comenzaron a ocupar el vacío espiritual que había dejado el antiguo dios. En Omu, nueve de aquellas entidades adquirieron una importancia especial. No eran dioses en el mismo sentido que Ubtao, sino poderosos espíritus asociados a animales y a diferentes virtudes, defectos e impulsos.
Los registros nombraban a Ijin, el inquieto espíritu del almiraj; Kubazan, asociado al poderoso froghemoth; Moa, representado por un jaculi; Nangnang, vinculada a los grung; Obo'laka, relacionada con el cauteloso zorbo; Papazotl, representado por los eblis; Shagambi, asociada a los kamadan; Unkh, vinculada al extraño caracol mayal; y Wongo, representado por los su-monsters.
El texto señalaba que las antiguas tradiciones de Omu describían a aquellas nueve entidades como rivales. Sus personalidades eran diferentes, sus enseñanzas se contradecían y las historias sobre ellos estaban llenas de competencias, engaños y disputas. De allí habría surgido el nombre de Dioses Tramposos.
"Resulta difícil determinar hasta qué punto estos seres fueron auténticas divinidades o poderosos espíritus venerados localmente. Sin embargo, todas las fuentes coinciden en que su culto terminó profundamente ligado a la historia de Omu."
Torik permaneció varios segundos observando los nombres.
"Ubtao abandona Chult... aparecen nueve nuevos dioses en Omu... y ahora todo parece conducirnos a esa ciudad."
Ozul tomó uno de los documentos. "Y los Yuan-ti también están buscando algo."
Umi miró hacia la dirección por la que se había marchado la columna. "Entonces tenemos una forma de averiguarlo." Seguirlos.
La propuesta no gustó especialmente a nadie, pero todos comprendían la lógica. Habían visto a los Yuan-ti junto a muertos vivientes en más de una ocasión. Ahora poseían documentos antiguos que hablaban de un hombre capaz de dirigir ejércitos de cadáveres y de una ciudad perdida que Valindra consideraba relacionada con la Maldición de la Muerte. Los fragmentos comenzaban lentamente a formar una imagen, aunque todavía faltaban demasiadas piezas.
A pesar de las heridas, decidieron seguir el rastro.
No era difícil.
Más de cuarenta muertos vivientes atravesando la jungla dejaban un camino evidente. Vegetación aplastada, barro removido y ramas partidas señalaban claramente la dirección de aquella columna. Azaka y Ozul encabezaron la persecución, manteniendo suficiente distancia para evitar ser detectados. El grupo avanzó durante el resto del 23 de Elesias, deteniéndose únicamente cuando necesitaron descansar y atender las heridas que todavía arrastraban de los combates anteriores.
La mañana del 24 de Elesias continuaron tras ellos.
Pero algo había cambiado. Las huellas se volvían extrañas. Ozul se agachó junto al terreno y examinó las marcas. "Se detuvieron."
Azaka observó la vegetación. No le gustó lo que veía. "Y después comenzaron a dispersarse."
Khol comprendió antes que nadie. "Saben que los seguimos."
Un siseo surgió entre los árboles.
Después otro.
Los aventureros se giraron.
A lo lejos comenzaron a aparecer figuras entre la vegetación.
Primero muertos vivientes.
Luego Yuan-ti.
No habían perdido el rastro.
Habían permitido que los siguieran.... La jungla estalló en movimiento.
La horda comenzó a cerrarse sobre ellos desde diferentes direcciones mientras los Yuan-ti aparecían entre árboles y lianas. El grupo comprendió inmediatamente que combatir era imposible. No contra aquella cantidad.
Badriel miró a sus compañeros. "¡Nos retiramos!"
Umi apretó los dientes. "Otra vez..."
"Esta vez no es retirarse" respondió Azaka, mientras señalaba un estrecho paso entre la vegetación. "¡Es sobrevivir!" No necesitaron más argumentos. Corrieron.
Ozul tomó la delantera buscando una ruta entre los árboles. Azaka permaneció cerca de él, guiando al grupo lejos de las zonas donde podían quedar atrapados. Torik avanzaba todo lo rápido que le permitían sus cortas piernas y su pesada armadura, mientras Badriel se mantenía cerca para evitar que los muertos alcanzaran al clérigo. Umi corría con Imu preparada por si alguna criatura conseguía aproximarse demasiado. Khol, todavía con el collar de comunicación entregado por Valindra alrededor del cuello, miró hacia atrás.
Decenas de muertos vivientes atravesaban la jungla tras ellos.
Entre los cadáveres podían distinguirse las figuras serpentinas de los Yuan-ti.
Y en algún lugar detrás de aquella multitud podía encontrarse el misterioso líder que habían visto junto a La Diosa Estelar.
"¡Más rápido!" gritó Khol.
Las ramas golpeaban sus rostros. Las raíces intentaban atraparlos. Detrás de ellos resonaban pasos, siseos y el avance interminable de los muertos.
Esta vez no estaban siguiendo a los Yuan-ti.
Los Yuan-ti los estaban cazando.