El camino de regreso desde Cragmaw no ofreció descanso ni consuelo. Exhaustos, heridos y cargando el peso de una victoria amarga, el grupo avanzaba con lo último de sus fuerzas cuando fueron interceptados por un grupo de goblins ladrones. Las criaturas emergieron de entre la maleza, armas en mano y miradas codiciosas, listas para aprovecharse de unos aventureros que apenas podían mantenerse en pie. El combate parecía inevitable… y fatal. Pero entonces Melshif dio un paso al frente. Con palabras suaves, una sonrisa calculada y un dejo de magia en su voz, el bardo tejió una ilusión de conveniencia y peligro. Les habló de oro fácil, de vidas perdonadas y de decisiones inteligentes. Y funcionó. Tras unas monedas y una promesa implícita de evitar un destino peor, los goblins se retiraron, perdiéndose en el horizonte. No era una victoria gloriosa… pero era vida.
El 17 de Flamerule, el grupo finalmente regresó a Phandalin. Esta vez no como simples aventureros, sino como héroes. El pueblo los recibió con emoción, y entre la multitud se encontraba Hans compañero de aventuras de Umi, quien había organizado el recibimiento con el mismo cuidado que ponía en cada detalle de su vida. Esa noche, tras atender sus heridas, todos se reunieron en la plaza central. Hubo celebración… pero también duelo. Las familias de las mujeres y niñas desaparecidas encendieron velas, lloraron sus pérdidas y, aunque el dolor era inmenso, encontraron algo de paz en la certeza. Era mejor saber la verdad que vivir en la duda eterna. Entre música, lágrimas y recuerdos, el grupo comprendió que su lucha había tenido un costo… y un propósito.
En los días siguientes, una inquietud comenzó a crecer entre ellos. Todos compartían el mismo sueño: una máscara dorada, silenciosa, observante… inevitable. A esto se sumaban las palabras de Daran Edermath, quien les habló de una noble en Neverwinter que buscaba aventureros para investigar la creciente amenaza conocida como la maldición de la muerte. No era coincidencia. No podía serlo.
El 19 de Flamerule, el grupo conformado por Badriel, Torik, Melshif, Khol y Umi partió rumbo a Neverwinter. Tras cuatro días de viaje, el 23 de Flamerule, la ciudad se alzó ante ellos como un faro de civilización y poder. Neverwinter no era solo grande… era majestuosa. Sus murallas blancas reflejaban la luz del sol como si estuvieran vivas, sus calles estaban llenas de comerciantes, nobles y aventureros de todos los rincones de Faerûn. Fuentes ornamentadas, jardines cuidados y torres que rozaban el cielo daban la sensación de estar en el corazón mismo del mundo. Pero bajo esa belleza… algo no encajaba. Había tensión en el aire. Rumores. Miedo contenido.
En la taberna del Trasgo Sonriente, el grupo conoció a Syndra Silvane. A primera vista, parecía una mujer mayor: cabello canoso perfectamente cuidado, vestiduras elegantes, impregnadas de un perfume fino y penetrante. Pero sus ojos… sus ojos no correspondían a su apariencia. Había en ellos una juventud antigua, una energía que no se extinguía. Y aun así, su cuerpo la traicionaba. Un aroma a putrefacción se colaba y se entre mezclaba con los perfumes, Su piel, pálida. Sus movimientos, levemente fatigados. Algo la estaba consumiendo.
Syndra los observó en silencio por un momento antes de hablar, como si midiera sus almas. Y entonces, comenzó su relato.
"Yo morí una vez…" dijo con voz calma, pero cargada de peso. "Hace muchos años, en mis días como aventurera. Y fui traída de vuelta. Como muchos otros." Sus manos temblaron apenas, lo suficiente para notarlo. "Pero algo ha cambiado. Una maldición… se ha extendido por todo Toril. Aquellos que alguna vez desafiamos a la muerte… ahora estamos siendo reclamados por ella. Lentamente. Sin posibilidad de escape." Su mirada se endureció. "Nos marchitamos. Nos debilitamos. Y eventualmente… morimos. Y esta vez… no hay regreso. Ningún conjuro funciona. Ninguna plegaria es escuchada."
El silencio que siguió fue pesado.
Era real.
Era inevitable.
Y estaba avanzando.
Syndra ofreció entonces una misión. Investigar el origen de esta maldición. Detenerla, si era posible. A cambio, prometió riquezas, artefactos y reconocimiento. Pero más allá de eso… ofrecía propósito. El grupo aceptó.
Les explicó que en tres días, desde el castillo de Neverwinter, los teletransportaría a Chult, una isla al sur de Faerûn, donde los sabios situaban el origen de la maldición. Hasta entonces, tendrían tiempo para prepararse.
Durante esos días, cada uno siguió su propio camino dentro de la ciudad. Badriel buscó guía en su fe, acercándose a Tyr en templos y oraciones. Melshif recorrió tabernas y bibliotecas, recolectando historias y pistas sobre su enemigo. Torik indagó incansablemente sobre el paradero de sus hijos, aferrándose a cualquier rumor. Mientras tanto, Khol y Umi encontraron una herrería especial, atendida por el enano Tarabor, un maestro de la magia rúnica.
Fue él quien identificó el verdadero valor de unas piedras encontradas en Cragmaw. No eran simples reliquias… eran catalizadores de poder.
Tras una decisión conjunta, el grupo decidió utilizarlas.
Espadón Imu, que con la frase Harder se enciende en llamas durante 1 minuto agregando 1d4 de daño de fuego.
Estoque Silencio, que con la frase congelar se envuelve en un frío mágico durante 1 minuto agregando 1d4 de daño de frío
Así, el espadón de Umi, ahora conocido como Imu, podía arder en llamas al pronunciar su palabra clave. Y el estoque de Khol, Silencio, respondía al llamado del frío, envolviéndose en una energía helada capaz de atravesar carne y alma.
El grupo se preparaba.
No solo para una misión.
Sino para enfrentar algo que ningún héroe había logrado detener.
La muerte misma.
El 17 de Flamerule, el grupo finalmente regresó a Phandalin. Esta vez no como simples aventureros, sino como héroes. El pueblo los recibió con emoción, y entre la multitud se encontraba Hans compañero de aventuras de Umi, quien había organizado el recibimiento con el mismo cuidado que ponía en cada detalle de su vida. Esa noche, tras atender sus heridas, todos se reunieron en la plaza central. Hubo celebración… pero también duelo. Las familias de las mujeres y niñas desaparecidas encendieron velas, lloraron sus pérdidas y, aunque el dolor era inmenso, encontraron algo de paz en la certeza. Era mejor saber la verdad que vivir en la duda eterna. Entre música, lágrimas y recuerdos, el grupo comprendió que su lucha había tenido un costo… y un propósito.
En los días siguientes, una inquietud comenzó a crecer entre ellos. Todos compartían el mismo sueño: una máscara dorada, silenciosa, observante… inevitable. A esto se sumaban las palabras de Daran Edermath, quien les habló de una noble en Neverwinter que buscaba aventureros para investigar la creciente amenaza conocida como la maldición de la muerte. No era coincidencia. No podía serlo.
El 19 de Flamerule, el grupo conformado por Badriel, Torik, Melshif, Khol y Umi partió rumbo a Neverwinter. Tras cuatro días de viaje, el 23 de Flamerule, la ciudad se alzó ante ellos como un faro de civilización y poder. Neverwinter no era solo grande… era majestuosa. Sus murallas blancas reflejaban la luz del sol como si estuvieran vivas, sus calles estaban llenas de comerciantes, nobles y aventureros de todos los rincones de Faerûn. Fuentes ornamentadas, jardines cuidados y torres que rozaban el cielo daban la sensación de estar en el corazón mismo del mundo. Pero bajo esa belleza… algo no encajaba. Había tensión en el aire. Rumores. Miedo contenido.
En la taberna del Trasgo Sonriente, el grupo conoció a Syndra Silvane. A primera vista, parecía una mujer mayor: cabello canoso perfectamente cuidado, vestiduras elegantes, impregnadas de un perfume fino y penetrante. Pero sus ojos… sus ojos no correspondían a su apariencia. Había en ellos una juventud antigua, una energía que no se extinguía. Y aun así, su cuerpo la traicionaba. Un aroma a putrefacción se colaba y se entre mezclaba con los perfumes, Su piel, pálida. Sus movimientos, levemente fatigados. Algo la estaba consumiendo.
Syndra los observó en silencio por un momento antes de hablar, como si midiera sus almas. Y entonces, comenzó su relato.
"Yo morí una vez…" dijo con voz calma, pero cargada de peso. "Hace muchos años, en mis días como aventurera. Y fui traída de vuelta. Como muchos otros." Sus manos temblaron apenas, lo suficiente para notarlo. "Pero algo ha cambiado. Una maldición… se ha extendido por todo Toril. Aquellos que alguna vez desafiamos a la muerte… ahora estamos siendo reclamados por ella. Lentamente. Sin posibilidad de escape." Su mirada se endureció. "Nos marchitamos. Nos debilitamos. Y eventualmente… morimos. Y esta vez… no hay regreso. Ningún conjuro funciona. Ninguna plegaria es escuchada."
El silencio que siguió fue pesado.
Era real.
Era inevitable.
Y estaba avanzando.
Syndra ofreció entonces una misión. Investigar el origen de esta maldición. Detenerla, si era posible. A cambio, prometió riquezas, artefactos y reconocimiento. Pero más allá de eso… ofrecía propósito. El grupo aceptó.
Les explicó que en tres días, desde el castillo de Neverwinter, los teletransportaría a Chult, una isla al sur de Faerûn, donde los sabios situaban el origen de la maldición. Hasta entonces, tendrían tiempo para prepararse.
Durante esos días, cada uno siguió su propio camino dentro de la ciudad. Badriel buscó guía en su fe, acercándose a Tyr en templos y oraciones. Melshif recorrió tabernas y bibliotecas, recolectando historias y pistas sobre su enemigo. Torik indagó incansablemente sobre el paradero de sus hijos, aferrándose a cualquier rumor. Mientras tanto, Khol y Umi encontraron una herrería especial, atendida por el enano Tarabor, un maestro de la magia rúnica.
Fue él quien identificó el verdadero valor de unas piedras encontradas en Cragmaw. No eran simples reliquias… eran catalizadores de poder.
Tras una decisión conjunta, el grupo decidió utilizarlas.
Estoque Silencio, que con la frase congelar se envuelve en un frío mágico durante 1 minuto agregando 1d4 de daño de frío
Así, el espadón de Umi, ahora conocido como Imu, podía arder en llamas al pronunciar su palabra clave. Y el estoque de Khol, Silencio, respondía al llamado del frío, envolviéndose en una energía helada capaz de atravesar carne y alma.
El grupo se preparaba.
No solo para una misión.
Sino para enfrentar algo que ningún héroe había logrado detener.
La muerte misma.