Viejos Héroes entre la Jungla
El 25 de Elesias, las antiguas ruinas se habían convertido en un campo de batalla. La Bola de Fuego lanzada por uno de los Magos Rojos de Thay había estallado sin distinguir entre enemigos y aliados, envolviendo en llamas incluso a los propios soldados que protegían el ritual. Pero había alguien que no había podido apartarse. Azaka, todavía inconsciente después de haber sacrificado sus fuerzas para salvar al grupo de los dinosaurios, había recibido la explosión de lleno. Durante unos instantes todos miraron hacia el lugar donde yacía su cuerpo entre humo y pequeñas llamas. Nadie podía imaginar que hubiese sobrevivido. Torik quiso correr hacia ella, pero el combate no le concedió siquiera la oportunidad de comprobarlo. Frente a ellos, los Magos Rojos todavía mantenían el control del altar, Khol continuaba atacando a sus propios compañeros bajo una influencia desconocida y los soldados supervivientes comenzaban a reorganizarse.
Entonces el mago que sostenía el extraño cubo levantó una mano. La tierra comenzó a vibrar alrededor de sus pies y las piedras de las ruinas se estremecieron como si algo intentara abrirse paso desde las profundidades. Ante la mirada sorprendida de los aventureros, rocas, tierra y fragmentos de antiguas columnas comenzaron a elevarse y unirse hasta formar una gigantesca silueta humanoide. En apenas unos instantes, un enorme Elemental de Tierra se alzó junto al mago. El grupo había visto poder arcano antes, pero aquello era diferente. Los movimientos del hechicero eran extraordinariamente rápidos; sus manos parecían tejer la Urdimbre con una facilidad que ninguno había presenciado. Un conjuro terminaba y el siguiente parecía estar preparado casi de inmediato. Fue entonces cuando comprendieron que una de sus manos seguía aferrando el mismo cubo utilizado durante el ritual. Algo en aquel objeto parecía potenciar su magia, permitiéndole manipular las energías arcanas a una velocidad antinatural.
Badriel reaccionó antes de que el elemental pudiera alcanzar al resto del grupo. Extendió una mano hacia las raíces que atravesaban las ruinas e invocó su poder. "¡Detente!" Gruesas lianas surgieron entre las piedras y se enroscaron alrededor de las piernas del Elemental de Tierra, tratando de sujetarlo. Durante unos instantes pareció funcionar, pero la criatura era demasiado poderosa. Las raíces comenzaron a romperse una tras otra mientras el enorme ser avanzaba contra el paladín. Badriel sostuvo su espadón y se plantó frente a él. "Muy bien... entonces tendremos que hacerlo de la forma difícil."
Mientras Badriel contenía al elemental, Umi decidió atravesar directamente la línea enemiga. Dos soldados intentaron interceptarla, pero la guerrera no redujo la velocidad. Imu describió un arco brutal y derribó al primero; el segundo apenas alcanzó a levantar su arma antes de recibir el siguiente golpe. Umi atravesó la formación y llegó hasta el segundo de los Magos Rojos. Solo entonces pudo distinguir claramente que se trataba de una mujer. La maga extendió ambas manos y una llamarada surgió de sus dedos mediante Manos Ardientes, convirtiendo el espacio entre ambas en un horno. El fuego envolvió a Umi, pero el Anillo de Resistencia al Fuego que había ganado semanas atrás en Puerto Nyanzaru reaccionó ante las llamas. El calor seguía siendo insoportable, pero su poder amortiguó gran parte del ataque. Cuando el fuego desapareció, la maga esperaba encontrarla retrocediendo. En cambio, vio a Umi todavía frente a ella, con Imu preparada. "Vas a necesitar algo más caliente que eso." Y atacó.
En otro extremo de las ruinas, Torik tenía un problema completamente distinto. No podía herir a Khol, pero tampoco podía permitir que continuara atacando al grupo. Intentó sujetarlo, bloquear su avance e incluso hacerlo entrar en razón, pero la agilidad del tiefling convertía cada intento en una frustración. "¡Khol, somos nosotros!" gritó mientras trataba de interceptar otra estocada. Khol no respondió. Silencio atravesó las defensas del enano y lo hirió gravemente. Torik retrocedió tambaleándose, incapaz de comprender cómo detener a su compañero sin dañarlo.
Ozul estuvo a punto de acudir en ayuda del clérigo cuando algo llamó su atención. A través del caos distinguió al mago que controlaba al Elemental de Tierra. En una de sus manos todavía sostenía el cubo. El explorador comprendió que quizá no necesitaban derrotar primero al hechicero. Tensó el arco, ignoró durante un instante todo cuanto ocurría a su alrededor y apuntó directamente hacia el objeto. "Veamos qué tan poderoso eres sin eso." La flecha atravesó el campo de batalla y golpeó el cubo. El impacto lo arrancó de la mano del mago y lo lanzó varios metros por detrás de él, donde terminó rodando entre las piedras.
El cambio fue inmediato. El mago miró hacia su mano vacía con una mezcla de sorpresa y furia, y aquella extraordinaria velocidad con la que había estado manipulando la magia desapareció. Ozul había encontrado la primera grieta real en las defensas enemigas. Pero antes de que pudieran aprovecharla, un sonido extraño surgió desde el lugar donde habían dejado a Azaka.
La guía respiró.
Primero fue una inspiración violenta, casi desesperada. Luego otra. Su cuerpo comenzó a estremecerse. Torik la miró desconcertado mientras sus extremidades se deformaban y sus músculos parecían aumentar bajo la piel. Un pelaje cubrió progresivamente su cuerpo, sus manos se transformaron en poderosas garras y sus facciones adquirieron los rasgos de un enorme felino. Ante la mirada atónita de sus compañeros, el secreto que Azaka había ocultado durante todo el viaje finalmente quedó al descubierto. La mujer que los había guiado durante semanas a través de Chult era capaz de transformarse en una poderosa criatura semejante a un tigre humanoide.
Pero no hubo tiempo para preguntas. Azaka abrió los ojos y se lanzó inmediatamente hacia la batalla.
Torik había utilizado anteriormente Detectar Magia y algo continuaba preocupándolo: el collar de comunicación que Khol había recibido de Valindra emitía una poderosa aura vinculada al control que ejercían sobre él. "¡El collar!" gritó el clérigo. "¡Quítenle el collar!" Azaka pareció comprenderlo de inmediato. En su forma bestial se abalanzó sobre Khol. El tiefling intentó esquivarla, pero esta vez encontró a alguien tan veloz como él. Azaka lo derribó y forcejeó con él mientras Torik intentaba sujetar sus brazos. Finalmente, las garras de la guía encontraron la cadena y la arrancaron de su cuello.
El efecto fue casi instantáneo. Khol quedó inmóvil durante un segundo, respirando agitadamente, mientras sus propios pensamientos regresaban a su mente. Miró a Torik, después a Azaka y finalmente a Silencio, todavía cubierto con la sangre del enano. "Torik..." El clérigo, dolorido, respondió con una mueca. "Después hablamos."
La batalla todavía no había terminado. Liberado Khol y perdido el cubo, la situación comenzaba finalmente a inclinarse a favor del grupo. Umi abrió una brecha entre los soldados y abandonó momentáneamente su enfrentamiento con la maga para lanzarse directamente contra el hechicero que había invocado al elemental. El hombre reaccionó creando varias copias de sí mismo mediante Imagen Múltiple. Cuatro figuras idénticas aparecieron entre las ruinas, moviéndose al mismo tiempo para confundirla. Umi no redujo la velocidad. Eligió una, apretó ambas manos alrededor de Imu y atacó.
La espada encontró carne.
La imagen era real.
El golpe derribó al Mago Rojo y, al perder este la concentración, el Elemental de Tierra que combatía contra Badriel comenzó a desmoronarse. Las enormes piedras que formaban su cuerpo se desprendieron una tras otra hasta caer pesadamente sobre las ruinas. Badriel observó desaparecer a la criatura y miró hacia Umi. "Voy a asumir que eso fue intencional." La guerrera recuperó Imu. "Por supuesto."
Parecía que finalmente podían ganar.
Entonces aparecieron los refuerzos.
Desde el campamento surgieron nuevos soldados y más figuras vestidas con las características túnicas de los Magos Rojos de Thay. Khol, todavía intentando recuperar por completo el control de sus pensamientos, palideció al verlos. Ahora recordaba fragmentos de lo ocurrido mientras había permanecido bajo la influencia de Valindra. "Tenemos que irnos. Hay muchos más cerca." Antes de que alguien pudiera responder, otro sonido surgió desde la dirección opuesta.
Siseos.
Decenas de pasos arrastrándose entre la vegetación.
Ozul miró hacia la retaguardia. Entre los árboles comenzaron a aparecer Yuan-ti acompañados por una nueva columna de muertos vivientes. Eran los mismos enemigos que llevaban siguiéndolos desde el encuentro con La Diosa Estelar. El grupo había quedado atrapado entre dos fuerzas considerablemente superiores.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Los Yuan-ti no atacaron a los aventureros.
Atacaron a los Magos Rojos.
Flechas comenzaron a atravesar el campamento. Los soldados de Thay respondieron inmediatamente y la magia arcana iluminó las ruinas mientras los muertos vivientes se abalanzaban contra ellos. Quedó claro que ambos bandos no eran aliados. Todo lo contrario: Magos Rojos y Yuan-ti eran enemigos, y los aventureros acababan de quedar atrapados justo en medio de su enfrentamiento.
Badriel comprendió inmediatamente la oportunidad. "¡Nos vamos! ¡Que se maten entre ellos!" Nadie necesitó convencer al resto. Torik ayudó a Khol, Ozul buscó una ruta entre la vegetación y Azaka, todavía en su forma bestial, tomó nuevamente la delantera. Umi, sin embargo, miró hacia atrás. Entre las piedras todavía se encontraba el extraño cubo que Ozul había arrancado de la mano del mago. Durante un instante consideró regresar. "Maldita sea..."
No alcanzó a hacerlo.
Una nueva Maga Roja de Thay apareció mediante un destello de magia directamente junto al objeto. Se agachó, recogió el cubo y desapareció con él entre sus compañeros. Umi apretó los dientes, pero ya no había tiempo. La batalla entre ambos ejércitos estaba creciendo y permanecer allí significaba morir.
Escaparon.
Durante horas atravesaron la jungla sin detenerse. Esta vez Azaka, aparentemente consciente y mucho más estable en su forma de tigre humanoide, volvió a guiarlos. El campamento, las explosiones y los siseos desaparecieron lentamente detrás de ellos hasta quedar reemplazados por los sonidos habituales de Chult. Solo cuando estuvieron seguros de haber dejado atrás a ambos bandos se permitieron detenerse.
La primera conversación fue inevitable. Todos miraron a Azaka. La guía permaneció varios segundos en silencio antes de recuperar lentamente su apariencia humana. Parecía avergonzada más que orgullosa de lo que acababan de descubrir. Les explicó que había ocultado deliberadamente aquella parte de su naturaleza. Su forma bestial no siempre era fácil de controlar y, en determinadas circunstancias, podía convertirse en una amenaza incluso para quienes intentaba proteger. Además, había aprendido hacía mucho tiempo que revelar lo que era provocaba miedo, rechazo y discriminación. "Prefería que me conocieran como Azaka antes de decidir qué pensar de mí por lo que puedo llegar a ser." Badriel negó lentamente con la cabeza. "Acabas de levantarte después de recibir una bola de fuego para ayudarnos. Creo que sabemos suficiente sobre quién eres." Umi asintió. "Y ya eras la Mata Dinosaurios antes de que supiéramos lo del tigre."
Después fue el turno de Khol. El tiefling relató cuanto conseguía recordar. Habló de la voz que lo había atraído fuera del campamento, de cómo su voluntad había ido desapareciendo y de fragmentos confusos del Corazón de Ubtao y de Valindra. El grupo comprendió entonces que el collar que ella les había entregado nunca había sido simplemente un objeto para comunicarse. Khol se lo quedó mirando durante unos segundos. "Supongo que no podemos devolverlo y pedir un reembolso." Umi tomó el objeto y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia la espesura. Nadie protestó. Después cambiaron de dirección y continuaron avanzando.
El resto del 25 de Elesias fue simplemente un intento por volver a orientarse. Caminaron durante horas hasta encontrar un lugar donde levantar una tienda improvisada. Aquella noche consiguieron descansar, aunque el sueño estuvo lejos de ser tranquilo. Ahora no solo tenían a los Yuan-ti siguiéndoles el rastro y a los Magos Rojos de Thay investigando los mismos misterios que ellos. También sabían que Valindra, la mujer que les había ofrecido refugio, alimento y una dirección cuando estaban perdidos, los había utilizado. Y cuando finalmente conseguían cerrar los ojos, otra presencia regresaba desde sus sueños: la máscara dorada que llevaba meses acompañándolos. La misma figura silenciosa relacionada con la Maldición de la Muerte continuaba aguardándolos en algún lugar de sus pesadillas.
La mañana del 26 de Elesias los encontró cansados, pero al menos nuevamente orientados. Con Azaka consciente y guiándolos otra vez, avanzar por la jungla se volvió considerablemente más sencillo. Habían recorrido varias horas cuando un sonido extraño hizo que todos se detuvieran.
Metal contra metal.
Espadas.
Alguien estaba combatiendo cerca.
Después de todo lo ocurrido, nadie tenía demasiadas ganas de descubrir quién. Badriel propuso continuar y evitar problemas que no les pertenecían, pero Khol se ofreció a comprobar qué sucedía sin involucrar al resto. "Solo miraré. Sin tocar nada, sin hablar con nadie y, sobre todo, sin aceptar collares mágicos." Antes de que pudieran responder ya había desaparecido entre la vegetación.
El tiefling avanzó silenciosamente hasta alcanzar la ribera de un pequeño río. Allí descubrió un modesto campamento formado por dos tiendas y una fogata que todavía ardía junto al agua. Alrededor de él, aproximadamente una docena de muertos vivientes atacaban a dos viajeros. El primero era un humano de aspecto curtido, un explorador armado con arco que se desplazaba con la seguridad de alguien acostumbrado a sobrevivir en lugares donde otros morirían rápidamente. A su lado combatía una criatura que Khol jamás había visto: un humanoide de piel verde, rasgos reptilianos y una larga cola, semejante a algún extraño dinosaurio erguido, que luchaba con espada y escudo.
Ambos eran extraordinariamente hábiles.
El humano disparaba con precisión mientras se desplazaba alrededor del campamento y su extraño compañero interceptaba a los cadáveres que conseguían aproximarse. Khol los observó durante unos segundos y llegó a preguntarse si realmente necesitaban ayuda. Pero uno de los muertos consiguió aproximarse por la espalda del arquero y el tiefling actuó antes de pensarlo demasiado. Salió silenciosamente de la vegetación y Silencio atravesó al cadáver antes de que pudiera atacar. El segundo cayó pocos instantes después.
"¡Un poco de ayuda!" gritó Khol hacia la jungla mientras volvía a desaparecer entre las sombras.
El resto del grupo escuchó su voz y corrió hacia el campamento. Cuando llegaron, Khol ya combatía junto a los dos desconocidos. Umi entró en la refriega por uno de los costados, Badriel se colocó inmediatamente junto al guerrero reptiliano, Ozul comenzó a disparar desde la vegetación y Torik levantó su símbolo sagrado. Con todos ellos combatiendo juntos, los muertos vivientes apenas tuvieron oportunidad. En pocos instantes el último cadáver cayó junto a la ribera.
Cuando terminó la batalla, el humano guardó lentamente su arco y se presentó como Artus Cimber. Era un hombre de aspecto experimentado, vestido para soportar largas jornadas de exploración y con la mirada de quien llevaba demasiado tiempo recorriendo lugares peligrosos. Su compañero era Dragonbait, un saurial: una criatura reptiliana procedente de un pueblo extraño para la mayoría de los habitantes de Faerûn. Aunque su apariencia podía recordar a un dinosaurio humanoide, su comportamiento resultaba sorprendentemente sereno. No hablaba como ellos; se comunicaba principalmente mediante gestos, expresiones y una peculiar sucesión de aromas que parecían cambiar según su estado de ánimo. Había algo casi desconcertante en encontrarse frente a un guerrero capaz de combatir con semejante ferocidad y que, pocos segundos después, podía expresar agradecimiento con una sonrisa tranquila.
"Mi compañero dice gracias" explicó Artus.
Khol olfateó discretamente el aire. "¿Dijo eso con la cara o con el olor?"
Artus sonrió. "Con ambos. Con el tiempo aprendes."
Los dos viajeros los invitaron a compartir su comida y descansar junto al campamento. Después de varios días alimentándose con frutos, raciones escasas e insectos, aquella invitación bastó para conquistar al grupo. Poco a poco las armas fueron guardadas y la desconfianza inicial comenzó a desaparecer.
La conversación cambió cuando explicaron por qué recorrían Chult. Hablaron de la Maldición de la Muerte, de las pistas encontradas en La Diosa Estelar y de cómo todas parecían conducir hacia la ciudad perdida de Omu. Artus permaneció pensativo al escuchar aquel nombre. Entonces les habló de un lugar que podía ayudarlos: Kir Sabal.
Según explicó, Kir Sabal era un antiguo santuario construido sobre elevados acantilados y habitado por los aarakocra, hombres y mujeres pájaro que habían establecido allí una comunidad apartada de gran parte de los peligros terrestres de la jungla. Pero lo verdaderamente importante no eran únicamente sus habitantes. Bajo la protección de los aarakocra vivían dos jóvenes humanos: Mwaxanaré y su hermano menor Na, descendientes de la antigua familia real de Omu. Si alguien podía conservar historias, tradiciones o conocimientos capaces de conducirlos hasta la ciudad perdida, aquellos herederos y sus protectores eran una de las mejores posibilidades que encontrarían en Chult.
"No está cerca" advirtió Artus mientras señalaba una ruta aproximada. "Pero si realmente buscan Omu, yo empezaría por Kir Sabal."
Por primera vez desde que habían abandonado el Corazón de Ubtao, tenían nuevamente un destino que no provenía de una bruja manipuladora ni de una maga que controlaba voluntades.
Después, Artus explicó su propia misión. Él tampoco vagaba sin rumbo por la jungla. Buscaba Orolunga, unas antiguas ruinas donde esperaba encontrar a Saja N'baza, una poderosa y antiquísima oráculo que quizá poseía respuestas sobre un lugar todavía más legendario: Mezro.
El nombre hizo reaccionar inmediatamente al grupo.
Torik recordó los documentos encontrados en La Diosa Estelar. "Mezro... Ras Nsi era uno de sus protectores."
Artus lo miró sorprendido. "Han estado leyendo historias bastante antiguas."
Entonces les habló de Mezro. Les contó sobre la legendaria ciudad chultana asociada a Ubtao, sobre sus poderosos protectores conocidos como los barae y sobre cómo Ras Nsi había formado parte alguna vez de ellos antes de convertirse en una figura temida de la historia de Chult. Pero para Artus, Mezro no era únicamente una leyenda. Allí había conocido a Alisanda, una de sus barae y la mujer a quien amaba. La ciudad había desaparecido y desde entonces él buscaba una forma de encontrarla nuevamente. Creía que la sabia Saja N'baza, en Orolunga, podía conocer la verdad sobre el destino de Mezro y ayudarlo a reencontrarse con ella.
Mientras hablaba, Azaka permaneció extrañamente silenciosa.
No dijo nada.
Pero Ozul alcanzó a notar que la guía había apartado la mirada al escuchar el nombre de Orolunga.
La conversación continuó y finalmente Artus decidió revelar por qué su viaje era especialmente peligroso. Miró alrededor del campamento para asegurarse de que nadie más estuviera cerca y entonces mostró al grupo un anillo.
El Anillo del Invierno.
Incluso sin comprender completamente su naturaleza, todos pudieron percibir que no se trataba de una joya ordinaria. Artus explicó que era un artefacto extraordinariamente poderoso y peligroso, capaz de ejercer un enorme poder relacionado con el frío y el invierno. Precisamente por ello llevaba años siendo perseguido. Un grupo de Gigantes de la Escarcha había llegado a Chult buscándolo y no eran los únicos. Los Magos Rojos de Thay, los Zhentarim y otras organizaciones deseaban apoderarse del anillo por diferentes razones.
"Mientras lo lleve conmigo, seguirán viniendo" explicó Artus. "Pero algunas cosas son demasiado peligrosas para entregarlas simplemente porque alguien amenaza con quitártelas."
Umi observó el anillo. "Entonces vas a protegerlo."
"Con mi vida."
No había vacilación en su respuesta.
Después de todo cuanto habían vivido con Nanny Pu'pu y Valindra, confiar en un desconocido parecía casi una estupidez. Sin embargo, algo era diferente con aquellos dos viajeros. Artus hablaba con la serenidad de alguien que no intentaba convencerlos de nada y Dragonbait permanecía a su lado sin esconder la clase de persona que era. Cuando Badriel descubrió que el saurial compartía una profunda devoción por Tyr, la distancia entre ambos disminuyó todavía más. El paladín observó el símbolo del dios de la justicia y luego al extraño guerrero reptiliano. "Entonces servimos al mismo juez." Dragonbait respondió con una inclinación solemne de cabeza y extendió el antebrazo. Badriel lo tomó con firmeza.
Khol contempló la escena y murmuró: "Perfecto. Ahora tenemos dos paladines."
"Eso significa que alguien podrá vigilarte cuando yo esté durmiendo" respondió Badriel.
"Retiro lo dicho. No confío en él."
Las risas que siguieron fueron pequeñas, pero auténticas. Hacía demasiado tiempo que el grupo no podía sentarse junto a una fogata sin estar huyendo de algo. Decidieron permanecer allí durante el resto del día. Compartieron comida, rutas, historias y todo cuanto habían aprendido sobre Chult. Artus señaló nuevamente el camino aproximado hacia Kir Sabal, mientras los aventureros le contaron sobre los movimientos de los Yuan-ti, los ejércitos de muertos y los Magos Rojos de Thay. Cada historia parecía conectarse con otra, como si lentamente comenzaran a descubrir que los acontecimientos que habían presenciado desde su llegada a la península formaban parte de algo mucho mayor.
La noche del 26 de Elesias terminó encontrándolos alrededor de la fogata. El pequeño río reflejaba la luz de las llamas y, por primera vez en varios días, Azaka estaba despierta junto a ellos. Ozul escuchaba con atención las historias de Artus, Torik intentaba ordenar mentalmente todo cuanto habían descubierto sobre Mezro, Umi contemplaba el fuego mientras pensaba en el camino que todavía les quedaba por recorrer y Khol permanecía cerca de Dragonbait, intentando determinar qué significaban los diferentes aromas con los que el saurial acompañaba sus gestos. Badriel, por su parte, parecía haber encontrado finalmente a alguien en aquella jungla cuya palabra no necesitaba cuestionar a cada instante.
Habían comenzado aquel día rodeados por enemigos, traiciones y secretos. Ahora terminaban sentados junto a dos desconocidos que, por alguna razón difícil de explicar, no parecían desconocidos en absoluto.
Y entre todas las historias compartidas alrededor del fuego había quedado una dirección especialmente clara.
Kir Sabal.
Allí, entre los acantilados de Chult, los últimos herederos de Omu podían estar esperando.
Y quizá con ellos se encontrara la siguiente pieza del camino hacia la ciudad perdida.
Entonces el mago que sostenía el extraño cubo levantó una mano. La tierra comenzó a vibrar alrededor de sus pies y las piedras de las ruinas se estremecieron como si algo intentara abrirse paso desde las profundidades. Ante la mirada sorprendida de los aventureros, rocas, tierra y fragmentos de antiguas columnas comenzaron a elevarse y unirse hasta formar una gigantesca silueta humanoide. En apenas unos instantes, un enorme Elemental de Tierra se alzó junto al mago. El grupo había visto poder arcano antes, pero aquello era diferente. Los movimientos del hechicero eran extraordinariamente rápidos; sus manos parecían tejer la Urdimbre con una facilidad que ninguno había presenciado. Un conjuro terminaba y el siguiente parecía estar preparado casi de inmediato. Fue entonces cuando comprendieron que una de sus manos seguía aferrando el mismo cubo utilizado durante el ritual. Algo en aquel objeto parecía potenciar su magia, permitiéndole manipular las energías arcanas a una velocidad antinatural.
Badriel reaccionó antes de que el elemental pudiera alcanzar al resto del grupo. Extendió una mano hacia las raíces que atravesaban las ruinas e invocó su poder. "¡Detente!" Gruesas lianas surgieron entre las piedras y se enroscaron alrededor de las piernas del Elemental de Tierra, tratando de sujetarlo. Durante unos instantes pareció funcionar, pero la criatura era demasiado poderosa. Las raíces comenzaron a romperse una tras otra mientras el enorme ser avanzaba contra el paladín. Badriel sostuvo su espadón y se plantó frente a él. "Muy bien... entonces tendremos que hacerlo de la forma difícil."
Mientras Badriel contenía al elemental, Umi decidió atravesar directamente la línea enemiga. Dos soldados intentaron interceptarla, pero la guerrera no redujo la velocidad. Imu describió un arco brutal y derribó al primero; el segundo apenas alcanzó a levantar su arma antes de recibir el siguiente golpe. Umi atravesó la formación y llegó hasta el segundo de los Magos Rojos. Solo entonces pudo distinguir claramente que se trataba de una mujer. La maga extendió ambas manos y una llamarada surgió de sus dedos mediante Manos Ardientes, convirtiendo el espacio entre ambas en un horno. El fuego envolvió a Umi, pero el Anillo de Resistencia al Fuego que había ganado semanas atrás en Puerto Nyanzaru reaccionó ante las llamas. El calor seguía siendo insoportable, pero su poder amortiguó gran parte del ataque. Cuando el fuego desapareció, la maga esperaba encontrarla retrocediendo. En cambio, vio a Umi todavía frente a ella, con Imu preparada. "Vas a necesitar algo más caliente que eso." Y atacó.
En otro extremo de las ruinas, Torik tenía un problema completamente distinto. No podía herir a Khol, pero tampoco podía permitir que continuara atacando al grupo. Intentó sujetarlo, bloquear su avance e incluso hacerlo entrar en razón, pero la agilidad del tiefling convertía cada intento en una frustración. "¡Khol, somos nosotros!" gritó mientras trataba de interceptar otra estocada. Khol no respondió. Silencio atravesó las defensas del enano y lo hirió gravemente. Torik retrocedió tambaleándose, incapaz de comprender cómo detener a su compañero sin dañarlo.
Ozul estuvo a punto de acudir en ayuda del clérigo cuando algo llamó su atención. A través del caos distinguió al mago que controlaba al Elemental de Tierra. En una de sus manos todavía sostenía el cubo. El explorador comprendió que quizá no necesitaban derrotar primero al hechicero. Tensó el arco, ignoró durante un instante todo cuanto ocurría a su alrededor y apuntó directamente hacia el objeto. "Veamos qué tan poderoso eres sin eso." La flecha atravesó el campo de batalla y golpeó el cubo. El impacto lo arrancó de la mano del mago y lo lanzó varios metros por detrás de él, donde terminó rodando entre las piedras.
El cambio fue inmediato. El mago miró hacia su mano vacía con una mezcla de sorpresa y furia, y aquella extraordinaria velocidad con la que había estado manipulando la magia desapareció. Ozul había encontrado la primera grieta real en las defensas enemigas. Pero antes de que pudieran aprovecharla, un sonido extraño surgió desde el lugar donde habían dejado a Azaka.
La guía respiró.
Primero fue una inspiración violenta, casi desesperada. Luego otra. Su cuerpo comenzó a estremecerse. Torik la miró desconcertado mientras sus extremidades se deformaban y sus músculos parecían aumentar bajo la piel. Un pelaje cubrió progresivamente su cuerpo, sus manos se transformaron en poderosas garras y sus facciones adquirieron los rasgos de un enorme felino. Ante la mirada atónita de sus compañeros, el secreto que Azaka había ocultado durante todo el viaje finalmente quedó al descubierto. La mujer que los había guiado durante semanas a través de Chult era capaz de transformarse en una poderosa criatura semejante a un tigre humanoide.
Pero no hubo tiempo para preguntas. Azaka abrió los ojos y se lanzó inmediatamente hacia la batalla.
Torik había utilizado anteriormente Detectar Magia y algo continuaba preocupándolo: el collar de comunicación que Khol había recibido de Valindra emitía una poderosa aura vinculada al control que ejercían sobre él. "¡El collar!" gritó el clérigo. "¡Quítenle el collar!" Azaka pareció comprenderlo de inmediato. En su forma bestial se abalanzó sobre Khol. El tiefling intentó esquivarla, pero esta vez encontró a alguien tan veloz como él. Azaka lo derribó y forcejeó con él mientras Torik intentaba sujetar sus brazos. Finalmente, las garras de la guía encontraron la cadena y la arrancaron de su cuello.
El efecto fue casi instantáneo. Khol quedó inmóvil durante un segundo, respirando agitadamente, mientras sus propios pensamientos regresaban a su mente. Miró a Torik, después a Azaka y finalmente a Silencio, todavía cubierto con la sangre del enano. "Torik..." El clérigo, dolorido, respondió con una mueca. "Después hablamos."
La batalla todavía no había terminado. Liberado Khol y perdido el cubo, la situación comenzaba finalmente a inclinarse a favor del grupo. Umi abrió una brecha entre los soldados y abandonó momentáneamente su enfrentamiento con la maga para lanzarse directamente contra el hechicero que había invocado al elemental. El hombre reaccionó creando varias copias de sí mismo mediante Imagen Múltiple. Cuatro figuras idénticas aparecieron entre las ruinas, moviéndose al mismo tiempo para confundirla. Umi no redujo la velocidad. Eligió una, apretó ambas manos alrededor de Imu y atacó.
La espada encontró carne.
La imagen era real.
El golpe derribó al Mago Rojo y, al perder este la concentración, el Elemental de Tierra que combatía contra Badriel comenzó a desmoronarse. Las enormes piedras que formaban su cuerpo se desprendieron una tras otra hasta caer pesadamente sobre las ruinas. Badriel observó desaparecer a la criatura y miró hacia Umi. "Voy a asumir que eso fue intencional." La guerrera recuperó Imu. "Por supuesto."
Parecía que finalmente podían ganar.
Entonces aparecieron los refuerzos.
Desde el campamento surgieron nuevos soldados y más figuras vestidas con las características túnicas de los Magos Rojos de Thay. Khol, todavía intentando recuperar por completo el control de sus pensamientos, palideció al verlos. Ahora recordaba fragmentos de lo ocurrido mientras había permanecido bajo la influencia de Valindra. "Tenemos que irnos. Hay muchos más cerca." Antes de que alguien pudiera responder, otro sonido surgió desde la dirección opuesta.
Siseos.
Decenas de pasos arrastrándose entre la vegetación.
Ozul miró hacia la retaguardia. Entre los árboles comenzaron a aparecer Yuan-ti acompañados por una nueva columna de muertos vivientes. Eran los mismos enemigos que llevaban siguiéndolos desde el encuentro con La Diosa Estelar. El grupo había quedado atrapado entre dos fuerzas considerablemente superiores.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Los Yuan-ti no atacaron a los aventureros.
Atacaron a los Magos Rojos.
Flechas comenzaron a atravesar el campamento. Los soldados de Thay respondieron inmediatamente y la magia arcana iluminó las ruinas mientras los muertos vivientes se abalanzaban contra ellos. Quedó claro que ambos bandos no eran aliados. Todo lo contrario: Magos Rojos y Yuan-ti eran enemigos, y los aventureros acababan de quedar atrapados justo en medio de su enfrentamiento.
Badriel comprendió inmediatamente la oportunidad. "¡Nos vamos! ¡Que se maten entre ellos!" Nadie necesitó convencer al resto. Torik ayudó a Khol, Ozul buscó una ruta entre la vegetación y Azaka, todavía en su forma bestial, tomó nuevamente la delantera. Umi, sin embargo, miró hacia atrás. Entre las piedras todavía se encontraba el extraño cubo que Ozul había arrancado de la mano del mago. Durante un instante consideró regresar. "Maldita sea..."
No alcanzó a hacerlo.
Una nueva Maga Roja de Thay apareció mediante un destello de magia directamente junto al objeto. Se agachó, recogió el cubo y desapareció con él entre sus compañeros. Umi apretó los dientes, pero ya no había tiempo. La batalla entre ambos ejércitos estaba creciendo y permanecer allí significaba morir.
Escaparon.
Durante horas atravesaron la jungla sin detenerse. Esta vez Azaka, aparentemente consciente y mucho más estable en su forma de tigre humanoide, volvió a guiarlos. El campamento, las explosiones y los siseos desaparecieron lentamente detrás de ellos hasta quedar reemplazados por los sonidos habituales de Chult. Solo cuando estuvieron seguros de haber dejado atrás a ambos bandos se permitieron detenerse.
La primera conversación fue inevitable. Todos miraron a Azaka. La guía permaneció varios segundos en silencio antes de recuperar lentamente su apariencia humana. Parecía avergonzada más que orgullosa de lo que acababan de descubrir. Les explicó que había ocultado deliberadamente aquella parte de su naturaleza. Su forma bestial no siempre era fácil de controlar y, en determinadas circunstancias, podía convertirse en una amenaza incluso para quienes intentaba proteger. Además, había aprendido hacía mucho tiempo que revelar lo que era provocaba miedo, rechazo y discriminación. "Prefería que me conocieran como Azaka antes de decidir qué pensar de mí por lo que puedo llegar a ser." Badriel negó lentamente con la cabeza. "Acabas de levantarte después de recibir una bola de fuego para ayudarnos. Creo que sabemos suficiente sobre quién eres." Umi asintió. "Y ya eras la Mata Dinosaurios antes de que supiéramos lo del tigre."
Después fue el turno de Khol. El tiefling relató cuanto conseguía recordar. Habló de la voz que lo había atraído fuera del campamento, de cómo su voluntad había ido desapareciendo y de fragmentos confusos del Corazón de Ubtao y de Valindra. El grupo comprendió entonces que el collar que ella les había entregado nunca había sido simplemente un objeto para comunicarse. Khol se lo quedó mirando durante unos segundos. "Supongo que no podemos devolverlo y pedir un reembolso." Umi tomó el objeto y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia la espesura. Nadie protestó. Después cambiaron de dirección y continuaron avanzando.
El resto del 25 de Elesias fue simplemente un intento por volver a orientarse. Caminaron durante horas hasta encontrar un lugar donde levantar una tienda improvisada. Aquella noche consiguieron descansar, aunque el sueño estuvo lejos de ser tranquilo. Ahora no solo tenían a los Yuan-ti siguiéndoles el rastro y a los Magos Rojos de Thay investigando los mismos misterios que ellos. También sabían que Valindra, la mujer que les había ofrecido refugio, alimento y una dirección cuando estaban perdidos, los había utilizado. Y cuando finalmente conseguían cerrar los ojos, otra presencia regresaba desde sus sueños: la máscara dorada que llevaba meses acompañándolos. La misma figura silenciosa relacionada con la Maldición de la Muerte continuaba aguardándolos en algún lugar de sus pesadillas.
La mañana del 26 de Elesias los encontró cansados, pero al menos nuevamente orientados. Con Azaka consciente y guiándolos otra vez, avanzar por la jungla se volvió considerablemente más sencillo. Habían recorrido varias horas cuando un sonido extraño hizo que todos se detuvieran.
Metal contra metal.
Espadas.
Alguien estaba combatiendo cerca.
Después de todo lo ocurrido, nadie tenía demasiadas ganas de descubrir quién. Badriel propuso continuar y evitar problemas que no les pertenecían, pero Khol se ofreció a comprobar qué sucedía sin involucrar al resto. "Solo miraré. Sin tocar nada, sin hablar con nadie y, sobre todo, sin aceptar collares mágicos." Antes de que pudieran responder ya había desaparecido entre la vegetación.
El tiefling avanzó silenciosamente hasta alcanzar la ribera de un pequeño río. Allí descubrió un modesto campamento formado por dos tiendas y una fogata que todavía ardía junto al agua. Alrededor de él, aproximadamente una docena de muertos vivientes atacaban a dos viajeros. El primero era un humano de aspecto curtido, un explorador armado con arco que se desplazaba con la seguridad de alguien acostumbrado a sobrevivir en lugares donde otros morirían rápidamente. A su lado combatía una criatura que Khol jamás había visto: un humanoide de piel verde, rasgos reptilianos y una larga cola, semejante a algún extraño dinosaurio erguido, que luchaba con espada y escudo.
Ambos eran extraordinariamente hábiles.
El humano disparaba con precisión mientras se desplazaba alrededor del campamento y su extraño compañero interceptaba a los cadáveres que conseguían aproximarse. Khol los observó durante unos segundos y llegó a preguntarse si realmente necesitaban ayuda. Pero uno de los muertos consiguió aproximarse por la espalda del arquero y el tiefling actuó antes de pensarlo demasiado. Salió silenciosamente de la vegetación y Silencio atravesó al cadáver antes de que pudiera atacar. El segundo cayó pocos instantes después.
"¡Un poco de ayuda!" gritó Khol hacia la jungla mientras volvía a desaparecer entre las sombras.
El resto del grupo escuchó su voz y corrió hacia el campamento. Cuando llegaron, Khol ya combatía junto a los dos desconocidos. Umi entró en la refriega por uno de los costados, Badriel se colocó inmediatamente junto al guerrero reptiliano, Ozul comenzó a disparar desde la vegetación y Torik levantó su símbolo sagrado. Con todos ellos combatiendo juntos, los muertos vivientes apenas tuvieron oportunidad. En pocos instantes el último cadáver cayó junto a la ribera.
Cuando terminó la batalla, el humano guardó lentamente su arco y se presentó como Artus Cimber. Era un hombre de aspecto experimentado, vestido para soportar largas jornadas de exploración y con la mirada de quien llevaba demasiado tiempo recorriendo lugares peligrosos. Su compañero era Dragonbait, un saurial: una criatura reptiliana procedente de un pueblo extraño para la mayoría de los habitantes de Faerûn. Aunque su apariencia podía recordar a un dinosaurio humanoide, su comportamiento resultaba sorprendentemente sereno. No hablaba como ellos; se comunicaba principalmente mediante gestos, expresiones y una peculiar sucesión de aromas que parecían cambiar según su estado de ánimo. Había algo casi desconcertante en encontrarse frente a un guerrero capaz de combatir con semejante ferocidad y que, pocos segundos después, podía expresar agradecimiento con una sonrisa tranquila.
"Mi compañero dice gracias" explicó Artus.
Khol olfateó discretamente el aire. "¿Dijo eso con la cara o con el olor?"
Artus sonrió. "Con ambos. Con el tiempo aprendes."
Los dos viajeros los invitaron a compartir su comida y descansar junto al campamento. Después de varios días alimentándose con frutos, raciones escasas e insectos, aquella invitación bastó para conquistar al grupo. Poco a poco las armas fueron guardadas y la desconfianza inicial comenzó a desaparecer.
La conversación cambió cuando explicaron por qué recorrían Chult. Hablaron de la Maldición de la Muerte, de las pistas encontradas en La Diosa Estelar y de cómo todas parecían conducir hacia la ciudad perdida de Omu. Artus permaneció pensativo al escuchar aquel nombre. Entonces les habló de un lugar que podía ayudarlos: Kir Sabal.
Según explicó, Kir Sabal era un antiguo santuario construido sobre elevados acantilados y habitado por los aarakocra, hombres y mujeres pájaro que habían establecido allí una comunidad apartada de gran parte de los peligros terrestres de la jungla. Pero lo verdaderamente importante no eran únicamente sus habitantes. Bajo la protección de los aarakocra vivían dos jóvenes humanos: Mwaxanaré y su hermano menor Na, descendientes de la antigua familia real de Omu. Si alguien podía conservar historias, tradiciones o conocimientos capaces de conducirlos hasta la ciudad perdida, aquellos herederos y sus protectores eran una de las mejores posibilidades que encontrarían en Chult.
"No está cerca" advirtió Artus mientras señalaba una ruta aproximada. "Pero si realmente buscan Omu, yo empezaría por Kir Sabal."
Por primera vez desde que habían abandonado el Corazón de Ubtao, tenían nuevamente un destino que no provenía de una bruja manipuladora ni de una maga que controlaba voluntades.
Después, Artus explicó su propia misión. Él tampoco vagaba sin rumbo por la jungla. Buscaba Orolunga, unas antiguas ruinas donde esperaba encontrar a Saja N'baza, una poderosa y antiquísima oráculo que quizá poseía respuestas sobre un lugar todavía más legendario: Mezro.
El nombre hizo reaccionar inmediatamente al grupo.
Torik recordó los documentos encontrados en La Diosa Estelar. "Mezro... Ras Nsi era uno de sus protectores."
Artus lo miró sorprendido. "Han estado leyendo historias bastante antiguas."
Entonces les habló de Mezro. Les contó sobre la legendaria ciudad chultana asociada a Ubtao, sobre sus poderosos protectores conocidos como los barae y sobre cómo Ras Nsi había formado parte alguna vez de ellos antes de convertirse en una figura temida de la historia de Chult. Pero para Artus, Mezro no era únicamente una leyenda. Allí había conocido a Alisanda, una de sus barae y la mujer a quien amaba. La ciudad había desaparecido y desde entonces él buscaba una forma de encontrarla nuevamente. Creía que la sabia Saja N'baza, en Orolunga, podía conocer la verdad sobre el destino de Mezro y ayudarlo a reencontrarse con ella.
Mientras hablaba, Azaka permaneció extrañamente silenciosa.
No dijo nada.
Pero Ozul alcanzó a notar que la guía había apartado la mirada al escuchar el nombre de Orolunga.
La conversación continuó y finalmente Artus decidió revelar por qué su viaje era especialmente peligroso. Miró alrededor del campamento para asegurarse de que nadie más estuviera cerca y entonces mostró al grupo un anillo.
El Anillo del Invierno.
Incluso sin comprender completamente su naturaleza, todos pudieron percibir que no se trataba de una joya ordinaria. Artus explicó que era un artefacto extraordinariamente poderoso y peligroso, capaz de ejercer un enorme poder relacionado con el frío y el invierno. Precisamente por ello llevaba años siendo perseguido. Un grupo de Gigantes de la Escarcha había llegado a Chult buscándolo y no eran los únicos. Los Magos Rojos de Thay, los Zhentarim y otras organizaciones deseaban apoderarse del anillo por diferentes razones.
"Mientras lo lleve conmigo, seguirán viniendo" explicó Artus. "Pero algunas cosas son demasiado peligrosas para entregarlas simplemente porque alguien amenaza con quitártelas."
Umi observó el anillo. "Entonces vas a protegerlo."
"Con mi vida."
No había vacilación en su respuesta.
Después de todo cuanto habían vivido con Nanny Pu'pu y Valindra, confiar en un desconocido parecía casi una estupidez. Sin embargo, algo era diferente con aquellos dos viajeros. Artus hablaba con la serenidad de alguien que no intentaba convencerlos de nada y Dragonbait permanecía a su lado sin esconder la clase de persona que era. Cuando Badriel descubrió que el saurial compartía una profunda devoción por Tyr, la distancia entre ambos disminuyó todavía más. El paladín observó el símbolo del dios de la justicia y luego al extraño guerrero reptiliano. "Entonces servimos al mismo juez." Dragonbait respondió con una inclinación solemne de cabeza y extendió el antebrazo. Badriel lo tomó con firmeza.
Khol contempló la escena y murmuró: "Perfecto. Ahora tenemos dos paladines."
"Eso significa que alguien podrá vigilarte cuando yo esté durmiendo" respondió Badriel.
"Retiro lo dicho. No confío en él."
Las risas que siguieron fueron pequeñas, pero auténticas. Hacía demasiado tiempo que el grupo no podía sentarse junto a una fogata sin estar huyendo de algo. Decidieron permanecer allí durante el resto del día. Compartieron comida, rutas, historias y todo cuanto habían aprendido sobre Chult. Artus señaló nuevamente el camino aproximado hacia Kir Sabal, mientras los aventureros le contaron sobre los movimientos de los Yuan-ti, los ejércitos de muertos y los Magos Rojos de Thay. Cada historia parecía conectarse con otra, como si lentamente comenzaran a descubrir que los acontecimientos que habían presenciado desde su llegada a la península formaban parte de algo mucho mayor.
La noche del 26 de Elesias terminó encontrándolos alrededor de la fogata. El pequeño río reflejaba la luz de las llamas y, por primera vez en varios días, Azaka estaba despierta junto a ellos. Ozul escuchaba con atención las historias de Artus, Torik intentaba ordenar mentalmente todo cuanto habían descubierto sobre Mezro, Umi contemplaba el fuego mientras pensaba en el camino que todavía les quedaba por recorrer y Khol permanecía cerca de Dragonbait, intentando determinar qué significaban los diferentes aromas con los que el saurial acompañaba sus gestos. Badriel, por su parte, parecía haber encontrado finalmente a alguien en aquella jungla cuya palabra no necesitaba cuestionar a cada instante.
Habían comenzado aquel día rodeados por enemigos, traiciones y secretos. Ahora terminaban sentados junto a dos desconocidos que, por alguna razón difícil de explicar, no parecían desconocidos en absoluto.
Y entre todas las historias compartidas alrededor del fuego había quedado una dirección especialmente clara.
Kir Sabal.
Allí, entre los acantilados de Chult, los últimos herederos de Omu podían estar esperando.
Y quizá con ellos se encontrara la siguiente pieza del camino hacia la ciudad perdida.