Sombras que Regresan
El 11 de Flamerule, un nuevo grupo de aventureros llegó al pueblo de Phandalin. Muchos de ellos viajaban en dirección a Neverwinter, atraídos por rumores cada vez más inquietantes que se extendían por toda Faerûn: personas que alguna vez habían regresado de la muerte comenzaban a marchitarse sin explicación, mientras que los conjuros capaces de devolver la vida habían dejado de funcionar por completo.
La gente ya había comenzado a darle un nombre a aquel fenómeno:
la maldición de la muerte.
Nadie sabía cuál era su origen ni hasta dónde llegaban sus consecuencias. Lo único evidente era que algo había cambiado en el mundo.
Y mientras reinos, templos y aventureros comenzaban a buscar respuestas, en Phandalin surgía un problema mucho más cercano… y demasiado urgente como para ignorarlo.
Durante las últimas semanas, varias mujeres habían desaparecido sin dejar rastro. En tiempos normales, aquello ya habría sido motivo suficiente para actuar. Pero en un mundo donde la muerte comenzaba a convertirse en algo definitivo, cada desaparición adquiría un peso todavía mayor. Si las víctimas morían, ya no habría magia capaz de traerlas de regreso.
Daran Edermath y Sildar Hallwinter buscaban desesperadamente ayuda para encontrarlas antes de que fuera demasiado tarde.
Fue así como, en la taberna del Troll Bostezante, cuatro nuevos aventureros se reunieron. Algunos pretendían continuar hacia Neverwinter para investigar los rumores sobre la maldición de la muerte, pero las desapariciones de Phandalin cambiaron sus planes.
Antes de buscar respuestas sobre una amenaza que afectaba a todo Faerûn, había vidas que aún podían salvarse frente a ellos.
El grupo apenas se conocía, pero tras una serie de investigaciones logró descubrir un patrón inquietante: todas las desapariciones tenían un punto en común… las montañas cercanas a Phandalin.
Al día siguiente, el 12 de Flamerule, los aventureros siguieron los rastros hasta unas minas abandonadas. Lo que encontraron allí… fue una pesadilla.
Orcos y goblins mantenían cautivas a las mujeres y niñas desaparecidas. Algunas aún vivían. Otras ya no. El lugar estaba marcado por el sufrimiento, los abusos y una crueldad difícil de describir. Y bajo la sombra de la maldición de la muerte, la tragedia resultaba todavía más cruel. Aquellas que habían muerto estaban perdidas para siempre.
El grupo no dudó. Se desató un combate brutal en las profundidades de la mina. Entre acero, magia y determinación, los aventureros lograron derrotar a los captores y liberar a las sobrevivientes. Pero la victoria fue amarga. No todas pudieron ser salvadas. Y esta vez, no existía ningún milagro capaz de cambiarlo.
Entre los restos del lugar, el grupo encontró documentos que revelaban una verdad aún más inquietante: La Marca Roja había regresado. Un orco llamado Korg había reconstruido la organización y establecido su base en las ruinas de un castillo al noreste de Phandalin. Desde allí, sus hombres organizaban sus crímenes y trasladaban a sus víctimas.
El mal no había desaparecido. Solo había cambiado de rostro. Mientras la maldición de la muerte se extendía por Faerûn y obligaba al mundo entero a enfrentarse a una realidad aterradora —que la muerte podía haberse vuelto definitiva—, en Phandalin una amenaza conocida volvía a levantarse entre las sombras. Y para aquellos cuatro aventureros, ambas verdades comenzaron a entrelazarse.
En un mundo donde ya nadie podía confiar en una segunda oportunidad, cada vida salvada importaba más que nunca.
Ahora tenían una nueva misión: detener a Korg, destruir nuevamente a La Marca Roja y descubrir hasta dónde llegaba la oscuridad que comenzaba a envolver Faerûn.
Pero una pregunta seguía flotando en el aire… ¿Eran aquellos sucesos amenazas separadas? ¿O formaban parte de algo mucho más grande?
La gente ya había comenzado a darle un nombre a aquel fenómeno:
la maldición de la muerte.
Con la maldición de la muerte, todas las personas que alguna vez habían sido revividas comenzaron a marchitarse rápidamente, acercándose poco a poco a una nueva muerte. Al mismo tiempo, todos los conjuros capaces de devolver la vida dejaron de funcionar en Toril.
Nadie sabía cuál era su origen ni hasta dónde llegaban sus consecuencias. Lo único evidente era que algo había cambiado en el mundo.
Y mientras reinos, templos y aventureros comenzaban a buscar respuestas, en Phandalin surgía un problema mucho más cercano… y demasiado urgente como para ignorarlo.
Durante las últimas semanas, varias mujeres habían desaparecido sin dejar rastro. En tiempos normales, aquello ya habría sido motivo suficiente para actuar. Pero en un mundo donde la muerte comenzaba a convertirse en algo definitivo, cada desaparición adquiría un peso todavía mayor. Si las víctimas morían, ya no habría magia capaz de traerlas de regreso.
Daran Edermath y Sildar Hallwinter buscaban desesperadamente ayuda para encontrarlas antes de que fuera demasiado tarde.
Fue así como, en la taberna del Troll Bostezante, cuatro nuevos aventureros se reunieron. Algunos pretendían continuar hacia Neverwinter para investigar los rumores sobre la maldición de la muerte, pero las desapariciones de Phandalin cambiaron sus planes.
Antes de buscar respuestas sobre una amenaza que afectaba a todo Faerûn, había vidas que aún podían salvarse frente a ellos.
Entre ellos se encontraba Torik, un enano clérigo de Chauntea que buscaba a sus hijos perdidos; Khol, un tiefling pícaro que luchaba por sobrevivir en un mundo que lo rechazaba; Badriel, un semielfo paladín de Tyr que dedicaba su vida a ayudar a los demás; y Melshif, un elfo bardo impulsado por el deseo de venganza contra su némesis.
El grupo apenas se conocía, pero tras una serie de investigaciones logró descubrir un patrón inquietante: todas las desapariciones tenían un punto en común… las montañas cercanas a Phandalin.
Al día siguiente, el 12 de Flamerule, los aventureros siguieron los rastros hasta unas minas abandonadas. Lo que encontraron allí… fue una pesadilla.
Orcos y goblins mantenían cautivas a las mujeres y niñas desaparecidas. Algunas aún vivían. Otras ya no. El lugar estaba marcado por el sufrimiento, los abusos y una crueldad difícil de describir. Y bajo la sombra de la maldición de la muerte, la tragedia resultaba todavía más cruel. Aquellas que habían muerto estaban perdidas para siempre.
El grupo no dudó. Se desató un combate brutal en las profundidades de la mina. Entre acero, magia y determinación, los aventureros lograron derrotar a los captores y liberar a las sobrevivientes. Pero la victoria fue amarga. No todas pudieron ser salvadas. Y esta vez, no existía ningún milagro capaz de cambiarlo.
Entre los restos del lugar, el grupo encontró documentos que revelaban una verdad aún más inquietante: La Marca Roja había regresado. Un orco llamado Korg había reconstruido la organización y establecido su base en las ruinas de un castillo al noreste de Phandalin. Desde allí, sus hombres organizaban sus crímenes y trasladaban a sus víctimas.
Korg era hermano de Karg, el orco bárbaro derrotado meses atrás por el grupo de Umi, Bri, Hans y BerringoStar. Quizás movido por la venganza, o simplemente por su propia naturaleza, los actos de Korg eran especialmente violentos y sanguinarios.
El mal no había desaparecido. Solo había cambiado de rostro. Mientras la maldición de la muerte se extendía por Faerûn y obligaba al mundo entero a enfrentarse a una realidad aterradora —que la muerte podía haberse vuelto definitiva—, en Phandalin una amenaza conocida volvía a levantarse entre las sombras. Y para aquellos cuatro aventureros, ambas verdades comenzaron a entrelazarse.
En un mundo donde ya nadie podía confiar en una segunda oportunidad, cada vida salvada importaba más que nunca.
Ahora tenían una nueva misión: detener a Korg, destruir nuevamente a La Marca Roja y descubrir hasta dónde llegaba la oscuridad que comenzaba a envolver Faerûn.
Pero una pregunta seguía flotando en el aire… ¿Eran aquellos sucesos amenazas separadas? ¿O formaban parte de algo mucho más grande?