La Tumba de la Aniquilación

La Tumba de la Aniquilación

Master: Pavel Morales

La Tumba de la Aniquilación
Índice
Índice del libro

Tabla de contenidos

Accede al diario colaborativo de la campaña o selecciona una sesión para abrir directamente ese capítulo.

Diario de campaña Pizarra de La Tumba de la Aniquilación Personajes, PNJ, artefactos, notas y conexiones de la campaña
Sesiones de la campaña
domingo 24 de septiembre del 2023

Puerto Nyanzaru

El 26 de Flamerule, el grupo se reunió en el castillo de Neverwinter. En un salón cercano a los dormitorios los esperaba Syndra Silvane, pero esta vez su presencia era distinta. Vestía ropajes púrpuras, una armadura cubría su torso y una máscara ocultaba casi todo su rostro, dejando ver únicamente sus ojos. Ya no había intento de disimulo… solo de ocultar lo inevitable. Bajo los perfumes elegantes se percibía algo más oscuro, más real: el tenue olor de una vida que se marchitaba lentamente bajo el peso de la maldición de la muerte. En la sala también se encontraba Lord Dagult Neverember, gobernante de Neverwinter, antiguo aventurero y figura clave en la política de la Costa de la Espada. Su porte imponía respeto; su mirada, cálculo. Un hombre que había caído del poder en Aguas Profundas, pero que ahora luchaba por consolidar su dominio, apoyando cualquier intento de devolver estabilidad a la región.

Sin rodeos, Syndra explicó que el tiempo se agotaba. A pesar de su estado, había preparado un poderoso conjuro de teletransportación. Se situó en el centro del salón, apoyándose apenas en su bastón, y comenzó a recitar palabras arcanas antiguas. La energía empezó a concentrarse a su alrededor, el aire vibró, la luz se distorsionó… runas brillantes se dibujaron en el suelo y ascendieron como fuego etéreo envolviendo al grupo. El espacio mismo pareció quebrarse, como si la realidad fuese una tela siendo rasgada. Y en un instante, todo desapareció.

Cuando la luz se disipó… estaban en otro mundo.

El calor húmedo golpeó sus rostros, el aire era espeso y cargado de vida. Ante ellos se extendía Puerto Nyanzaru, una ciudad vibrante, caótica y desbordante de color. Sus edificios de piedra y madera estaban pintados con tonos intensos, telas exóticas colgaban entre las calles, y el bullicio era constante. Mercaderes gritaban ofertas, músicos llenaban el aire de ritmos desconocidos y, entre todo eso, enormes dinosaurios caminaban tranquilamente entre la gente, algunos cargando mercancía, otros preparados para carreras. Era un lugar salvaje… pero lleno de vida.
Imagen del resumen

Allí, Syndra los presentó con Wakanga O’tamu, uno de los Príncipes Mercantes que gobernaban la ciudad. En Puerto Nyanzaru, el poder no recaía en un solo líder, sino en un consejo de estos príncipes, cada uno dominando un área distinta del comercio y la influencia. Wakanga, erudito y calmado, los recibió con interés genuino. Para él, la maldición no solo era una amenaza… sino una oportunidad de marcar un antes y un después en la historia de Chult. Les explicó que, gracias a poderosos rituales de adivinación, se había determinado que el origen de la maldición se encontraba en lo profundo de la jungla, en el corazón mismo de la península. No eran los únicos en saberlo. Aventureros, facciones y organizaciones enteras estaban llegando a la isla en busca de respuestas… y poder.

Wakanga fue claro: sin un guía, la jungla, el clima o las hordas de muertos vivientes que habían aparecido en la isla, devoraría al grupo antes de que encontraran algo, debían prepararse. Les recomendó buscar uno en la ciudad y les advirtió sobre las fuerzas que ya estaban operando en la región, como los Magos Rojos o los Zhentarim, organizaciones que movían sus propios intereses en las sombras. También les indicó que debían viajar a Puerto Beluarian para tratar con Liara Portyr, líder del Puño Ardiente, una fuerza militar mercenaria que controlaba el acceso legal a la jungla. Sin su autorización, cualquier expedición sería considerada ilegal… y peligrosa. El Puño Ardiente no era conocido por su compasión, sino por su disciplina y poder militar, y Liara era una comandante firme, respetada y temida.

Pero Puerto Nyanzaru no era solo peligro y política. También ofrecía distracciones: el coliseo donde guerreros luchaban por gloria y recompensas, y las famosas carreras de dinosaurios que recorrían las calles levantando vítores y apuestas. Sin embargo, Wakanga advirtió sobre otros príncipes como Jobal, cuyos intereses podían ser más turbios de lo que aparentaban.

Con la información en mente, el grupo decidió buscar alojamiento y comenzó a recorrer la ciudad hasta llegar a la taberna La Casa de Reposo de Kaya. El lugar ofrecía un respiro entre el caos exterior: comida caliente, voces tranquilas, una falsa sensación de seguridad. Por un momento, todo pareció calmarse.

Hasta que el llanto rompió el ambiente.

Una mujer, desesperada, suplicaba ayuda. Su hija había desaparecido en la jungla, siguiendo a unos dinosaurios bebés. Su voz estaba quebrada, sus manos temblaban… pero nadie se levantó. Nadie quiso involucrarse.

Excepto uno.

Badriel no dudó. No preguntó por recompensas, ni por riesgos. Simplemente se levantó y decidió actuar. Para él, no había elección. Solo deber.
Y como siempre…
los demás no tuvieron opción más que seguirlo.

Cansados y con ganas de descanso, el grupo abandonó la seguridad del puerto para internarse en la jungla de Chult. Porque cuando un paladín decide hacer lo correcto… detenerlo no es una opción.

Y esta vez, lo único que importaba…
era encontrar a la niña.
domingo 22 de octubre del 2023

La Sombra de la Jungla

En la madrugada del 27 de Flamerule, el grupo dejó atrás las luces de Puerto Nyanzaru para adentrarse en la jungla de Chult, siguiendo el rastro de una niña perdida. La transición fue inmediata y brutal. La ciudad vibrante, llena de colores, música y dinosaurios domesticados, quedó atrás como un recuerdo lejano. Frente a ellos, solo había oscuridad, humedad y una naturaleza que no perdonaba errores. El aire era espeso, difícil de respirar; cada paso se sentía pesado, y cada sonido… sospechoso. La jungla no dormía.

Avanzaban con cautela, pero rápidamente comprendieron que el peligro no venía solo de una dirección. Criaturas prehistóricas se movían entre la vegetación, plantas que parecían tener vida propia reaccionaban a su presencia, y enjambres de insectos zumbaban como si custodiaran el territorio. En un momento, el suelo vibró bajo sus pies. Algo enorme se desplazaba cerca, rompiendo ramas y desplazando árboles con una fuerza imposible. El grupo contuvo la respiración. Gracias al sigilo de Khol y al soporte mágico de Torik y Melshif, lograron ocultar su presencia, permaneciendo inmóviles mientras la criatura pasaba… sin llegar a verlos. Fue un recordatorio claro: en Chult, no todo debía enfrentarse.

Pero no todos los peligros podían evitarse.
Desde hacía meses, la jungla había cambiado. La aparición de la maldición de la muerte no solo afectaba a los vivos… también había despertado a los muertos. Zonas enteras estaban infestadas de esqueletos y zombis, criaturas que no vagaban sin rumbo, sino que parecían moverse con un propósito inquietante. Sin un guía, el grupo se adentraba en territorio donde pocos sobrevivían.

Y entonces ocurrió. La horda emergió entre los árboles.
Primero fueron sombras… luego formas… y finalmente, cuerpos en descomposición avanzando sin descanso. Esqueletos armados con armas oxidadas, zombis que arrastraban sus extremidades con una persistencia antinatural. No eran lentos. No eran torpes.

Eran coordinados. El combate fue inmediato.
Badriel se adelantó, levantando su arma con decisión, interponiéndose entre la horda y sus compañeros. Cada golpe suyo era un acto de fe, una declaración de que no retrocedería. Khol se deslizaba entre los enemigos, atacando puntos débiles, desarmando esqueletos y desapareciendo antes de ser alcanzado. Melshif, con su música, sostenía el ánimo del grupo, su voz elevándose por sobre los gruñidos de los muertos, manteniendo viva la chispa de la esperanza.

Pero fue Torik quien cambió el curso del combate. El enano alzó su símbolo sagrado, invocando el poder de Chauntea. Su voz resonó con fuerza, firme, inquebrantable. Una luz cálida emergió de él, expandiéndose como una ola que golpeó a los muertos vivientes. Muchos retrocedieron, otros simplemente se desmoronaron ante la energía divina. No era solo magia… era rechazo. Era la vida misma imponiéndose sobre la muerte.

Aun así, no fue fácil. La horda seguía avanzando.
Cada enemigo que caía parecía abrir paso a otro. El cansancio se acumulaba, los golpes comenzaban a pesar, y por un momento… pareció que no lo lograrían.
Pero resistieron.

Porque no estaban luchando por gloria.

Estaban luchando por alguien.
Y finalmente, tras un último esfuerzo, el silencio regresó a la jungla.
Habían sobrevivido.
Y no mucho después… la encontraron.
La niña, asustada pero con vida, se encontraba oculta entre la vegetación, aferrándose a lo poco que le quedaba de valentía. Habían pasado un día completo buscándola. Un día entero enfrentando lo peor que Chult tenía para ofrecer.

Al anochecer, el grupo emprendió el regreso.
Cuando finalmente cruzaron nuevamente las puertas de Puerto Nyanzaru, el contraste fue abrumador. Las antorchas iluminaban las calles, los colores regresaban, los dinosaurios transitaban entre la gente como si nada de lo ocurrido existiera. La vida seguía… ajena al peligro que se escondía más allá de sus muros.

La madre de la niña los recibió entre lágrimas, agradecida, pero sin nada que ofrecer más que su gratitud. Era una mujer humilde. No había oro, ni recompensas, ni promesas.

Pero para Badriel… eso nunca fue necesario.
Aquella noche, mientras la ciudad celebraba su rutina habitual, el grupo comprendió una verdad ineludible: Chult no era un lugar para improvisar. La jungla no perdonaba errores.

Y si querían sobrevivir a lo que venía…
necesitaban prepararse.
Un guía ya no era una opción.
Era una necesidad.
domingo 21 de enero del 2024

Oro, Guías y Juramentos en la Jungla

La mañana del 28 de Flamerule comenzó con una energía distinta en Puerto Nyanzaru. Tras los horrores vividos en la jungla, el grupo decidió, por primera vez, disfrutar de la vida que ofrecía la ciudad. Entre risas, apuestas y discusiones, optaron por participar en una de las actividades más emblemáticas del puerto: las carreras de dinosaurios. Con cierta lógica —y algo de entusiasmo— eligieron a Torik como su jinete. Su complexión ligera y su afinidad con la naturaleza lo convertían en el candidato ideal.

La carrera fue un espectáculo digno de leyenda. Seis competidores se alinearon en la salida, montando bestias veloces, musculosas y difíciles de controlar. Entre ellos destacaba el favorito del público, el campeón patrocinado por el príncipe mercante Jobal, un jinete experimentado que parecía dominar a su montura como si fuera una extensión de su propio cuerpo. El inicio fue explosivo. Las criaturas avanzaron con fuerza, levantando polvo y gritos entre la multitud. Torik mantuvo la calma, guiando a su dinosaurio con firmeza mientras esquivaba obstáculos, giros cerrados y empujones de sus rivales. En medio del caos, Khol, oculto entre la multitud, utilizó discretamente pequeños trucos propios de su linaje tiefling para favorecer a su compañero: sombras que confundían a los rivales, ligeras distracciones, momentos de duda que inclinaban la balanza… todo sin ser detectado. Era ilegal, sí… pero mientras Badriel no lo supiera, el grupo no tendría que lidiar con otro conflicto moral.

La carrera alcanzó su clímax en los últimos tramos. Torik logró posicionarse entre los primeros, luchando rueda a rueda contra el campeón de Jobal. El público rugía. El desenlace fue ajustado… pero finalmente, el enano cruzó la meta en segundo lugar. No obtuvieron el gran premio principal, pero sí algo valioso: triplicaron el dinero apostado y reforzaron su confianza como grupo. Además, como reconocimiento por su desempeño, se les entregó un anillo de resistencia al fuego, el cual fue confiado a Umi, quien lo recibió con una mezcla de orgullo y responsabilidad.
Imagen del resumen

Sin embargo, mientras la celebración aún resonaba en las calles del puerto, algo cambió en silencio. Esa misma noche, Melshif encontró información que había buscado durante mucho tiempo… pistas sobre Artheponas, el responsable de la destrucción de su pueblo. No dijo nada. No compartió lo que había descubierto. Simplemente tomó una decisión. Antes del amanecer, sin despedidas ni explicaciones, el bardo abandonó el grupo, siguiendo su propio camino en busca de venganza.
El jugador Cristian que manejaba al personaje de Melshif deja la mesa de rol y con ello se retira a su personaje del grupo

Cuando el grupo lo notó, ya era tarde. Solo quedaron preguntas… y un silencio incómodo que nadie quiso romper. Mientras tanto, Umi y Badriel aprovecharon la jornada para investigar posibles guías para la jungla. Entre nombres, rumores y recomendaciones, uno destacó por sobre los demás: Azaka Stormfang. Esa misma tarde, se reunieron con ella en la taberna La Casa de Reposo de Kaya. Azaka_ era una mujer fuerte, de mirada intensa y movimientos seguros. Su presencia imponía respeto, y en su voz había la firmeza de alguien que conocía la jungla… y había sobrevivido a ella. Tras escucharlos, propuso un acuerdo inusual: renunciaría a cualquier pago si el grupo la ayudaba a recuperar un objeto importante de su familia. No dio muchos detalles, pero su tono dejó claro que no era una simple reliquia… era algo personal.
El grupo aceptó.
Imagen del resumen

Durante el resto del día, Azaka los guió en los preparativos. Les indicó qué provisiones comprar, qué equipo llevar y, más importante aún, qué evitar. Hablaba de la jungla como si fuera un ser vivo, uno que observaba, reaccionaba y castigaba a los imprudentes. Con ella, el grupo no solo ganaba una guía… ganaba una ventaja.

Al día siguiente, partieron junto a Azaka rumbo a Fuerte Beluarian, con el objetivo de obtener permisos oficiales para explorar la jungla. El viaje tomó dos días, y durante ese tiempo quedó claro por qué la presencia de Azaka era vital. Evitó territorios de dinosaurios, desvió el camino antes de cruzarse con hordas de muertos vivientes y detectó peligros antes de que el grupo siquiera los notara. Donde antes había enfrentamientos inevitables… ahora había decisiones inteligentes. Movimiento en silencio. Supervivencia.

El 30 de Flamerule, finalmente llegaron al fuerte.
Fuerte Beluarian se alzaba imponente en la costa, una estructura robusta de madera reforzada y piedra, protegida por empalizadas, torres de vigilancia y soldados armados. No era solo un puesto militar… era un bastión. Administrado por el Puño Ardiente en nombre de Puerta de Baldur, el fuerte servía como centro de operaciones para expediciones en la jungla. Desde allí partían misiones para cazar muertos vivientes, explorar territorios desconocidos y asegurar rutas comerciales. La disciplina militar era evidente: soldados entrenando, órdenes firmes, vigilancia constante.
Fue allí donde conocieron a Liara Portyr.
Imagen del resumen

De presencia firme y mirada penetrante, Liara imponía autoridad sin necesidad de alzar la voz. Vestía una armadura completa que reflejaba tanto su rango como su experiencia. No era joven… pero tampoco lo necesitaba. Había algo en ella que inspiraba respeto inmediato. Cuando el grupo se presentó, no hubo rodeos. Les informó que varios de sus soldados habían desaparecido en la jungla durante una misión reciente. Su tono fue directo.

"Quieren moverse libremente por Chult… quieren riquezas, permisos y respaldo. Yo puedo dárselos. Pero primero… demuéstrenme que valen la pena."

La oferta era clara.
Rescatar a sus hombres a cambio de un permiso especial de libre tránsito y autorización para extraer riquezas de la jungla.

El grupo no dudó.
Aceptaron.
Porque en Chult, cada paso sin respaldo era una sentencia.
Y cada alianza… una oportunidad de sobrevivir.
domingo 28 de abril del 2024

La Cacería en la Jungla

Tras aceptar la misión de Liara Portyr, el grupo se preparó en Fuerte Beluarian. Armas afiladas, provisiones listas y la determinación firme, todo apuntaba a lo inevitable. Al amanecer del 1 de Elesias, partieron junto a Azaka Stormfang en busca de los soldados del Puño Ardiente desaparecidos. La jungla de Chult los recibió como siempre: imponente, viva… y peligrosa. No era solo un lugar, era una fuerza. Los árboles se alzaban como columnas infinitas cubiertas de lianas, la humedad se pegaba a la piel como una segunda capa, y cada sonido —cada crujido, cada rugido lejano— recordaba que no estaban solos. Criaturas enormes se movían entre la vegetación sin dejarse ver, insectos del tamaño de una mano zumbaban cerca de sus oídos, y plantas que parecían inofensivas escondían venenos capaces de derribar a un hombre en segundos. Pero bajo la guía experta de Azaka, el grupo avanzó con inteligencia, evitando rutas marcadas por territorios de depredadores y desviándose antes de cruzar zonas infestadas de muertos vivientes. Donde antes había caos… ahora había supervivencia.

Durante dos días siguieron rastros: huellas en el barro, restos de fogatas, marcas de combate. Las montañas cercanas comenzaron a aparecer entre la vegetación, y fue allí, cuando la luz comenzaba a caer, que el peligro se reveló. Un sonido grave, pesado… antinatural. El grupo se detuvo. Algo no estaba bien.

Entonces lo vieron.

Un tiranosaurio rex zombie.

Su enorme cuerpo en descomposición se movía con una fuerza grotesca, carne colgando, huesos expuestos, ojos vacíos que aún buscaban presas. A su alrededor, hordas de muertos vivientes rodeaban a un pequeño grupo de soldados acorralados, sin escapatoria. La noche comenzaba a caer, y con ella, la visión se volvía un enemigo más. Fue entonces cuando Torik actuó. Elevó su símbolo sagrado y canalizó un conjuro de luz, envolviendo una flecha de Badriel en un resplandor radiante. El disparo cruzó la oscuridad… y al impactar cerca de la criatura, iluminó la escena completa. El horror quedó al descubierto. Y la batalla comenzó.

El grupo se dividió sin dudar. Umi y Badriel cargaron directamente contra el coloso, buscando desviar su atención, enfrentándolo de frente como una muralla contra la muerte misma. El espadón Imu ardió en llamas al pronunciar su palabra clave, envolviendo cada golpe en fuego vivo que consumía la carne corrupta del dinosaurio. Cada impacto era brutal, cada corte arrancaba fragmentos de la criatura, pero aún así… seguía avanzando. Badriel, firme en su fe, resistía las embestidas, cubriendo a Umi mientras esta descargaba todo su poder.

Por otro lado, Torik y Khol avanzaban hacia los sobrevivientes. Khol, con el estoque Silencio, invocó el frío mágico que recorría la hoja, cada estocada congelando carne y ralentizando a los enemigos. Se movía entre las sombras con precisión letal, abriendo caminos donde no los había. Torik, por su parte, mantenía la línea con poder divino, sanando heridas, sosteniendo a los caídos y rechazando a los muertos con la fuerza de Chauntea. Su presencia fue clave. Sin él… nadie habría resistido.

El combate fue un caos controlado. Gritos, acero, fuego y muerte se entrelazaban en la oscuridad de la jungla. Los muertos no dejaban de avanzar. El dinosaurio rugía, arrasando todo a su paso. Y cuando parecía que incluso ese esfuerzo no sería suficiente…
una figura apareció entre la maleza. Azaka.

Con precisión perfecta, aprovechó el momento exacto en que la criatura fue debilitada por los ataques de Umi y Badriel. Su golpe fue certero. Final. Decisivo. El enorme cuerpo del tiranosaurio se desplomó con un estruendo que hizo temblar la tierra. Silencio. Habían ganado. No sin costo… pero habían ganado.

Entre los sobrevivientes se encontraban tres miembros del Puño Ardiente: el enano Dorn Martillo Gris y los humanos Sereth Valen y Mira Halwen. Heridos, agotados, pero vivos. Sus rostros reflejaban incredulidad… y profunda gratitud. Agradecieron al grupo con palabras sinceras, sabiendo que sin su intervención, habrían muerto esa noche.

Sin perder tiempo, emprendieron el regreso.
El viaje fue lento, marcado por el cansancio, pero ya sin la presión de lo desconocido. Finalmente, el 4 de Elesias, llegaron nuevamente a Fuerte Beluarian. Allí, Liara Portyr los recibió en persona. Observó al grupo… y a sus soldados rescatados.

No hizo falta decir mucho.

Habían cumplido.

Con un gesto firme, Liara les entregó un permiso especial: libre tránsito por la jungla y autorización total para conservar cualquier riqueza encontrada, sin pagar tributo al Puño Ardiente. Un privilegio que pocos obtenían.

Una señal clara.

El grupo ya no eran simples aventureros.
Eran una fuerza a considerar en Chult.
domingo 26 de mayo del 2024

Sangre en la Selva

Tras obtener el permiso del Puño Ardiente, arrancado de las garras de una muerte segura ante un tiranosaurio rex zombie, el grupo dejó atrás Fuerte Beluarian con un objetivo claro: encontrar el origen de la maldición de la muerte. Desde el 4 hasta el 8 de Elesias, se internaron en la jungla de Chult, un territorio que no solo desafiaba el cuerpo… sino también el espíritu. Las noches dejaron de ser descanso y se convirtieron en tormento. Una y otra vez, los sueños los arrastraban hacia la misma visión: una máscara dorada, antigua, implacable, suspendida en la oscuridad como un ojo que todo lo observa. La máscara no solo miraba… consumía. En sus visiones, absorbía la vida misma, devorando las almas de Toril como si fueran brasas en un fuego eterno. Algunos despertaban sudando, otros en silencio… pero todos sentían lo mismo: aquello era real… y los estaba llamando.

El viaje se volvió una prueba constante. El calor sofocante los envolvía durante el día, mientras lluvias repentinas convertían el suelo en un lodazal traicionero. Las raíces se enredaban en sus pasos, las hojas ocultaban peligros invisibles y el aire húmedo hacía que cada respiración pesara. No hubo combates, no porque la jungla fuera benévola… sino porque Azaka demostró por qué era indispensable. Evitó territorios marcados por hordas de muertos vivientes, desvió rutas antes de cruzarse con depredadores, leyó el entorno como si la jungla le susurrara sus secretos. Aun así, el desgaste era brutal. Las raciones escaseaban, obligándolos a medir cada bocado; la sed era constante, solo mitigada por los conjuros de Torik, quien invocaba agua con la bendición de Chauntea. Y lo peor… era la imposibilidad de descansar. La jungla no ofrecía refugio. No había descanso largo, no había tregua. Solo pausas breves, tensas, siempre alertas, esperando que la noche no trajera algo peor.

Fue al atardecer del 8 de Elesias cuando algo cambió. Azaka se detuvo, agachándose sobre el barro húmedo. Sus ojos se afilaron. No eran huellas de muertos vivientes… eran recientes, erráticas… humanoides. El grupo siguió el rastro en silencio, adentrándose entre árboles más densos, donde la luz apenas lograba filtrarse. Entonces lo escucharon: el choque de huesos, gruñidos… y respiración agitada.

Un semielfo estaba siendo acorralado.

Arco en mano, rodeado por muertos vivientes, luchaba con lo último de sus fuerzas. Sus flechas ya habían derribado a varios, pero la horda no dejaba de avanzar. El grupo no dudó. Badriel fue el primero en moverse, irrumpiendo como un muro de acero entre la muerte y el desconocido. Umi lo siguió, su espada Imu encendiéndose en llamas con la palabra Harder, iluminando la escena con fuego vivo. Khol desapareció entre las sombras, reapareciendo entre los enemigos con su estoque Silencio, cuya hoja helada cortaba y congelaba a cada enemigo que tocaba. Torik, firme, alzó su símbolo sagrado, invocando luz y vida contra la oscuridad que los rodeaba.

El semielfo, en un intento desesperado por aprovechar la apertura, tensó su arco… pero el destino le jugó una cruel pasada. Un fallo. La cuerda se tensó mal, el disparo se torció, y el arco… se quebró en sus manos. Por un instante, la desesperación cruzó su rostro. Fue entonces cuando Umi, sin dudar, lanzó su propio arco hacia él. “¡No te detengas!” gritó. El semielfo lo atrapó en el aire, giró sobre sí mismo y disparó con precisión renovada, abriendo espacio entre la horda.

El combate fue feroz. Sin cuartel. La jungla misma parecía contener la respiración mientras acero, fuego, hielo y fe chocaban contra la muerte encarnada. Y finalmente… el silencio regresó.

El semielfo cayó de rodillas, jadeando, aún con vida.

Su nombre era Ozul.

Un explorador. Un guardián de los bosques. Había llegado a Chult siguiendo rumores sobre la maldición de la muerte, confiando en que sus habilidades serían suficientes para sobrevivir. Pero la jungla no perdona la arrogancia… ni la soledad. Perdido, agotado y rodeado, habría muerto allí de no ser por el grupo.

Ahora… no estaba solo.

Se une Camila Cisterna con el personaje de Ozul, un semielfo explorador


El grupo no solo había sobrevivido a la jungla…

había encontrado un nuevo aliado.

Pero la máscara seguía llamando.

Y la selva… aún no había mostrado su verdadero rostro.
domingo 21 de julio del 2024

El Campamento Justicia

Desde el 9 hasta el 11 de Elesias, el grupo continuó su travesía por la despiadada jungla de Chult, guiados por Azaka Stormfang. A pesar del calor sofocante, la humedad constante y la amenaza latente de la muerte detrás de cada árbol, el viaje comenzó a sentirse menos pesado gracias a la presencia de un nuevo integrante: Ozul. Durante las largas caminatas, mientras atravesaban senderos cubiertos por raíces gigantescas y niebla espesa, el grupo aprovechó de conversar con el semielfo. Poco a poco, Ozul compartió fragmentos de su historia, de cómo había dedicado su vida a proteger los bosques y de cómo la corrupción que se extendía por Chult le resultaba antinatural… ofensiva para el equilibrio mismo de la naturaleza.

Fue durante una de esas noches, alrededor de una pequeña fogata apenas visible entre la lluvia y las sombras, que Azaka finalmente habló con mayor profundidad sobre el objeto que buscaba. La guía sostuvo el fuego con la mirada durante varios segundos antes de romper el silencio.

"La máscara pertenece a mi tribu…" dijo con voz baja. "La Máscara de las Bestias. Fue robada hace más de un año por goblins. Desde entonces… he seguido rumores, rastros… cadáveres." Su expresión se endureció. "Y ahora todo apunta a un lugar: el Campamento Justicia."

Según había escuchado en Puerto Nyanzaru, el campamento había caído hacía tiempo bajo una invasión de muertos vivientes. Aun así, Azaka estaba decidida a recuperar el legado de su pueblo.

Cuando finalmente llegaron al lugar, el silencio fue lo primero que llamó su atención.

El Campamento Justicia se alzaba en ruinas junto al río Soshenstar, abandonado, húmedo y consumido lentamente por la jungla. Las estructuras derrumbadas estaban cubiertas de musgo y lianas, mientras la niebla se deslizaba entre los restos como si el lugar respirara. Pero lo más inquietante no eran las ruinas…

era la estatua.

En lo alto de un montículo de piedra descansaba la gigantesca figura de un hombre sentado, cargando sobre sus hombros un enorme cocodrilo. O quizá… era al revés. La erosión y el diseño hacían difícil distinguir dónde terminaba el humano y comenzaba la bestia. El rostro de la estatua poseía rasgos reptilianos, casi como un hombre con cara de cocodrilo, observando eternamente la selva con una expresión fría e inescrutable.

El grupo investigó cuidadosamente las ruinas mientras Badriel encontraba una vieja balsa semidestruida a la orilla del río. Convencido de que podría servirles más adelante, decidió quedarse reparándola mientras los demás continuaban explorando.

Tras confirmar que el campamento estaba completamente abandonado, el grupo se dirigió finalmente hacia la estatua. Entre las piernas de la gigantesca figura descubrieron una puerta de piedra cubierta de inscripciones antiguas. Allí encontraron grabada una vieja fábula:

Un hombre debía cruzar un río peligroso, pero temía ser devorado por un cocodrilo gigante. Sin embargo, el cocodrilo le ofreció ayuda, permitiéndole subir sobre su espalda para atravesar las aguas, pero a cambio el hombre debía cargarlo en su espalda para que el cocodrilo conociera el mundo de los hombres. El hombre desconfiaba, pero necestiaba cruzar o sino podía morir. Solo al aceptar cargar con otro y confiar en él logró atravesar el peligro del río, pero en consecuencia tendría que cargar para siempre con el cocodrilo.

La historia parecía sencilla… hasta que comprendieron que era una advertencia.

Al ingresar, las trampas comenzaron a activarse. Baldosas ocultas disparaban mecanismos letales cada vez que alguien caminaba sobre ellas individualmente. Pero gracias a la astucia de Khol, el grupo descubrió la solución: debían avanzar montados unos sobre otros, imitando la enseñanza de la fábula. Aquello evitaba activar los disparadores ocultos.

La mazmorra continuó poniéndolos a prueba. Puertas secretas, plataformas móviles y estrechos caminos de piedra los obligaron a avanzar con extrema cautela. Finalmente llegaron al corazón de la construcción: una enorme sala circular donde una escalera en espiral ascendía hacia las alturas, terminando en un pequeño pedestal donde descansaba un antiguo jarrón.

Pero alcanzar el objeto no sería sencillo.

La superficie era absurdamente resbaladiza. Uno tras otro, los intentos fracasaron. Caídas dolorosas, golpes contra la piedra y frustración comenzaron a desgastar al grupo. Incluso Umi terminó riéndose entre dientes después de una aparatosa caída de Badriel, aunque rápidamente intentó ocultarlo.

Finalmente, fue Khol quien logró lo imposible.

Con agilidad sobrenatural, el tiefling escaló cuidadosamente hasta alcanzar el pedestal y recuperar el jarrón. Dentro de él descansaba la Máscara de las Bestias, el objeto perdido de Azaka. Junto a ella encontraron también un Anillo de Caída de Pluma, el cual quedó en poder de Khol.

La victoria parecía completa.

Pero afuera… la muerte esperaba.

Apenas salieron de la tumba, un grupo de orcos y goblins cayó sobre ellos en una emboscada perfectamente preparada. Heridos por las trampas, agotados y tomados por sorpresa, el grupo apenas logró reaccionar. El combate comenzó brutal y desordenado. Torik, ya debilitado, fue quien peor resistió los ataques.

Y entonces…

la jungla rugió.

Desde las colinas, entre los árboles y las sombras, comenzaron a aparecer cientos de muertos vivientes.

No caminaban lentamente. Corrían.
Como una avalancha de carne putrefacta y huesos quebrados descendieron sobre el lugar, arrasando con todo a su paso. Orcos, goblins… todos comenzaron a morir bajo aquella marea imposible. Fue un espectáculo de puro horror. Una escena digna de una pesadilla.

El grupo comprendió de inmediato que aquello no podía ganarse. Solo podían huir. Pero mientras escapaban hacia el río, Torik cayó inconsciente al suelo. Y los muertos ya estaban encima. Por un instante, todo pareció perdido.
Entonces Umi regresó.

Sin pensarlo dos veces, ignorando los gritos y el peligro, la guerrera se abrió paso entre la oscuridad y tomó el cuerpo inconsciente del enano sobre sus hombros. Cada paso era una lucha contra el cansancio y el miedo mientras los muertos les pisaban los talones. Badriel, desde la orilla, ya había preparado las balsas.

"¡SALTA!" gritó desesperadamente.

Con un último esfuerzo, Umi alcanzó el río mientras los muertos prácticamente rozaban sus espaldas. El grupo abordó las balsas y comenzó a alejarse lentamente corriente abajo.

Desde la orilla… los muertos los observaban. Inmóviles. Silenciosos.

Como si esperaran volver a encontrarlos.
Y mientras la lluvia comenzaba a caer sobre las aguas oscuras del Soshenstar, todos entendieron lo mismo:

Por muy valientes que fueran…
Chult podía devorarlos en cualquier momento.
domingo 18 de agosto del 2024

El Campamento Venganza

La noche del 11 de Elesias encontró al grupo navegando lentamente por las oscuras aguas del río Soshenstar. Nadie hablaba demasiado. El enfrentamiento contra la inmensa horda de muertos vivientes todavía pesaba sobre sus mentes. El sonido constante del agua golpeando la madera de las balsas apenas lograba ocultar los rugidos lejanos de criaturas que se ocultaban entre la espesura. De vez en cuando, un par de ojos brillaban entre la vegetación antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad. La jungla de Chult parecía observarlos, esperando el momento oportuno para volver a ponerlos a prueba.

Aquella noche el sueño volvió a repetirse. Todos despertaron sobresaltados. Frente a ellos se alzaba nuevamente la máscara dorada, suspendida en medio de una oscuridad infinita. Esta vez no permanecía inmóvil. Latía como si estuviera viva, absorbiendo lentamente la luz que la rodeaba mientras incontables almas eran arrastradas hacia ella, consumidas por un vacío eterno. Entre aquellos lamentos, una voz grave y antinatural resonó dentro de sus mentes.

"Regresen..." El eco parecía provenir de todas partes. "No sigan avanzando..."
La máscara giró lentamente hacia ellos. Sus cuencas vacías parecían atravesarlos.
"Todo aquel que me busque... entregará su alma."

Uno tras otro, todos despertaron sobresaltados y cubiertos de sudor. Ninguno quiso hablar demasiado del sueño, pero todos comprendieron una inquietante verdad: aquello ya no era una simple pesadilla. La maldición sabía que ellos iban tras ella.

Tras casi un día completo de navegación, la vegetación comenzó a abrirse y apareció ante ellos una imponente empalizada de troncos reforzados. Grandes estacas protegían el perímetro mientras varias torres de vigilancia sobresalían por encima de la muralla. Más allá de ellas se alzaban decenas de tiendas militares, fogatas humeantes y estandartes desgastados por la lluvia tropical. Era el Campamento Venganza.

No poseía la majestuosidad de un castillo ni la belleza de una ciudad. Era una fortaleza levantada a fuerza de voluntad en medio del infierno verde de Chult. Sus murallas parecían desafiar a la selva, mientras el barro, las lluvias y la humedad intentaban devorarlo día tras día. Hombres y mujeres armados recorrían las pasarelas de madera con el rostro marcado por el cansancio, conscientes de que cualquier noche podía ser la última. El campamento había sido fundado por los pocos supervivientes de la caída del Campamento Justicia, quienes, tras escapar de la masacre provocada por los muertos vivientes, habían levantado aquella nueva posición defensiva para continuar la lucha contra la oscuridad.

Los guardias interceptaron inmediatamente al grupo. Tras un breve interrogatorio y comprobar el salvoconducto otorgado por Liara Portyr, les permitieron ingresar.

Muy pronto comprendieron que allí se libraba otra batalla. No era contra monstruos. Era contra la enfermedad.

Decenas de soldados permanecían postrados en improvisadas enfermerías. Algunos sufrían fiebres insoportables, otros apenas podían mantenerse conscientes. El aire estaba impregnado de hierbas medicinales, sudor y desesperanza. La jungla no solo mataba con dientes y garras; también lo hacía mediante insectos, infecciones y enfermedades que consumían lentamente a quienes se aventuraban demasiado lejos.

El comandante del campamento explicó que necesitaban ayuda desesperadamente. A cambio de alimento, refugio y un lugar seguro donde descansar, el grupo aceptó colaborar con los enfermos.

Para Badriel aquello nunca fue una negociación. Era simplemente lo correcto.
Durante toda la tarde recorrió las improvisadas enfermerías atendiendo soldados, cargando heridos y llevando agua a quienes apenas podían sostenerse con vida. Cada gesto recordaba el motivo por el cual había jurado servir a Tyr.

Fue precisamente allí donde el destino volvió a cruzar sus caminos con un viejo compañero. En una de las tiendas apareció Melshif. El antiguo bardo sonrió al reencontrarse con el grupo, aunque en su mirada ya no existía la misma tranquilidad de antes. Les explicó que continuaba siguiendo el rastro de Artheponas, responsable de la destrucción de su pueblo, y que cada pista lo alejaba más del camino que compartían.

Antes de despedirse, colocó sobre la mesa los Brazaletes de Arquería.
"Necesito recursos para continuar mi búsqueda..." dijo con una leve sonrisa. "Pero ustedes les sacarán mucho mejor provecho que yo."

Brazaletes de Arquería: Bonificador para las tiradas de ataque con arco


El grupo aceptó ayudarlo económicamente. Aquella sería la última vez que volverían a ver a Melshif.

Los sanadores del campamento informaron entonces que existía una esperanza para los enfermos. A un día de viaje hacia el oeste, en una elevada cumbre rocosa, florecía una extraña planta medicinal de pétalos rosados. Muy pocos conocían su existencia, y aún menos lograban obtenerla, pues crecía en un lugar custodiado por peligrosas criaturas aladas.

Aquella noche, por primera vez desde que se internaron en la jungla, el grupo pudo disfrutar de un verdadero descanso. Bajo la protección del campamento recuperaron fuerzas, sanaron sus heridas y prepararon el viaje del día siguiente.

Al amanecer del 12 de Elesias emprendieron la marcha.

Tras una jornada completa atravesando barrancos, senderos cubiertos de musgo y enormes raíces, alcanzaron finalmente la cima de la montaña. Allí, iluminada por los rayos del sol que atravesaban las nubes, crecía la delicada flor rosada. Parecía imposible que algo tan hermoso pudiera sobrevivir en un lugar tan hostil. Pero no estaba sola.

Muy cerca descansaba un enorme nido de pterodáctilos. Las criaturas dormían con las alas plegadas, aunque bastaría el menor ruido para convertir aquella montaña en un campo de caza.

Todos permanecieron inmóviles.
Entonces Khol dio un paso al frente.
Respiró profundamente.
Y desapareció entre las rocas.

Cada movimiento era preciso. Cada apoyo parecía calculado con una elegancia casi felina. Avanzó entre las enormes criaturas evitando ramas secas, piedras sueltas y cualquier sonido que pudiera despertarlas. Durante unos eternos segundos nadie respiró.

Finalmente... sus dedos alcanzaron la flor.
La arrancó con extrema delicadeza y comenzó el regreso exactamente por el mismo camino. Cuando volvió junto al grupo sosteniendo la planta entre sus manos, nadie dijo una palabra.

Solo sonrieron. La misión había sido un éxito.

Aquella misma tarde, el 13 de Elesias, regresaron al Campamento Venganza. Los sanadores prepararon rápidamente el remedio utilizando la flor que el grupo había conseguido, mientras Badriel y Torik colaboraban atendiendo nuevamente a los enfermos.

Quizá aquella medicina no bastaría para salvar Chult. Pero sí bastaría para devolver la esperanza a quienes aún luchaban por sobrevivir dentro de aquellas murallas.
Y en una tierra donde la muerte avanzaba cada día...
la esperanza comenzaba a convertirse en el tesoro más valioso de todos.
domingo 26 de enero del 2025

Serpientes entre la Maleza

La mañana del 14 de Elesias amaneció cubierta por una espesa neblina que parecía abrazar la jungla de Chult. Tras ayudar a los enfermos del Campamento Venganza, el grupo reanudó su expedición hacia el sur. Antes de partir, varios soldados del Puño Ardiente les hablaron de un antiguo lugar llamado Mbala, las ruinas de una ciudad olvidada que, según las leyendas, había sido uno de los asentamientos más importantes de la península muchos siglos atrás. Hoy solo quedaban muros derruidos, templos consumidos por la vegetación y el eco de una civilización desaparecida. Sin embargo, en las últimas semanas algunos exploradores aseguraban haber visto a una misteriosa figura caminando entre las ruinas. Nadie sabía quién era… o siquiera si era humana. Aquellos rumores bastaron para despertar la curiosidad del grupo.

Guiados por Azaka Stormfang, emprendieron nuevamente el viaje. La jungla parecía más hostil que nunca. El calor era sofocante incluso bajo la sombra de los árboles gigantescos, mientras enormes helechos y raíces centenarias dificultaban cada paso. El rugido lejano de dinosaurios retumbaba entre las montañas y, de vez en cuando, enormes insectos cruzaban frente a sus rostros antes de perderse entre la vegetación. Aun así, Azaka parecía conocer cada rincón de aquel laberinto verde, guiándolos por senderos casi invisibles y evitando las zonas donde los muertos caminaban en mayor número.

Durante la noche, el sueño volvió. La Máscara de la Maldición de la Muerte apareció nuevamente frente a ellos. Esta vez ya no permanecía inmóvil. Miles de almas giraban a su alrededor como un remolino interminable mientras eran absorbidas hacia un vacío imposible de contemplar. Entre aquellas voces desesperadas comenzaron a distinguir rostros conocidos, aventureros, soldados… incluso personas que habían conocido durante su viaje.

Entonces la máscara habló. "Aún pueden regresar..." Su voz sonó como un susurro dentro de sus propias mentes. "Cada paso que dan... los acerca a mí." Las almas comenzaron a gritar. "Vuelvan... mientras todavía conservan las suyas." El grupo despertó sobresaltado una vez más.

Nadie quiso admitirlo.
Pero todos comenzaban a sentir que aquella presencia los observaba incluso cuando estaban despiertos.

El 15 de Elesias, mientras avanzaban por una estrecha quebrada cubierta de enormes árboles, Azaka levantó el puño ordenando detener la marcha. Más adelante se escuchaban voces... aunque no pertenecían a ningún idioma humano. Con extremo cuidado, el grupo se aproximó hasta encontrar una escena tan inquietante como inexplicable.

Una larga columna de Yuan-ti avanzaba lentamente entre la vegetación. Algunos poseían apariencia casi humana, con escamas verdes cubriendo parte de su piel y ojos completamente reptilianos. Otros caminaban erguidos sobre enormes colas de serpiente, mientras que los más monstruosos mezclaban brazos humanos con cabezas de víbora capaces de abrir sus mandíbulas de forma antinatural. Todos portaban armas finamente elaboradas y armaduras adornadas con símbolos serpentinos.

Pero aquello no era lo más perturbador. Detrás de ellos avanzaba una inmensa horda de muertos vivientes. Esqueletos, zombis y cadáveres deformes caminaban en perfecto orden, como si obedecieran las órdenes silenciosas de aquellas criaturas reptilianas. Nadie entendía cómo era posible.

"¿Desde cuándo los muertos obedecen a las serpientes?" murmuró Badriel, incapaz de apartar la vista de aquella extraña procesión.

La duda pudo más que la prudencia. Khol decidió acercarse.
Aprovechando la densa vegetación comenzó a deslizarse entre las sombras con la misma elegancia que tantas veces había salvado al grupo. Paso a paso se aproximó al extraño desfile...

Hasta que una rama crujió bajo su pie. El silencio duró apenas un instante. Decenas de ojos amarillos se clavaron sobre él al mismo tiempo. Uno de los Yuan-ti siseó una orden en su lengua ancestral. La emboscada había fracasado... Y la batalla comenzó.

Los primeros en lanzarse fueron los muertos vivientes, que rompieron filas para abalanzarse sobre el grupo. Badriel respondió levantando su escudo y chocando de frente contra la primera oleada, convirtiéndose nuevamente en el muro que protegía a sus compañeros.

A su lado, Umi desenvainó Imu. Con la palabra "Harder" el espadón estalló en llamas, iluminando la espesura de la jungla mientras cada golpe dejaba un rastro de fuego que consumía carne putrefacta y escamas por igual. Las llamaradas reflejaban en los árboles como si toda la selva hubiese comenzado a arder.

Khol, aprovechando la confusión que él mismo había provocado, desenfundó Silencio. "Congelar." La hoja quedó envuelta por un frío sobrenatural. Sus movimientos eran rápidos, casi imposibles de seguir. Cada estocada congelaba músculos y tendones antes de que el enemigo pudiera reaccionar. Donde aparecía el tiefling... un cuerpo caía.

Mientras tanto, Torik alzó con fuerza el símbolo de Chauntea. "¡Que la luz de la Madre de la Tierra expulse a quienes nunca debieron regresar!" Una poderosa oleada de energía divina recorrió la jungla. Varios zombis se detuvieron en seco. Otros comenzaron a retroceder mientras sus cuerpos eran consumidos por la luz sagrada. Incluso los Yuan-ti vacilaron durante unos segundos al contemplar semejante despliegue de poder.

Ozul se movía como si la selva fuera una extensión de su propio cuerpo. Desde la distancia, sus flechas encontraban siempre el punto exacto donde los enemigos bajaban la guardia. Más de un Yuan-ti cayó antes siquiera de comprender de dónde provenía el disparo.

Y entonces intervino Azaka. La guía desapareció entre la vegetación. Solo se escuchaban gritos. Uno tras otro.

Cuando volvió a hacerse visible, sostenía sus armas cubiertas de sangre reptiliana mientras el último de los Yuan-ti caía derrotado.

El combate terminó tan abruptamente como había comenzado.
Los aventureros permanecieron inmóviles, recuperando el aliento.
Pero algo seguía sin encajar.
El grueso del ejército no había participado en la batalla.

Mientras ellos luchaban, la inmensa columna principal de Yuan-ti y muertos vivientes continuó avanzando lentamente hacia el sureste de Chult, perdiéndose entre la vegetación como si aquella escaramuza jamás hubiera ocurrido.

El grupo permaneció observando en silencio. Aquello no era un simple ejército. Era una marcha, y quienquiera que estuviera guiándolos movía fuerzas mucho más grandes de lo que jamás habían imaginado.
domingo 27 de abril del 2025

Susurros de Mbala

El crepúsculo del 17 de Elesias encontró al grupo ascendiendo hacia uno de los lugares más extraños que habían contemplado desde su llegada a Chult. Por encima de la interminable extensión verde de la jungla se levantaba una enorme meseta, rodeada por paredes de roca que caían casi verticalmente hacia las tierras inferiores. En su cima descansaban las ruinas de Mbala, una ciudad que alguna vez había sido el corazón de un antiguo asentamiento chultano y que ahora permanecía abandonada sobre aquel promontorio como el cadáver de una época olvidada. Desde las alturas, la jungla parecía extenderse hasta los confines del mundo, teñida por los últimos tonos rojizos del sol, mientras las nubes se acumulaban entre las montañas y los grandes ríos de Chult serpenteaban a lo lejos como cintas de plata.

Al cruzar los antiguos accesos de Mbala, el grupo quedó envuelto por un silencio inquietante. No había mercados, voces ni niños corriendo por sus calles; solo construcciones derrumbadas, antiguos caminos cubiertos de raíces y muros sobre los cuales la vegetación había reclamado su dominio. Los últimos rayos del día atravesaban ventanas que ya no conducían a ninguna habitación y proyectaban largas sombras sobre las piedras. Azaka Stormfang, acostumbrada a los misterios de la jungla, avanzaba con cautela y estudiaba cada rincón como si intentara comprender qué había ocurrido allí. Ozul observaba las plantas que habían crecido entre las antiguas construcciones, mientras Khol inspeccionaba puertas y rincones con la desconfianza propia de quien había aprendido que los lugares aparentemente vacíos rara vez lo estaban. Torik, en cambio, parecía escuchar el silencio mismo, y Umi mantenía una mano cerca de Imu. Badriel caminaba con la mirada al frente, convencido de que, si alguien realmente vivía allí, tarde o temprano se encontrarían con él.

Necesitaron varias horas para recorrer las ruinas hasta que, cerca del corazón de la antigua ciudad, encontraron algo inesperado: humo.

En torno a una construcción que aún conservaba parte de su estructura, una anciana cuidaba tranquilamente un pequeño jardín. Era Nanny Pu'pu. Su cuerpo estaba encorvado por los años y sus movimientos parecían lentos, pero sus ojos conservaban una lucidez sorprendente. Sobre su rostro podían distinguirse marcas de arcilla, mientras raíces, hierbas y pequeños amuletos colgaban alrededor de su refugio. La imagen resultaba casi absurda: en medio de una ciudad muerta, aquella anciana cultivaba plantas como si el mundo a su alrededor jamás hubiese terminado.

"Tantos pasos para llegar hasta aquí..." murmuró mientras observaba al grupo. "Y todavía conservan todas sus piernas. Eso ya es más de lo que pueden decir muchos viajeros de Chult."

La desconfianza inicial comenzó a desaparecer lentamente. Nanny Pu'pu les ofreció comida, agua y algunas frutas que cultivaba entre las ruinas. Durante la cena les enseñó a reconocer pequeñas diferencias entre las plantas de la jungla: hojas casi idénticas podían significar la diferencia entre alimentarse durante varios días o despertar con una fiebre capaz de matar a un hombre. Ozul prestó especial atención a sus enseñanzas y Torik intercambió con ella conocimientos sobre hierbas y raíces, mientras Khol observaba a la anciana con esa mezcla de curiosidad y sospecha que parecía acompañarlo a todas partes.

Cuando cayó la noche, Nanny Pu'pu les permitió refugiarse en la pequeña torre que utilizaba como hogar. El espacio, sin embargo, era insuficiente para todos. Badriel, Ozul y Azaka decidieron buscar otro lugar entre las ruinas donde pasar la noche, dejando el refugio para el resto de sus compañeros. Antes de separarse, el paladín miró hacia quienes permanecerían con la anciana y bromeó:

"Si la anciana intenta cocinarlos mientras duermen, griten fuerte."

"Qué tranquilizador..." respondió Khol.

Las risas fueron breves, pero necesarias. Después de tantos días rodeados de muerte, incluso aquel extraño lugar parecía ofrecer una tregua.

Antes de retirarse, alrededor de un pequeño fuego, Nanny Pu'pu les habló de Mbala. Su voz cambió mientras observaba las ruinas que la rodeaban, adquiriendo el tono de quien no relataba solamente una historia, sino una advertencia.

"Hubo un tiempo en que estas piedras tenían vida..." comenzó. "Mbala no siempre fue silencio. Hubo familias, comerciantes, cazadores... niños que corrían por lugares donde ahora solo crecen raíces. Desde aquí arriba contemplábamos Chult y creíamos estar por encima de todo cuanto habitaba bajo nosotros."

La anciana dejó escapar una risa amarga.

"Y ese fue nuestro pecado: la soberbia."

Según contó Nanny Pu'pu, los habitantes de Mbala habían llegado a sentirse seguros en lo alto de su meseta. Sus defensas naturales, su posición privilegiada y la prosperidad de su pueblo hicieron que, con el paso de las generaciones, comenzaran a olvidar a quien había guiado a los pueblos de Chult desde tiempos ancestrales: Ubtao.

"Los hombres reciben una bendición durante suficiente tiempo y terminan creyendo que siempre les perteneció" explicó mientras removía lentamente las brasas. "Olvidaron quién había abierto los caminos. Olvidaron quién había protegido estas tierras. Creyeron que Mbala era grande por sus propias manos."

Torik permaneció atento a sus palabras. Como servidor de Chauntea, comprendía demasiado bien el peligro de olvidar aquello que sostenía la vida.

Nanny Pu'pu continuó explicando que Ubtao, cansado de la arrogancia y de la creciente indiferencia de los pueblos chultanos, terminó alejándose de ellos. Las antiguas señales desaparecieron, las plegarias dejaron de encontrar respuesta y la protección que durante generaciones habían dado por sentada comenzó a desvanecerse.

"Ubtao no destruyó Mbala" añadió la anciana. "Simplemente dejó de sostener la mano de quienes habían decidido que ya no la necesitaban."

Después vinieron los tiempos difíciles.

La ciudad comenzó a perder aquello que alguna vez la había hecho prosperar. Los peligros de Chult se acercaron cada vez más a sus fronteras, los caminos dejaron de ser seguros y criaturas procedentes de la jungla comenzaron a hostigar a sus habitantes. El aislamiento se convirtió lentamente en hambre; el hambre, en desesperación; y la desesperación terminó haciendo lo que ningún ejército había conseguido.

La gente comenzó a abandonar Mbala.
Otros murieron.

Y aquellos que quedaron vieron cómo una ciudad que alguna vez había contemplado orgullosamente toda Chult terminaba siendo devorada piedra a piedra por la misma jungla que había creído dominar.

Nanny Pu'pu contempló las ruinas durante unos instantes antes de terminar su relato.

"La jungla tiene buena memoria...",El fuego crujió frente a ella. "Los hombres, no tanto."

Durante unos segundos nadie respondió.
Las palabras parecían diferentes después de haber recorrido aquellas calles vacías. Allí donde alguna vez habían vivido cientos de personas solo quedaban piedras, raíces y una anciana cuidando un pequeño jardín.

Aquella noche fue extrañamente tranquila.

Badriel, Ozul y Azaka encontraron refugio en otra zona de las ruinas, lo suficientemente cerca como para regresar rápidamente si ocurría algo, pero separados de la pequeña torre. Ozul escogió cuidadosamente un lugar protegido de la lluvia y Azaka, acostumbrada a dormir en lugares mucho peores, permaneció durante algún tiempo observando la oscuridad antes de descansar. Badriel, por su parte, dejó su arma al alcance de la mano.

Dentro de la torre, algunos de sus compañeros durmieron profundamente.

Demasiado profundamente.

A la mañana siguiente apenas pudieron recordar sus sueños. Solo permanecía una sensación difícil de explicar: el recuerdo fugaz de una voz pronunciando palabras incomprensibles, el aroma de hierbas quemadas y la impresión de haber sentido unas manos muy frías rozando sus frentes.

Cuando despertaron, Nanny Pu'pu ya se encontraba nuevamente atendiendo sus plantas.

Ninguno encontró una razón suficiente para darle importancia.

La anciana tenía, además, otra historia que contar.

Una joven había llegado a Mbala unos días antes. Según Nanny Pu'pu, viajaba sola y parecía buscar algo en la región. Había descansado brevemente entre las ruinas antes de dirigirse hacia los páramos situados al sur de la meseta... y nunca había regresado.

"Chult se queda con demasiadas personas" dijo la anciana, observando directamente a Badriel. "Pero quizá esta vez todavía no sea demasiado tarde."

Aquello bastó.

Badriel ni siquiera necesitó discutirlo. "Si existe la posibilidad de que siga viva, iremos."

Khol suspiró. "Sabía que ibas a decir eso."

El grupo abandonó Mbala siguiendo las indicaciones de la anciana y descendió hacia las tierras situadas al sur. Azaka tomó nuevamente la delantera, siguiendo senderos apenas visibles entre la vegetación, mientras Ozul buscaba rastros de algún viajero reciente. Sin embargo, las horas comenzaron a pasar sin encontrar señales claras de la muchacha.

No había huellas.
No había restos de un campamento.
Nada.

El terreno comenzó a cambiar. Los árboles dieron paso a zonas anegadas donde el barro alcanzaba los tobillos, el aire se volvió pesado y enjambres de insectos revoloteaban sobre aguas oscuras cubiertas de plantas flotantes. El sonido de sus propias pisadas parecía demasiado fuerte en aquel lugar.

Fue Khol quien finalmente levantó una mano.

"No estamos solos." Todos se detuvieron.

Entre la bruma aparecieron restos de antiguas construcciones. Columnas quebradas emergían del pantano y grandes bloques de piedra se hundían lentamente bajo el agua, cubiertos de musgo y raíces. Aquellas ruinas parecían haber permanecido ocultas durante generaciones.

Y entre ellas se movían figuras.
El grupo se ocultó entre la vegetación. Yuan-ti.

Algunos conservaban cuerpos mayormente humanoides, aunque las escamas que cubrían sus cuellos y rostros delataban su verdadera naturaleza. Otros se desplazaban sobre largas colas serpentinas que se deslizaban silenciosamente por las aguas del pantano. Sus ojos amarillentos inspeccionaban las piedras mientras varios de ellos removían escombros y estudiaban símbolos grabados en las antiguas construcciones.

No parecían estar allí por casualidad.

Estaban buscando algo.

Umi llevó lentamente una mano hasta la empuñadura de Imu, preparada para desenvainarla al primer movimiento hostil, pero Azaka hizo un gesto para que esperara.

Torik estudió las ruinas intentando comprender qué podía resultar tan importante para aquellas criaturas.

Ozul desapareció silenciosamente entre la vegetación hasta encontrar una posición desde donde pudiera observar el lugar y, si era necesario, cubrir a sus compañeros con su arco.

Badriel permaneció inmóvil, con una mano sobre su arma. Después del encuentro anterior con aquellas criaturas y de haberlas visto marchar junto a una horda de muertos vivientes, resultaba difícil considerarlas simples exploradoras.

Khol, por su parte, contempló cuidadosamente sus movimientos desde las sombras.

"Primero averigüemos qué quieren" susurró.

Por primera vez desde que abandonaron Mbala, nadie discutió con él.

Ocultos entre la vegetación, contemplaron cómo los Yuan-ti continuaban registrando las antiguas ruinas. Aquella era ya la segunda vez que encontraban a las criaturas serpentinas internándose en Chult, y el recuerdo de la columna de muertos vivientes que habían visto días atrás resultaba imposible de ignorar.

Algo estaba ocurriendo en la jungla.

Algo que todavía no comprendían.

Quizá aquellas serpientes buscaban un objeto.

Quizá buscaban un lugar.

O quizá aquellas ruinas escondían algo que llevaba demasiado tiempo esperando ser encontrado.

Y mientras el grupo permanecía oculto entre las aguas oscuras de aquel pantano, muy lejos de allí, sobre la solitaria meseta de Mbala, Nanny Pu'pu continuaba cuidando tranquilamente su jardín.

Como si la llegada de aquellos aventureros no hubiese alterado en absoluto la silenciosa rutina de la última habitante de una ciudad olvidada.
domingo 20 de julio del 2025

Las Serpientes y la Bruja

Ocultos entre la vegetación de aquellos pantanos al sur de Mbala, los aventureros observaban las antiguas ruinas que emergían de las aguas oscuras. Columnas partidas, muros cubiertos de raíces y bloques de piedra hundidos en el fango hablaban de un lugar olvidado hacía generaciones. En el centro del complejo descansaba una gran pileta de piedra, alimentada por aguas estancadas que reflejaban débilmente el cielo de Chult. Alrededor de ella, los Yuan-ti removían escombros, examinaban inscripciones y registraban cada rincón con una insistencia que dejaba pocas dudas: aquellas criaturas no habían llegado allí por casualidad. Estaban buscando algo.

El grupo apenas tuvo tiempo para decidir qué hacer antes de ser descubierto. Un siseo atravesó las ruinas y, casi inmediatamente, ocho cadáveres comenzaron a levantarse entre las piedras y las aguas pantanosas. Algunos aún vestían restos de antiguas armaduras; otros no eran más que cuerpos hinchados por la humedad, con la piel ennegrecida y extremidades que se movían mediante espasmos antinaturales. Los ocho muertos vivientes avanzaron como una muralla de carne destinada a impedir que los aventureros alcanzaran a sus verdaderos enemigos. Detrás de ellos aparecieron dos figuras mucho más inquietantes: dos Yuan-ti Malison de enormes cuerpos serpentinos se deslizaron hasta posiciones elevadas entre las ruinas. Desde la cintura hacia arriba conservaban una apariencia vagamente humanoide, pero bajo sus torsos se extendían gruesas colas cubiertas de escamas. Cada uno llevaba un poderoso arco y, antes de que el grupo pudiera reaccionar, las primeras flechas silbaron sobre la pileta. Una impactó contra la piedra junto a Torik y otra pasó rozando a Ozul. "¡Arqueros!" gritó Badriel.

Entonces apareció el tercero. A diferencia de sus compañeros, aquel Yuan-ti conservaba piernas y una silueta casi humana. Solo sus ojos reptilianos, las escamas que recorrían parte de su rostro y la forma imposible en que su lengua aparecía entre sus dientes revelaban su verdadera naturaleza. En cada mano sostenía una cimitarra. No necesitó dar ninguna orden; cuando cruzó ambas hojas frente a su cuerpo, todos comprendieron quién comandaba aquella fuerza. Umi desenvainó Imu. "Pues tendremos que pasar por ellos." Y la batalla comenzó.

Los muertos vivientes cargaron primero. Badriel se adelantó para recibirlos y el impacto de los primeros cadáveres contra su armadura resonó entre las ruinas. El paladín respondió con violencia, abriendo espacio para que sus compañeros pudieran maniobrar. Un muerto cayó bajo su espada, pero otro ocupó inmediatamente su lugar. "¡No dejen que nos rodeen!" gritó. Torik comprendió que aquella era precisamente la intención de sus enemigos. El enano levantó su símbolo sagrado y clamó: "¡Por Chauntea, regresen a la tierra de la que nunca debieron levantarse!" La energía divina atravesó las ruinas y, durante un instante, el pantano pareció iluminarse alrededor del clérigo. Varios muertos vivientes retrocedieron ante el poder de Chauntea, mientras otros quedaron expuestos a los ataques del grupo.

Fue entonces cuando Umi entró en combate. Alzó su espadón y pronunció la palabra que ya se había convertido en una amenaza para sus enemigos. "Harder." Imu despertó. Las llamas recorrieron la hoja y la oscuridad verdosa del pantano se tiñó de naranja. Umi se lanzó contra los muertos vivientes aprovechando el espacio abierto por Badriel y Torik. Cada movimiento de su espadón dibujaba un arco de fuego en el aire; carne muerta y ropas podridas ardían bajo sus golpes, mientras nubes de vapor se levantaban cada vez que la espada incendiada rozaba las aguas de la pileta.

Pero los Yuan-ti estaban preparados. Desde las alturas, los dos arqueros serpentinos comenzaron a disparar, y no eran flechas lanzadas apresuradamente: cada disparo buscaba un objetivo. Uno apuntaba a Torik y el otro a Ozul. El explorador reaccionó lanzándose detrás de una columna destruida segundos antes de que una flecha impactara contra la piedra. "Buenos arqueros..." murmuró mientras preparaba el suyo. Se asomó apenas lo necesario y disparó. La flecha atravesó las ruinas y alcanzó a uno de los Yuan-ti, que siseó de dolor. Ozul sonrió. "Pero no los mejores."

La respuesta llegó inmediatamente. Una de las criaturas serpentinas extendió una mano y comenzó a pronunciar palabras en una lengua antigua. Desde las grietas entre las piedras y las aguas de la pileta comenzaron a aparecer serpientes. Primero fueron unas pocas; después, decenas. Se arrastraban unas sobre otras formando una masa de escamas que comenzó a envolver las piernas de los aventureros. Algunas mordían, mientras otras se enrollaban alrededor de brazos y tobillos intentando inmovilizarlos. Una enorme serpiente consiguió atrapar a Badriel. El paladín intentó liberarse, pero cada movimiento hacía que los anillos de la criatura se cerraran todavía más alrededor de su armadura. "¡Esto empieza a ser molesto!" gruñó.

Khol apareció desde un costado. Silencio abandonó su funda. "Congelar." El frío recorrió inmediatamente el estoque y el tiefling hundió la hoja contra la serpiente. Una capa de escarcha se extendió sobre sus escamas y la criatura aflojó la presión lo suficiente para que Badriel pudiera romper su abrazo. "Te debo una" dijo el paladín mientras recuperaba el aliento. "Ya llevo la cuenta" respondió Khol, antes de desaparecer nuevamente entre las sombras de las ruinas.

Pero el verdadero peligro acababa de entrar en combate. El líder Yuan-ti cruzó la pileta con una velocidad inesperada y sus dos cimitarras comenzaron a moverse como extensiones de su propio cuerpo. Una atacaba mientras la otra defendía. Cuando Umi bloqueaba un golpe, la segunda hoja ya buscaba su costado; cuando Badriel intentaba intervenir, el enemigo giraba sobre sí mismo y desviaba su espada. Era como combatir contra una serpiente convertida en hombre. Umi recibió uno de los cortes sobre su armadura y retrocedió. El Yuan-ti siseó: "Los de sangre caliente siempre creen que la fuerza puede resolverlo todo." Umi volvió a levantar Imu, dejando que las llamas iluminaran su rostro. "Todavía no he terminado de intentarlo." Ambos volvieron a chocar: acero contra acero, fuego contra escamas.

A pocos metros, Torik trataba de mantener con vida al grupo mientras los muertos vivientes continuaban atacando. Cada vez que uno de sus compañeros era alcanzado, el clérigo respondía invocando la magia de Chauntea. Sus plegarias se mezclaban con los gritos, el siseo de las serpientes y el choque de las armas. Ozul, mientras tanto, comprendió que mientras los arqueros permanecieran en las alturas nunca tendrían tranquilidad, por lo que comenzó un peligroso duelo a distancia. Una flecha pasó junto a él y respondió con otra. El Yuan-ti se ocultó; Ozul cambió de posición entre las ruinas y volvió a disparar. El semielfo aprovechaba cada muro, cada columna y cada fragmento de vegetación como si hubiese nacido en aquel lugar, obligando al arquero enemigo a concentrarse en él y evitando así que pudiera descargar toda su fuerza contra el resto del grupo.

Azaka, en cambio, eligió un método mucho más directo. Mientras todos combatían alrededor de la pileta, desapareció entre las ruinas. Uno de los arqueros serpentinos buscó al siguiente objetivo y tensó su arco, pero nunca llegó a disparar. Azaka apareció detrás de él y la criatura apenas alcanzó a girarse antes de recibir su ataque. "Mira también detrás de ti." El Yuan-ti perdió el equilibrio y cayó desde su posición elevada hacia las ruinas inferiores.

Poco a poco la batalla comenzó a inclinarse a favor de los aventureros. Los muertos vivientes eran cada vez menos y Khol aprovechaba cada distracción para aparecer donde menos lo esperaban: una estocada bajo las costillas, un movimiento entre las sombras, un enemigo que giraba demasiado tarde. Badriel había conseguido liberarse completamente de las serpientes y volvió al centro del combate; Torik mantenía al grupo en pie; Ozul había obligado al segundo arquero a abandonar su posición; Azaka cerraba cualquier posibilidad de escape. Y en medio de todos ellos, Umi continuaba enfrentándose al líder.

El Yuan-ti lanzó una sucesión de ataques con ambas cimitarras. Umi bloqueó el primero y el segundo rozó su armadura, pero el tercero nunca llegó. Badriel apareció desde un costado y obligó a la criatura a retroceder. "No estás peleando contra ella sola." El líder miró alrededor y por primera vez comprendió que estaba perdiendo. Khol apareció detrás de él, Ozul tensó el arco, Torik levantó su símbolo sagrado, Azaka cerró la última vía de escape y Umi levantó nuevamente el espadón envuelto en llamas. El final fue inevitable.

Cuando el último Yuan-ti cayó junto a las aguas de la pileta, el silencio regresó a las ruinas. Solo quedaron el sonido del agua, las respiraciones agitadas y los cuerpos esparcidos sobre las piedras. Habían ganado, pero el precio había sido enorme. Todos estaban heridos, las armaduras presentaban cortes, las reservas de magia comenzaban a agotarse y algunos apenas podían mantenerse en pie.

Entonces alguien comenzó a aplaudir.

Lentamente.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

El grupo se giró y sobre una de las piedras de las ruinas descubrió a Nanny Pu'pu. La anciana que los había alimentado, la mujer que les había ofrecido refugio, la aparentemente amable habitante de Mbala. Pero ya no parecía una anciana indefensa. Su sonrisa seguía siendo la misma; sus ojos, no. Una energía arcana recorría sus manos mientras pequeños símbolos comenzaban a iluminarse alrededor de sus dedos. "Muy bien..." dijo mientras contemplaba los cadáveres de los Yuan-ti. "Mucho mejor de lo que esperaba."

Khol apretó la empuñadura de Silencio. "La muchacha nunca existió." La anciana sonrió. "Eres listo, pequeño tiefling. Solo un poco tarde." Badriel dio un paso hacia ella. "Nos utilizaste." Nanny ni siquiera intentó negarlo. "Sí." Aquella respuesta fue más inquietante que cualquier explicación.

Umi comenzó a levantar Imu, pero Nanny Pupu movió apenas los dedos y algunos miembros del grupo se detuvieron inmediatamente. Sus cuerpos dejaron de responderles. Una mirada de terror recorrió a quienes habían pasado aquella noche dentro de la torre y los recuerdos regresaron de golpe: el olor de las hierbas quemadas, las palabras pronunciadas mientras dormían, las manos frías sobre sus frentes... el ritual. Nanny Pu'pu había dejado algo dentro de ellos, una orden, una puerta abierta en sus voluntades. "No..." murmuró uno de ellos mientras intentaba recuperar el control de su propio cuerpo. La anciana sonrió. "Les aconsejo que no hagan nada estúpido."

Azaka, Badriel y Ozul comprendieron inmediatamente lo ocurrido. Ellos habían dormido fuera de la torre y no habían sido afectados por aquel extraño ritual, pero tampoco estaban en condiciones de luchar. No después de aquella batalla. No con sus compañeros parcialmente sometidos y sin saber de qué era capaz realmente aquella mujer. Badriel apretó los dientes. Cada parte de él quería enfrentarse a aquella criatura, pero hacerlo significaba poner en peligro a todos. Finalmente bajó ligeramente el arma. "¿Qué quieres?"

Nanny Pupu miró hacia las ruinas. No hacia ellos, sino hacia algo que permanecía oculto bajo aquellas antiguas piedras. "De ustedes... nada." La respuesta desconcertó al grupo. La anciana comenzó a caminar tranquilamente entre los cadáveres. "Ya hicieron lo que necesitaba." Entonces lo comprendieron. Nunca los había enviado allí para rescatar a nadie. Los había enviado para eliminar a los Yuan-ti que registraban aquellas ruinas. Nanny Pu'pu no necesitaba héroes; necesitaba armas, y ellos habían cumplido perfectamente ese papel.

Lo que los Yuan-ti buscaban permanecía oculto en algún lugar de aquellas ruinas y ahora Nanny Pu'pu sería quien lo reclamaría. Pero el grupo nunca llegó a descubrir qué era. La anciana tampoco tenía intención de matarlos ni parecía interesada en perseguirlos. Habían cumplido su función y simplemente quería que se marcharan. Antes de hacerlo, sin embargo, les entregó una última información. "Si realmente desean respuestas sobre lo que ocurre en Chult, dejen de perseguir serpientes y ruinas olvidadas." La anciana levantó lentamente una mano y señaló hacia la distancia. "Busquen el Corazón de Ubtao."

Torik frunció el ceño. "¿Qué encontraremos allí?" Nanny Pu'pu dejó escapar una pequeña carcajada. "Eso dependerá de qué esté dispuesto a mostrarles Ubtao."

No hubo despedidas ni agradecimientos. El grupo simplemente abandonó aquel lugar, herido, agotado y humillado. Habían derrotado a ocho muertos vivientes y a tres peligrosos Yuan-ti. Habían sobrevivido a flechas, cimitarras, serpientes y magia, y aun así la sensación que los acompañaba era la de haber perdido. No porque hubieran sido vencidos en combate, sino porque desde el momento en que abandonaron Mbala habían seguido exactamente el camino que otra persona había preparado para ellos.

Mientras se alejaban de las ruinas, Khol miró una última vez hacia atrás. Nanny Pu'pu permanecía junto a la pileta: pequeña, encogida y aparentemente indefensa, exactamente igual que cuando la habían conocido. "La próxima vez que una anciana nos ofrezca comida..." murmuró el tiefling. Badriel continuó caminando sin siquiera mirarlo. "No termines esa frase." Ozul dejó escapar una pequeña sonrisa. Umi, en cambio, no miró hacia atrás. Mantenía una mano cerrada alrededor de la empuñadura de Imu; no estaba acostumbrada a retirarse, y mucho menos a saber que alguien la había utilizado. Torik caminaba en silencio intentando comprender el significado de las últimas palabras de la anciana, mientras Azaka observaba el horizonte buscando ya el camino que deberían seguir.

En algún lugar delante de ellos se encontraba el Corazón de Ubtao. Una nueva pista y un nuevo destino en su búsqueda por comprender los secretos de Chult y encontrar el origen de la Maldición de la Muerte. Detrás, oculta entre las brumas del pantano, Nanny Pu'pu contempló cómo los aventureros desaparecían entre la vegetación. Cuando finalmente dejó de verlos, se giró hacia las ruinas. Ahora estaba sola. Los Yuan-ti habían muerto, los aventureros se habían marchado y aquello que había permanecido oculto bajo aquellas antiguas piedras finalmente quedaba a su alcance.
domingo 24 de agosto del 2025

El corazón de Ubtao

Durante todo el 19 de Elesias y los días que siguieron, el grupo continuó avanzando hacia el sur, dejando lentamente atrás las tierras pantanosas para volver a internarse en la jungla frondosa de Chult. El viaje fue considerablemente más silencioso que los anteriores. Nadie había olvidado lo sucedido con Nanny Pu'pu. Haber sido utilizados por la anciana, descubrir que algunos de ellos habían sido sometidos a un ritual mientras dormían y comprender que habían peleado y arriesgado sus vidas siguiendo una mentira había dejado una herida diferente a cualquiera que pudiera sanar Torik mediante sus plegarias. Umi avanzaba con evidente molestia, todavía incapaz de aceptar que alguien hubiese manipulado al grupo con tanta facilidad; Khol parecía ahora desconfiar incluso de las sombras que se movían entre los árboles; Badriel cargaba con la frustración de haber tenido que retirarse sin poder enfrentarse a quien los había engañado; mientras Ozul y Azaka intentaban concentrarse en encontrar el camino correcto. Incluso Torik, normalmente dispuesto a encontrar esperanza en las situaciones más adversas, permanecía pensativo. Estaban agotados, habían descansado poco y las palabras de la bruja continuaban acompañándolos: "Busquen el Corazón de Ubtao."

Cuatro días después de abandonar las cercanías de Mbala, la espesura finalmente comenzó a abrirse. Azaka fue la primera en detenerse. No dijo nada; simplemente levantó la mirada. Uno tras otro, los demás hicieron lo mismo y quedaron en silencio. Suspendida muy por encima de la jungla se encontraba una gigantesca masa de tierra y roca flotando inexplicablemente en el cielo. Tenía una forma extraordinariamente parecida a la de un corazón humano y, desde su parte inferior, enormes raíces petrificadas descendían hacia el vacío. Sobre ella se alzaba un gigantesco árbol aparentemente muerto, retorcido por el paso del tiempo, cuyas ramas completaban aquella inquietante silueta. Era el Corazón de Ubtao. No parecía una construcción realizada por manos mortales, sino un fragmento de Chult arrancado de la tierra por alguna fuerza antigua y dejado suspendido sobre la selva como recuerdo de un dios ausente.

"Supongo que Nanny no exageraba esta vez..." murmuró Khol.

Torik contempló durante largo rato aquella formación imposible. "Si realmente este lugar pertenece a Ubtao, deberíamos tratarlo con respeto." Azaka asintió lentamente. Incluso para alguien que había vivido gran parte de su vida recorriendo Chult, aquel sitio tenía un significado diferente. Los antiguos chultanos consideraban aquel lugar sagrado, una manifestación vinculada al propio Ubtao, el dios que durante generaciones había guiado a su pueblo antes de apartarse de ellos.

Pero había un problema evidente: el corazón flotaba muy por encima de sus cabezas.

Fue Ozul quien encontró una posible solución. Entre las ramas cercanas descubrió un pequeño murciélago y, recurriendo a su particular conexión con los animales, consiguió comunicarse con él. Le pidió que volara hasta aquella extraña isla y observara si alguien habitaba allí. La criatura desapareció entre las alturas y durante varios minutos el grupo permaneció esperando bajo la sombra del enorme corazón. Finalmente, el murciélago regresó, pero no lo hizo solo con información: llevaba consigo un pequeño mensaje.

Alguien los había visto.

La nota era una invitación.

Y estaba firmada con un nombre.

Valindra.

No tuvieron que descubrir por sí mismos cómo alcanzar la isla. Una energía arcana comenzó a manifestarse alrededor del grupo y, mediante una magia que ninguno alcanzó a comprender por completo, fueron elevados hasta aquella extraordinaria masa de tierra suspendida sobre Chult. Desde allí arriba la vista era sobrecogedora. La jungla se extendía bajo sus pies como un océano verde interminable, atravesado por ríos, pantanos y montañas que se perdían en el horizonte. Por primera vez desde que habían entrado en aquellas tierras podían comprender realmente la inmensidad del territorio que estaban intentando explorar.

Allí conocieron finalmente a Valindra. La mujer se presentó como una aventurera y estudiosa que, junto con otros compañeros, investigaba los acontecimientos que estaban ocurriendo en Chult. Según explicó, su grupo había convertido el Corazón de Ubtao en una base de operaciones desde la cual estudiaban la región. Gracias a poderosos conjuros de teletransportación podían desplazarse hacia diferentes lugares de la península y regresar posteriormente con información. En aquellos momentos, aseguró, varios de sus compañeros se encontraban explorando distintos puntos de Chult buscando pistas sobre una ciudad que durante años había permanecido perdida para el resto del mundo: Omu.

El nombre hizo que todos prestaran atención.

"Durante mucho tiempo creímos que buscábamos un lugar, una criatura... quizá incluso un objeto" explicó Valindra mientras extendía varios mapas sobre una mesa. "Pero todas las pistas terminan apuntando hacia el mismo sitio. Omu."

Badriel observó los mapas. "¿Estás diciendo que allí comenzó la Maldición de la Muerte?"

Valindra negó suavemente con la cabeza. "Digo que todo cuanto hemos descubierto indica que allí se encuentra su origen. Y si queremos detenerla, tarde o temprano tendremos que encontrar esa ciudad."

Por primera vez desde que habían abandonado Puerto Nyanzaru, la misión parecía adquirir una dirección concreta. Ya no buscaban simplemente algo escondido en algún lugar de una jungla interminable. Ahora tenían un nombre: Omu.

Durante las horas siguientes, Valindra compartió con ellos parte de sus conocimientos sobre Ubtao. Les habló del antiguo dios de Chult, de los laberintos que representaban los caminos que cada persona debía recorrer durante su existencia y de cómo, mucho tiempo atrás, el dios había terminado alejándose de los chultanos. El propio lugar sobre el que se encontraban era considerado por algunos habitantes de la región como una manifestación de aquel antiguo poder: un corazón suspendido sobre la jungla, perteneciente simbólicamente a una divinidad que ya no respondía a quienes alguna vez la adoraron.

Pero Valindra no solo les ofreció información. También les dio comida, agua y, quizá lo más valioso después de tantos días, un lugar verdaderamente seguro donde descansar. Aquella noche el grupo pudo finalmente quitarse las armaduras, limpiar sus heridas y dormir sin mantener una mano sobre sus armas. Torik atendió las heridas que aún quedaban del enfrentamiento anterior, Ozul aprovechó la altura para contemplar la inmensidad de Chult, mientras Umi y Badriel estudiaban los mapas junto a Valindra. Khol, aunque agradecido, seguía observando cuidadosamente a su nueva anfitriona. Después de Nanny Pu'pu, confiar en desconocidos se había convertido en algo mucho más difícil.

Finalmente llegaron a un acuerdo. El grupo colaboraría con Valindra y ayudaría a investigar las regiones de las que sus compañeros todavía tenían poca información. Para mantener el contacto, la mujer les entregó un collar mágico de comunicación, que quedó en poder de Khol. "Mientras lo lleves contigo podremos comunicarnos aunque nos separen muchas millas" explicó Valindra. Luego señaló una zona de los mapas situada hacia el suroeste. "Empiecen aquí. Sabemos demasiado poco de esta región. Si encuentran cualquier cosa relacionada con Omu, comuníquense conmigo."

La mañana del 23 de Elesias, completamente recuperados y con un objetivo mucho más claro, el grupo se reunió nuevamente frente a Valindra. La mujer comenzó a trazar símbolos arcanos y el espacio alrededor de los aventureros pareció deformarse. "Encuentren algo que nos acerque a Omu" fueron sus últimas palabras antes de completar el conjuro. Un instante después, el Corazón de Ubtao desapareció y la humedad de la jungla volvió a envolverlos. Habían sido transportados hasta una región desconocida del suroeste de Chult.

Esta vez comenzaron su expedición con un propósito concreto. Azaka volvió a tomar la delantera para encontrar los senderos más seguros; Ozul estudiaba las huellas y señales de animales buscando cualquier indicio de presencia humanoide; Khol permanecía atento al collar de comunicación y a posibles amenazas ocultas; Torik cuidaba las provisiones y el estado del grupo; mientras Badriel y Umi avanzaban preparados para cualquier peligro. Necesitaban encontrar información sobre Omu, aunque ninguno sabía exactamente qué forma tendría aquella pista.

Después de casi un día completo recorriendo la selva encontraron algo que ninguno esperaba.

Al principio parecía simplemente madera atrapada entre las copas de los árboles. Pero mientras se aproximaban, comenzaron a distinguir tablas, cuerdas y grandes fragmentos de una estructura. Tres enormes secciones de una embarcación permanecían suspendidas entre árboles gigantescos, a diferentes alturas sobre el suelo de la jungla. Sobre ellas podían distinguirse restos de aparejos y fragmentos de una enorme envoltura desgarrada atrapada entre las ramas. Lo imposible era evidente: estaban a una enorme distancia del océano y, sin embargo, frente a ellos descansaban los restos de un barco.

Torik levantó la mirada incrédulo. "O hemos caminado hasta el mar sin darnos cuenta..."

"O ese barco nunca necesitó agua" respondió Ozul.

La segunda explicación resultó ser la correcta. Tras examinar los restos comprendieron que se encontraban frente a una auténtica nave voladora, uno de aquellos navíos extraordinarios de los que algunos habían escuchado hablar en historias sobre civilizaciones capaces de utilizar la magia para surcar los cielos. Aquel barco había volado alguna vez sobre Chult, pero algo lo había derribado y su estructura se había partido en tres grandes fragmentos que ahora colgaban precariamente sobre la jungla.

La curiosidad terminó imponiéndose a la prudencia.

Ozul fue el primero en ascender. Utilizando lianas, ramas y las cuerdas que todavía pendían de los restos del navío, consiguió llegar hasta una de las secciones. Allí encontró suficiente información para identificar la embarcación: La Diosa Estelar, una nave procedente de Halruaa que había explorado Chult desde los cielos. Entre los restos encontró además señales de un ataque. Cortes en los materiales, daños en la estructura y anotaciones abandonadas permitían reconstruir parcialmente lo ocurrido. La nave había sido atacada por pterafolk, brutales reptiles humanoides voladores que habitaban las regiones montañosas de Chult. Las criaturas habían atacado desde el aire hasta provocar que el navío perdiera sustentación y terminara estrellándose contra las copas de los árboles.

"Aquí arriba hay algo más" comunicó Ozul desde los restos. "Parece que guardaban objetos importantes en la parte trasera del barco."

Aquello fue suficiente para convencer a Khol.

El tiefling observó las alturas, estudió las ramas y comenzó a trepar. Si realmente existía algo valioso en la sección posterior de La Diosa Estelar, quizá también encontrarían mapas, diarios o información que pudiera conducirlos hasta Omu. Sin embargo, cuando alcanzó una posición más elevada descubrió algo que desde el suelo había sido imposible distinguir.

Un nido.

Y dentro de él descansaba una criatura enorme.

Khol intentó continuar sin hacer ruido, pero aquella vez la fortuna decidió abandonarlo. Una de las estructuras deterioradas cedió bajo su peso y un fuerte crujido recorrió los árboles. Varias ramas se quebraron y fragmentos de madera cayeron hacia el suelo.

Los enormes ojos de la criatura se abrieron.

"Oh..." murmuró Khol.

Desde el nido se levantó una gigantesca bestia alada. Sus alas se extendieron entre las ramas y un chillido ensordecedor recorrió la jungla. El animal, semejante a un enorme pterodáctilo, se interpuso inmediatamente entre el tiefling y su nido mientras golpeaba violentamente las ramas con sus alas.

Badriel desenvainó su arma desde abajo.

"¡Khol, baja!"

"¡Eso estaba intentando!"

Khol descendió tan rápido como pudo mientras la criatura defendía furiosamente su territorio. Ozul preparó el arco por si debía cubrir su retirada, Umi llevó una mano hasta Imu y Torik comenzó a preparar sus plegarias. Sin embargo, Azaka comprendió inmediatamente que enfrentarse a una criatura semejante sobre las copas de los árboles sería una locura.

"¡Nos vamos! ¡Ahora!"

Nadie discutió.

El grupo abandonó los restos de La Diosa Estelar y comenzó a correr entre la vegetación mientras los chillidos de la enorme criatura resonaban detrás de ellos. Ramas y hojas golpeaban sus rostros, las raíces dificultaban cada paso y durante varios minutos nadie pensó en otra cosa que no fuera poner la mayor distancia posible entre ellos y aquel nido.

Y ese fue precisamente el problema.

Habían huido sin observar hacia dónde corrían.

Azaka fue la primera en detenerse.

El suelo tembló.

Una rama se quebró en algún lugar delante de ellos.

Luego otra.

Ozul levantó lentamente la mirada.

Dos gigantescas cabezas aparecieron entre la vegetación.

Tiranosaurios Rex.

Los enormes depredadores avanzaron entre los árboles apartando ramas y pequeños troncos con sus cuerpos. Sus mandíbulas eran suficientemente grandes como para partir a un hombre en dos y cada una de sus pisadas hacía vibrar el suelo bajo los pies del grupo. Durante un segundo eterno, aventureros y bestias simplemente se observaron.

"No corran..." susurró Ozul.

Uno de los tiranosaurios rugió.

"¡CORRAN!" gritó Khol.

No hubo tiempo para preparar una estrategia. El primero de los Tiranosaurios Rex cargó directamente contra ellos y la batalla comenzó en medio del caos. Badriel intentó adelantarse para contener a la criatura, pero incluso para el paladín enfrentarse a semejante masa de músculos y dientes resultaba una perspectiva aterradora. Umi desenvainó Imu y se colocó a su lado mientras Ozul buscaba desesperadamente una posición desde la cual disparar sin quedar al alcance de aquellas mandíbulas.

Azaka conocía demasiado bien a aquellas criaturas. "¡No se queden juntos! ¡Si nos encierran entre los dos estamos muertos!" gritó mientras intentaba atraer la atención de uno de los depredadores hacia un costado.

Khol desapareció entre la vegetación buscando un ángulo desde donde atacar sin convertirse en la siguiente presa, mientras Torik levantaba su símbolo de Chauntea intentando mantener al grupo con vida. Pero habían llegado al encuentro desordenados, agotados por la huida y sin ninguna posición defensiva.

El primer ataque fue devastador.

Una de las enormes bestias se abalanzó sobre Torik. El enano apenas alcanzó a reaccionar antes de que las gigantescas mandíbulas se cerraran sobre él. El golpe lo levantó del suelo como si su pesada armadura no significara nada.

"¡TORIK!" gritó Umi.

El cuerpo del clérigo golpeó violentamente el suelo.

No se levantó.

Por un instante, todo pareció detenerse.

Badriel miró hacia el cuerpo inmóvil de su compañero y después hacia el tiranosaurio que volvía a girarse. Umi apretó ambas manos alrededor de Imu. Ozul tensó el arco. Khol apareció entre las sombras con Silencio preparado. Azaka se interpuso entre el segundo depredador y el resto del grupo.

Dos Tiranosaurios Rex.

Torik inconsciente.

Y el combate apenas acababa de comenzar.
domingo 12 de octubre del 2025

Tras el Rastro de los Muertos

El 23 de Elesias encontró al grupo exactamente donde había terminado la jornada anterior: en medio de la jungla de Chult, atrapado entre dos enormes Tiranosaurios Rex y con Torik tendido inconsciente sobre el suelo. La batalla parecía perdida antes de haber comenzado realmente. Las dos criaturas irrumpían entre la vegetación como fuerzas de la naturaleza, arrancando ramas con el lomo y haciendo temblar la tierra bajo cada una de sus pisadas. Badriel y Umi intentaban mantenerlas alejadas del clérigo caído, pero incluso sus armaduras parecían insignificantes frente a aquellas mandíbulas capaces de triturar huesos. Azaka se desplazaba alrededor de una de las bestias buscando obligarla a girar, mientras Khol aprovechaba cada tronco y cada sombra para mantenerse fuera de su alcance. Si Torik no recuperaba la conciencia pronto, todos sabían que la situación podía terminar de la peor manera.

Fue Ozul quien vio una posibilidad. Mientras uno de los tiranosaurios perseguía a Umi y el otro intentaba alcanzar a Azaka, el explorador desapareció entre la maleza, rodeando a las criaturas para aproximarse al cuerpo del clérigo desde un ángulo seguro. Una enorme cola pasó a pocos metros de él y destrozó un arbusto entero, pero Ozul no se detuvo. Se arrodilló junto a Torik, comprobó que aún respiraba y puso una mano sobre su pecho. "Todavía no te toca, viejo." Recurriendo a la magia de curación que había aprendido durante sus viajes, invocó Curar Heridas. Una tenue energía recorrió el cuerpo del enano y, después de unos segundos que parecieron eternos, Torik abrió los ojos.

"¿Ganamos?" murmuró el clérigo.

Ozul miró por encima del hombro justo cuando uno de los tiranosaurios rugía con tal fuerza que las hojas de los árboles parecieron estremecerse.

"No exactamente."

La recuperación de Torik cambió el combate. Todavía dolorido, el enano consiguió incorporarse y de inmediato comenzó a ayudar a sus compañeros. Sus plegarias a Chauntea se sucedieron una tras otra mientras intentaba mantenerlos en pie. Badriel recibió una brutal embestida que lo obligó a retroceder varios metros, pero volvió a colocarse frente a la criatura con el espadón preparado. Umi, cubierta de barro y sangre, levantó Imu y volvió a entrar en combate. "Harder." Las llamas envolvieron la hoja y la guerrera atacó las patas de una de las enormes bestias, obligándola a girarse hacia ella.

El segundo Tiranosaurio Rex cargó contra Azaka. La guía intentó apartarse, pero las mandíbulas se cerraron violentamente sobre ella y por un instante el grupo pensó que había muerto. La mujer cayó al suelo casi sin fuerzas. Torik reaccionó levantando su símbolo sagrado y enviando hacia ella la energía de Chauntea, mientras Khol aprovechaba que la criatura estaba distraída para deslizarse por uno de sus costados. "Congelar." El frío cubrió Silencio y el tiefling hundió el estoque entre las escamas de la criatura antes de apartarse justo cuando la enorme cabeza intentó atraparlo.

Ozul volvió a ponerse en pie y tomó distancia. Cada vez que encontraba un espacio entre los árboles, disparaba. Sus flechas buscaban los ojos, el cuello y cualquier zona que pareciera menos protegida. Azaka, apenas recuperada gracias a la magia de Torik, volvió a incorporarse con una mezcla de dolor y rabia. Ya había enfrentado antes a criaturas semejantes, y quizá por eso fue ella quien gritó: "¡No intenten resistir sus embestidas! ¡Háganlos girar! ¡Oblíguenlos a perseguirnos!" El grupo comenzó a moverse entonces como una sola unidad. Badriel atraía a una criatura hacia terreno más cerrado, Khol atacaba desde sus puntos ciegos, Ozul castigaba desde lejos, Torik mantenía con vida a quienes recibían las heridas más graves, mientras Umi y Azaka aprovechaban cada apertura para golpear con toda la fuerza que les quedaba.

La batalla se prolongó mucho más de lo que cualquiera habría querido. El suelo terminó convertido en barro bajo sus pies y el aire se llenó del olor a sangre, vegetación aplastada y carne quemada por Imu. El primero de los tiranosaurios cayó después de una sucesión de ataques coordinados. Su enorme cuerpo se desplomó entre los árboles con un impacto que hizo temblar el terreno. El segundo respondió con un rugido ensordecedor y atacó con una ferocidad todavía mayor, pero ahora estaba solo. Badriel soportó una última embestida, Torik consiguió mantenerlo en pie, Khol abrió una herida bajo una de sus patas y Ozul clavó una flecha profundamente en el cuello de la bestia. Fue entonces cuando Umi se lanzó hacia delante. Imu descendió envuelta en llamas y el enorme depredador finalmente cayó.

Durante varios segundos ninguno de ellos dijo nada.

Habían sobrevivido.

A duras penas.

Azaka apenas podía mantenerse en pie, Torik seguía debilitado por haber caído inconsciente, y prácticamente todos cargaban heridas que necesitaban atención. Pero los dos Tiranosaurios Rex yacían inmóviles entre los árboles. Khol contempló a las criaturas y negó lentamente con la cabeza. "La próxima vez que huyamos de algo, propongo mirar hacia dónde estamos corriendo." Nadie tuvo fuerzas para discutirle.

Cuando recuperaron el aliento apareció una nueva decisión. A poca distancia seguían encontrándose los restos de La Diosa Estelar. Ozul había logrado descubrir información importante antes de que la criatura alada los obligara a abandonar el lugar, y según los registros que alcanzó a revisar, la parte posterior de la aeronave guardaba documentos y objetos de valor. Sin embargo, regresar significaba acercarse otra vez al nido de aquella gigantesca bestia, y esta vez el grupo estaba considerablemente más herido que antes. La discusión se extendió durante varios minutos. Badriel consideraba que no podían ignorar una posible pista sobre Omu, Ozul insistía en que la información de la nave podía justificar el riesgo, mientras Torik recordaba que otra batalla podía acabar con ellos. Finalmente decidieron someterlo a votación.

Regresarían.

La condición era sencilla: permanecerían juntos, actuarían con cautela y evitarían combatir si existía cualquier alternativa.

Sin embargo, cuando volvieron a aproximarse a los restos de La Diosa Estelar, comprendieron que algo había cambiado.

Antes incluso de ver la nave, escucharon sonidos provenientes de aquella zona. No eran los chillidos de la criatura que habitaba allí, sino órdenes, pasos y el arrastre de muchos cuerpos moviéndose de manera coordinada. El grupo redujo el ritmo y avanzó con extremo cuidado hasta encontrar un punto desde el cual observar.

La escena que descubrieron resultaba mucho más inquietante que la criatura alada.

Alrededor de los restos de la aeronave se encontraban unos ocho Yuan-ti. Pero no estaban solos. Tras ellos aguardaban más de cuarenta muertos vivientes.

No se desplazaban como los cadáveres erráticos con los que habían luchado tantas veces en la jungla. Aquellos muertos permanecían ordenados en filas, silenciosos, inmóviles, como soldados esperando una orden. Algunos llevaban armas oxidadas; otros vestían restos de armaduras casi destruidas por el tiempo. La formación recordaba más a un ejército que a una horda.

Entre los Yuan-ti destacaban tres figuras.

Dos parecían actuar como lugartenientes, dando órdenes y moviéndose entre las filas de muertos. Pero incluso ellos guardaban distancia ante el tercero.

El líder poseía el largo cuerpo serpentiforme característico de algunos de los Yuan-ti, mientras que desde la cintura hacia arriba conservaba una apariencia humanoide. Parte de su cuerpo estaba cubierta por vendas, y sobre ellas llevaba una pesada prenda ceremonial decorada con motivos que recordaban llamas. Había algo diferente en aquella criatura. No necesitaba levantar la voz ni realizar gestos violentos para hacerse obedecer. Los demás simplemente reaccionaban ante su presencia.

Azaka observó la escena con el rostro endurecido. "Eso no es una patrulla."

Badriel siguió con la mirada las interminables filas de cadáveres. "Es un ejército."

En el centro del claro se encontraba la enorme criatura alada que el día anterior había expulsado al grupo. Esta vez estaba rodeada. Los Yuan-ti la habían atrapado.

La bestia intentaba defender su nido, golpeando el suelo con las alas y lanzando chillidos desesperados, pero estaba completamente superada. Flechas, lanzas y ataques de los muertos vivientes la acosaban desde todas direcciones. Los Yuan-ti parecían disfrutar de la situación. No buscaban simplemente matar al animal: lo hostigaban, lo obligaban a retroceder y prolongaban deliberadamente su sufrimiento.

Entonces llegaron hasta el nido.
Los huevos.
Uno de los reptiles los destruyó.
Luego otro.

Los chillidos de la criatura se volvieron todavía más desesperados.
Ozul apretó los dientes mientras observaba desde la vegetación. Había aprendido durante años a convivir con las criaturas salvajes y comprendía perfectamente lo que estaba viendo. Aquella bestia no había atacado al grupo por crueldad. Había defendido a sus crías.

Ahora no podía hacerlo.
Los Yuan-ti terminaron matándola junto a los restos de su nido.
"No necesitaban hacer eso..." murmuró Ozul.

Umi permaneció en silencio, con una mano sobre Imu. Badriel tampoco apartó la mirada. A pesar de todo, enfrentarse a más de cuarenta muertos vivientes y ocho Yuan-ti después de haber sobrevivido apenas al combate contra los tiranosaurios sería un suicidio.

Los reptiles comenzaron entonces a registrar La Diosa Estelar. Subieron por sus restos, abrieron compartimentos y recuperaron todo aquello que consideraban de valor. Cofres, objetos, bolsas y documentos desaparecieron entre las manos de sus soldados. Desde su escondite, el grupo solo pudo observar.

Khol suspiró. "Definitivamente deberíamos haber subido más rápido ayer."
Pero todavía necesitaban saber qué estaba ocurriendo.
El tiefling decidió acercarse.

Moviéndose entre los arbustos y las raíces, Khol logró reducir la distancia hasta quedar lo suficientemente cerca como para observar mejor al extraño líder y a sus seguidores. Durante algunos minutos todo funcionó perfectamente.

Hasta que una rama cedió bajo su pie. Uno de los Yuan-ti giró inmediatamente la cabeza. Sus ojos se encontraron con los del tiefling. "Intruso."

Decenas de cabezas se volvieron hacia él.

Khol apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la formación entera comenzara a moverse. Los muertos vivientes rompieron filas y se abalanzaron hacia la vegetación mientras varios Yuan-ti comenzaban a rodearlo.

"Bueno..." murmuró el tiefling. "Esto podría haber salido mejor."
No podía enfrentarlos.

Así que decidió engañarlos. Khol recurrió a la magia innata de su sangre infernal y creó una ilusión entre los árboles. Una figura idéntica a él apareció corriendo en dirección contraria, apartando ramas y desapareciendo entre la espesura. Los primeros muertos vivientes cambiaron inmediatamente de dirección y varios Yuan-ti siguieron el señuelo.

Al mismo tiempo, el verdadero Khol se internó silenciosamente entre la vegetación.
La ilusión continuó avanzando. La horda la persiguió... Y el tiefling desapareció.

Durante largos minutos, el resto del grupo permaneció oculto sin saber si su compañero había logrado escapar. Finalmente, Khol apareció entre los árboles detrás de ellos.

Badriel lo miró. "¿Funcionó?"

Desde la distancia todavía podían escucharse decenas de criaturas persiguiendo algo que no existía.
Khol sonrió. "Por supuesto."

Esperaron hasta que los sonidos desaparecieron completamente. Los Yuan-ti reorganizaron la marcha y abandonaron el lugar junto a la enorme columna de muertos vivientes. El extraño líder serpentiforme se retiró acompañado por sus dos lugartenientes, dejando detrás únicamente los restos saqueados de La Diosa Estelar y el cadáver de la criatura que había intentado proteger su nido.

Aquella escena confirmó algo que ya habían comenzado a sospechar desde encuentros anteriores: los Yuan-ti y los muertos vivientes no eran amenazas independientes. Existía algún vínculo entre ellos. Alguien estaba organizando a los muertos de Chult y utilizándolos como un ejército.

Cuando estuvieron seguros de que los enemigos se habían marchado, el grupo volvió a los restos de La Diosa Estelar. Esta vez pudieron inspeccionarlos sin ser atacados, pero llegaron demasiado tarde para recuperar la mayor parte de sus objetos. Los Yuan-ti se habían llevado prácticamente todo aquello que parecía valioso. Aun así, entre maderas rotas, cajones volcados y papeles descartados encontraron algo quizás más importante que el oro: los registros de la expedición.

Los documentos identificaban definitivamente la aeronave como La Diosa Estelar, una nave construida en el misterioso reino mágico de Halruaa, una nación humana situada al sur de Faerûn y famosa por el extraordinario dominio de la magia de sus habitantes. Los textos explicaban que los halruaanos habían desarrollado grandes navíos capaces de desplazarse por los cielos mediante poderosas artes arcanas, haciendo de las corrientes de aire sus rutas del mismo modo que otros pueblos utilizaban los océanos.

La Diosa Estelar había sido enviada hacia Chult poco después de que comenzaran a difundirse noticias sobre la Maldición de la Muerte. Su misión consistía en cartografiar regiones prácticamente desconocidas de la península y reunir cualquier indicio que pudiera explicar aquel fenómeno. Los responsables de la expedición habían considerado que explorar desde el aire les permitiría evitar la mayor parte de los dinosaurios, muertos vivientes y demás peligros de la selva.

Se habían equivocado.

Los diarios describían cómo una gran bandada de pterafolk, reptiles humanoides capaces de volar y conocidos por su ferocidad, había atacado la aeronave mientras cruzaba el interior de Chult. Las criaturas descendieron desde diferentes direcciones, dañaron sus estructuras y obligaron a la tripulación a combatir mientras intentaba mantener la nave en el aire. Finalmente, La Diosa Estelar perdió altura y se precipitó sobre la jungla, partiéndose en tres grandes secciones al quedar atrapada entre las copas de los árboles.

Sin embargo, entre aquellos registros había dos investigaciones que hicieron olvidar momentáneamente al grupo las heridas y el cansancio.

La primera llevaba un nombre. Ras Nsi.

El documento había sido elaborado por investigadores halruaanos a partir de antiguas crónicas chultanas:

"Investigación histórica — Ras Nsi."

"Las fuentes más antiguas consultadas describen a Ras Nsi como uno de los barae de Mezro, elegidos bendecidos por Ubtao para servir como protectores de la ciudad. A diferencia de otros guardianes, Ras Nsi parece haber desarrollado una interpretación particularmente extrema de su deber. Allí donde veía una amenaza contra Mezro, respondía con una violencia cuya magnitud terminó convirtiéndolo en una figura temida incluso entre aquellos a quienes decía proteger."


Torik detuvo la lectura.
"¿Un elegido de Ubtao?"

Azaka asintió lentamente.
"Los barae eran más que simples guerreros. En las historias antiguas eran los protectores de Mezro."

El documento continuaba.

"Diversos testimonios atribuyen a Ras Nsi un extraordinario dominio sobre los muertos. Con el paso de los años reunió ejércitos de cadáveres y los utilizó para combatir a quienes consideraba enemigos de Mezro. Algunas fuentes hablan de columnas de muertos recorriendo Chult bajo sus órdenes, una imagen que todavía aparece en relatos transmitidos por pueblos de la región."


Todos miraron a Khol.
Después hacia el sendero por donde acababa de marcharse el ejército.
Nadie necesitó decir nada.

"Finalmente, los métodos de Ras Nsi provocaron su caída. Las crónicas indican que perdió el favor de aquellos a quienes juró servir y terminó apartado de Mezro. Lo ocurrido posteriormente resulta incierto. Algunos registros sostienen que continuó recorriendo Chult; otros aseguran que desapareció en las regiones interiores. No existen fuentes suficientemente confiables para determinar su destino."

"Conclusión provisional: si los relatos sobre ejércitos de muertos en el interior de Chult son ciertos, recomendamos investigar cualquier posible conexión con el legado de Ras Nsi."


Badriel volvió lentamente la mirada hacia la jungla. "Más de cuarenta muertos caminando en formación."

Khol tocó inconscientemente la empuñadura de Silencio. "Eso empieza a parecer una conexión."

El segundo documento era todavía más extraño.

Hablaba de Omu.

Y de los llamados Nueve Dioses Tramposos.

Según la investigación halruaana, después de que Ubtao abandonara a los pueblos de Chult, diferentes espíritus comenzaron a ocupar el vacío espiritual que había dejado el antiguo dios. En Omu, nueve de aquellas entidades adquirieron una importancia especial. No eran dioses en el mismo sentido que Ubtao, sino poderosos espíritus asociados a animales y a diferentes virtudes, defectos e impulsos.

Los registros nombraban a Ijin, el inquieto espíritu del almiraj; Kubazan, asociado al poderoso froghemoth; Moa, representado por un jaculi; Nangnang, vinculada a los grung; Obo'laka, relacionada con el cauteloso zorbo; Papazotl, representado por los eblis; Shagambi, asociada a los kamadan; Unkh, vinculada al extraño caracol mayal; y Wongo, representado por los su-monsters.

El texto señalaba que las antiguas tradiciones de Omu describían a aquellas nueve entidades como rivales. Sus personalidades eran diferentes, sus enseñanzas se contradecían y las historias sobre ellos estaban llenas de competencias, engaños y disputas. De allí habría surgido el nombre de Dioses Tramposos.

"Resulta difícil determinar hasta qué punto estos seres fueron auténticas divinidades o poderosos espíritus venerados localmente. Sin embargo, todas las fuentes coinciden en que su culto terminó profundamente ligado a la historia de Omu."


Torik permaneció varios segundos observando los nombres.

"Ubtao abandona Chult... aparecen nueve nuevos dioses en Omu... y ahora todo parece conducirnos a esa ciudad."

Ozul tomó uno de los documentos. "Y los Yuan-ti también están buscando algo."

Umi miró hacia la dirección por la que se había marchado la columna. "Entonces tenemos una forma de averiguarlo." Seguirlos.

La propuesta no gustó especialmente a nadie, pero todos comprendían la lógica. Habían visto a los Yuan-ti junto a muertos vivientes en más de una ocasión. Ahora poseían documentos antiguos que hablaban de un hombre capaz de dirigir ejércitos de cadáveres y de una ciudad perdida que Valindra consideraba relacionada con la Maldición de la Muerte. Los fragmentos comenzaban lentamente a formar una imagen, aunque todavía faltaban demasiadas piezas.

A pesar de las heridas, decidieron seguir el rastro.
No era difícil.

Más de cuarenta muertos vivientes atravesando la jungla dejaban un camino evidente. Vegetación aplastada, barro removido y ramas partidas señalaban claramente la dirección de aquella columna. Azaka y Ozul encabezaron la persecución, manteniendo suficiente distancia para evitar ser detectados. El grupo avanzó durante el resto del 23 de Elesias, deteniéndose únicamente cuando necesitaron descansar y atender las heridas que todavía arrastraban de los combates anteriores.

La mañana del 24 de Elesias continuaron tras ellos.

Pero algo había cambiado. Las huellas se volvían extrañas. Ozul se agachó junto al terreno y examinó las marcas. "Se detuvieron."

Azaka observó la vegetación. No le gustó lo que veía. "Y después comenzaron a dispersarse."

Khol comprendió antes que nadie. "Saben que los seguimos."

Un siseo surgió entre los árboles.
Después otro.

Los aventureros se giraron.
A lo lejos comenzaron a aparecer figuras entre la vegetación.

Primero muertos vivientes.
Luego Yuan-ti.
No habían perdido el rastro.

Habían permitido que los siguieran.... La jungla estalló en movimiento.

La horda comenzó a cerrarse sobre ellos desde diferentes direcciones mientras los Yuan-ti aparecían entre árboles y lianas. El grupo comprendió inmediatamente que combatir era imposible. No contra aquella cantidad.

Badriel miró a sus compañeros. "¡Nos retiramos!"
Umi apretó los dientes. "Otra vez..."
"Esta vez no es retirarse" respondió Azaka, mientras señalaba un estrecho paso entre la vegetación. "¡Es sobrevivir!" No necesitaron más argumentos. Corrieron.

Ozul tomó la delantera buscando una ruta entre los árboles. Azaka permaneció cerca de él, guiando al grupo lejos de las zonas donde podían quedar atrapados. Torik avanzaba todo lo rápido que le permitían sus cortas piernas y su pesada armadura, mientras Badriel se mantenía cerca para evitar que los muertos alcanzaran al clérigo. Umi corría con Imu preparada por si alguna criatura conseguía aproximarse demasiado. Khol, todavía con el collar de comunicación entregado por Valindra alrededor del cuello, miró hacia atrás.

Decenas de muertos vivientes atravesaban la jungla tras ellos.
Entre los cadáveres podían distinguirse las figuras serpentinas de los Yuan-ti.

Y en algún lugar detrás de aquella multitud podía encontrarse el misterioso líder que habían visto junto a La Diosa Estelar.

"¡Más rápido!" gritó Khol.

Las ramas golpeaban sus rostros. Las raíces intentaban atraparlos. Detrás de ellos resonaban pasos, siseos y el avance interminable de los muertos.

Esta vez no estaban siguiendo a los Yuan-ti.
Los Yuan-ti los estaban cazando.
domingo 11 de enero del 2026

La Máscara de las Bestias

La jungla se convirtió en una carrera por sobrevivir. Los aventureros huyeron a toda velocidad entre raíces, helechos gigantes y árboles tan espesos que apenas dejaban pasar la luz del día, mientras detrás de ellos resonaba el avance incansable de los Yuan-ti y de aquella columna de muertos vivientes. No importaba cuánto aumentaran el ritmo: cada cierto tiempo podían escuchar ramas quebrándose, siseos entre la maleza o el sonido de decenas de cuerpos avanzando sin cansancio. Para los muertos no existía el agotamiento, pero para ellos sí. Torik todavía arrastraba las heridas sufridas contra los Tiranosaurios Rex; Azaka y Badriel estaban lejos de haberse recuperado por completo; incluso Umi, normalmente capaz de soportar jornadas agotadoras, comenzaba a sentir el peso de tantos días de combate. Khol miraba constantemente sobre su hombro y Ozul intentaba seguir el ritmo de Azaka mientras ambos buscaban desesperadamente una ruta que pudiera alejarlos de sus perseguidores. "¡Por aquí!" gritó Azaka finalmente.

La guía abandonó el sendero y comenzó a ascender por una pendiente cubierta de vegetación. No había tiempo para preguntar hacia dónde los conducía. El grupo simplemente la siguió. Durante horas avanzaron subiendo entre rocas resbaladizas, antiguas escalinatas ocultas bajo raíces y estructuras parcialmente derrumbadas, hasta que la vegetación comenzó a revelar los restos de una antigua construcción chultana. Se trataba de unas ruinas elevadas sobre una formación rocosa, quizá un viejo observatorio o un lugar desde el cual los habitantes de aquellas tierras habían contemplado alguna vez los cielos. Varias columnas aún permanecían en pie y en el punto más alto podía distinguirse una plataforma circular rodeada por muros quebrados. Desde allí la jungla se extendía ante ellos como un inmenso océano verde.

Cuando finalmente llegaron a la parte superior, ninguno tenía fuerzas para continuar corriendo. Pasaron varios minutos escuchando, pero no oyeron nada. Badriel apoyó por un instante las manos sobre las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. "Creo que los perdimos." Khol miró hacia el camino por el que habían llegado. "Después de todo lo que hemos vivido, me gustaría recomendar que dejemos de decir frases como esa."

Por desgracia, tenía razón. Un siseo surgió desde la pendiente y después otro. Ozul se asomó cuidadosamente entre las ruinas. "No los perdimos." Habían conseguido dejar atrás a una parte de la horda, pero no a toda. Entre la vegetación comenzaron a aparecer cadáveres avanzando lentamente por las antiguas escaleras. Detrás de ellos se deslizaban varios Yuan-ti. Quizá no eran los más de cuarenta enemigos que habían perseguido al grupo inicialmente, pero seguían siendo demasiados para unos aventureros agotados y heridos.

Azaka buscó otra salida, pero no la había. Detrás de las ruinas solo existía una abrupta caída cubierta de vegetación y roca. Frente a ellos, el único camino descendente comenzaba a llenarse de enemigos. Estaban atrapados. Umi desenvainó Imu y observó a sus compañeros. "Entonces dejamos de correr." Badriel levantó su espadón. "Y hacemos que subir hasta aquí les cueste caro."

Los primeros muertos vivientes alcanzaron la plataforma y la batalla comenzó. Torik fue el primero en reaccionar. El clérigo levantó el símbolo de Chauntea mientras los cadáveres avanzaban entre las columnas derruidas. "¡Que la tierra reclame aquello que le pertenece!" El poder divino estalló desde él y varios muertos retrocedieron aterrorizados ante Expulsar Muertos Vivientes. Algunos tropezaron con quienes venían detrás y por unos instantes la estrecha entrada hacia las ruinas se convirtió en un caos de cuerpos.

Aquellos segundos fueron suficientes. "Harder." Las llamas despertaron sobre Imu. Umi cargó directamente contra la primera línea. El espadón descendió envuelto en fuego y derribó al primero de los cadáveres antes de girar inmediatamente contra otro. La estrechez del camino jugaba a favor del grupo: los enemigos no podían rodearlos fácilmente y la guerrera convirtió la entrada de las ruinas en un muro de acero y fuego. Badriel se colocó junto a ella. "Tú a la izquierda." Umi respondió sin dejar de combatir: "Ya estaba a la izquierda." "Entonces quédate ahí."

Las espadas chocaron contra armas oxidadas mientras ambos mantenían la posición. Cada vez que un muerto viviente conseguía superar la defensa de uno, el otro lo interceptaba. Pero los Yuan-ti no tenían intención de atacar de frente. Desde posiciones inferiores comenzaron a lanzar flechas y proyectiles entre las ruinas, obligando al grupo a buscar cobertura tras columnas y fragmentos de muros.

Ozul comprendió inmediatamente el peligro. El semielfo escaló una sección parcialmente derruida del antiguo observatorio hasta alcanzar una posición más elevada. Desde allí podía ver tanto a sus compañeros como a los arqueros enemigos. Tensó su arco y esperó. Una flecha Yuan-ti salió entre la vegetación, Ozul siguió su trayectoria y disparó hacia el lugar de origen. Un siseo de dolor confirmó el impacto. "Uno menos disparando."

Khol utilizaba una estrategia diferente. Mientras Umi y Badriel mantenían ocupados a los enemigos, el tiefling se desplazaba entre las sombras de las ruinas. Aparecía detrás de un cadáver, atacaba y desaparecía antes de que los demás consiguieran reaccionar. Cuando un Yuan-ti consiguió alcanzar la plataforma y se lanzó contra Torik, Khol interceptó su movimiento. "Congelar." El frío recorrió Silencio. La hoja atravesó las defensas de la criatura y la escarcha se extendió sobre sus escamas. "El enano ya ha sido mordido suficiente por esta semana." "Agradecido" respondió Torik mientras recuperaba la posición.

Azaka se movía por el borde del combate intentando impedir que los enemigos encontraran una segunda ruta hacia la plataforma. Conocía la jungla, conocía el terreno y sabía perfectamente lo que ocurriría si conseguían rodearlos. Cada ataque suyo estaba destinado menos a matar que a controlar el campo de batalla: derribaba enemigos hacia las escaleras, cortaba avances y obligaba a los Yuan-ti a concentrarse en ella.

Durante unos instantes pareció posible. Entonces el suelo tembló. Fue apenas una vibración, una pequeña sacudida entre las piedras, y nadie le dio demasiada importancia. La batalla continuó. Los muertos seguían ascendiendo. Badriel recibió un golpe en el costado, Umi comenzó a acumular cortes sobre su armadura y Torik debía alternar constantemente entre atacar y utilizar sus poderes para mantener al grupo en pie. El aire se había llenado del olor a sangre, fuego y humedad.

El suelo volvió a temblar, esta vez con más fuerza. Ozul perdió por un instante el equilibrio sobre la estructura. "¿Sintieron eso?" Un nuevo temblor recorrió las ruinas. Azaka dejó de combatir durante una fracción de segundo y su expresión cambió. "Eso no es la montaña." Algo enorme estaba acercándose, pero no había tiempo para descubrir qué. Un Yuan-ti saltó sobre Badriel y el paladín apenas alcanzó a bloquearlo. Khol quedó atrapado entre dos muertos vivientes, mientras Torik intentaba alcanzar a Umi para cerrar una profunda herida provocada por una lanza.

Entonces llegó el rugido. No uno. Cuatro. El sonido atravesó la jungla y por un instante incluso los Yuan-ti dejaron de avanzar. Los árboles comenzaron a moverse violentamente en la parte inferior de las ruinas hasta que una enorme cabeza apareció entre ellos, después otra, luego una tercera y finalmente una cuarta. Cuatro Tiranosaurios Rex irrumpieron en el campo de batalla.

La llegada de aquellas bestias transformó el combate en puro caos. Uno de los enormes depredadores atrapó inmediatamente a un muerto viviente entre sus mandíbulas y lo sacudió como si no pesara nada. Otro embistió contra varios enemigos y los lanzó fuera del sendero. Pero aquellos animales no distinguían entre Yuan-ti, muertos o aventureros. Para ellos todos eran presas. "Perfecto..." murmuró Khol. "Porque la última vez nos fue estupendo con dos."

Ozul vio una oportunidad. Quizá todavía podían evitar aquella masacre. El explorador guardó momentáneamente su arco y extendió las manos intentando establecer una conexión con las gigantescas criaturas. Invocó su magia y pronunció Hablar con los Animales, intentando hacer que su voz atravesara el instinto salvaje de los dinosaurios. "¡No somos sus enemigos!" Una de las criaturas giró la cabeza hacia él y durante un segundo Ozul creyó que había funcionado. "Ataquen a las serpientes. Nosotros nos iremos."

El Tiranosaurio Rex rugió y cargó directamente contra él. "Eso es un no." Ozul apenas logró apartarse del primer ataque, pero la enorme cabeza lo alcanzó de costado. El impacto lo lanzó contra una de las paredes de piedra. El explorador cayó violentamente al suelo y durante unos segundos apenas pudo respirar. "¡OZUL!" gritó Torik. El semielfo seguía consciente, pero por muy poco.

El caos se volvió absoluto. Los Tiranosaurios Rex atacaban todo cuanto se movía. Los muertos vivientes se lanzaban contra ellos sin miedo alguno, mientras los Yuan-ti intentaban reorganizarse. Umi tuvo que rodar por el suelo para evitar una enorme mandíbula. Badriel arrastró a Ozul detrás de una columna mientras Torik corría hacia ellos. "¡Mírame!" ordenó el clérigo al explorador. "Estoy mirando..." respondió Ozul. "Eso es buena señal." Torik comenzó a canalizar magia curativa sobre él mientras Khol aparecía junto a ambos. "¿Puedes correr?" Ozul intentó incorporarse. "Puedo intentarlo."

Pero no había ningún lugar hacia donde correr. La salida seguía ocupada por enemigos. Los dinosaurios habían convertido la batalla en una carnicería, pero incluso aquello no garantizaba que los aventureros sobrevivieran. Uno de los Tiranosaurios Rex atrapó a un Yuan-ti y lo lanzó violentamente contra las ruinas, mientras otro se abalanzaba sobre Azaka. La guía logró apartarse por centímetros y rodó por el suelo.

Cuando levantó la mirada, vio a sus compañeros. Badriel estaba herido, Torik apenas conseguía sostener a Ozul, Umi intentaba mantener alejados a varios muertos y Khol buscaba desesperadamente una salida. Frente a ellos, cuatro enormes depredadores destrozaban todo a su paso.

Fue entonces cuando Azaka tomó una decisión. Su mano buscó algo entre sus pertenencias: un objeto que el grupo conocía demasiado bien. La Máscara de las Bestias, la misma reliquia que habían recuperado para ella en las ruinas del Campamento Justicia. "Azaka..." murmuró Ozul. La mujer no respondió. Se colocó la máscara.

Durante un instante no ocurrió nada. Después, los antiguos grabados de madera comenzaron a emitir un tenue resplandor. Azaka cerró los ojos y extendió ambas manos. "Escúchenme..." La magia de la Máscara de las Bestias se extendió por las ruinas.

Normalmente, aquel artefacto podía crear un vínculo entre su portador y las criaturas salvajes. Pero Azaka no estaba utilizando su poder de una manera normal. Lo estaba forzando. La primera de las criaturas se detuvo y su enorme cabeza giró hacia la guía. Después lo hizo otra, luego una tercera. Los cuatro Tiranosaurios Rex dejaron lentamente de atacar al grupo.

Azaka temblaba. Las manos le comenzaron a sangrar y la magia parecía atravesarla en lugar de simplemente fluir desde la máscara. "No..." murmuró mientras luchaba por mantener la concentración. "A ellos." Señaló a los Yuan-ti.

Uno de los tiranosaurios rugió y cargó. La criatura embistió contra la formación enemiga y lanzó varios muertos vivientes por los aires. Otro Tiranosaurio Rex atrapó a un Yuan-ti entre sus mandíbulas, mientras los dos restantes comenzaron a atacar la pendiente, dispersando a los cadáveres que todavía intentaban ascender. El campo de batalla cambió en segundos.

"¡Ahora!" gritó Azaka.

El grupo comprendió inmediatamente. No tenían que ganar; solo necesitaban una brecha. Badriel ayudó a Ozul a incorporarse mientras Torik continuaba enviando energía curativa hacia él. Khol encontró un espacio entre dos muros derruidos y saltó hacia la pendiente. "¡Por aquí!" Umi fue la última en abandonar la posición. Derribó a un muerto viviente y observó hacia Azaka. La guía seguía de pie con la máscara puesta, pero apenas. "¡Azaka!" "¡VAYAN!"

Uno de los dinosaurios rugió nuevamente y cargó contra un grupo de Yuan-ti. Umi retrocedió, pero se negó a dejarla atrás. "No te voy a dejar aquí." Azaka la miró; incluso detrás de la máscara podía percibirse el esfuerzo que estaba realizando. "Entonces ayúdame a caminar." Umi pasó uno de los brazos de la guía sobre sus hombros y ambas comenzaron a correr.

El grupo descendió por un lateral de las ruinas mientras detrás de ellos continuaba la batalla. Los rugidos de los Tiranosaurios Rex se mezclaban con los gritos de los Yuan-ti y el ruido de piedras derrumbándose bajo el peso de aquellas enormes criaturas. Khol encabezó el descenso, Ozul, todavía gravemente herido, avanzaba apoyándose ocasionalmente en Badriel, Torik corría detrás de ellos y Umi prácticamente cargaba a Azaka. Ninguno miró atrás.

Corrieron hasta que dejaron de escuchar gritos. Continuaron cuando los rugidos comenzaron a sonar lejanos y siguieron avanzando incluso después de que las piernas empezaran a negarles cada nuevo paso. Nadie supo cuánto tiempo había pasado, quizá horas, quizá menos. La jungla terminó tragándose los sonidos de la batalla hasta que finalmente se detuvieron y solo pudieron escuchar insectos, aves y sus propias respiraciones.

Estaban vivos.

Khol cayó sentado contra un árbol. "Esta vez sí voy a decirlo." Badriel levantó una mano. "No." "Creo que los perdimos." Durante un instante nadie respondió. Entonces Ozul comenzó a reír. Fue una risa agotada, dolorida y casi absurda. Torik terminó acompañándolo e incluso Umi dejó escapar una sonrisa. Habían sobrevivido a una horda de muertos, a los Yuan-ti y a cuatro Tiranosaurios Rex. Contra toda lógica, estaban a salvo. Los dinosaurios, ya lejos de la influencia de la máscara, habían comenzado a dispersarse nuevamente por la jungla.

Badriel se volvió hacia Azaka. "Creo que después de esto podemos aceptar oficialmente tu título de mata dinosaurios." La mujer no respondió. "¿Azaka?"

Sus piernas cedieron y Umi apenas consiguió atraparla antes de que golpeara el suelo. La Máscara de las Bestias cayó de su rostro. "¡TORIK!" El clérigo se arrodilló inmediatamente junto a ella y la sonrisa desapareció de todos. Azaka estaba inconsciente. Su respiración era débil, demasiado débil.

Torik colocó una mano sobre su pecho y comenzó a examinarla. No había una herida mortal. Aquello era diferente: su cuerpo estaba completamente agotado. La magia que había utilizado no había salido únicamente de la Máscara de las Bestias, sino también de ella. Había forzado el poder del artefacto más allá de sus límites y, cuando la magia de la máscara resultó insuficiente para someter a cuatro criaturas de semejante tamaño, había utilizado su propia fuerza vital para sostener el vínculo.

Ozul observó la máscara sobre el suelo. "Ella sabía lo que iba a pasar." Umi miró a la guía inconsciente. "Y lo hizo igual." Torik comenzó a invocar desesperadamente el poder de Chauntea. "Todavía está viva." Todos guardaron silencio mientras el clérigo comprobaba nuevamente su respiración. "Pero apenas."

La jungla volvió a parecer inmensa alrededor de ellos. Habían escapado, los Yuan-ti ya no los perseguían y los dinosaurios se habían marchado, pero la victoria había exigido un precio. Sobre las hojas húmedas descansaba la Máscara de las Bestias, el mismo objeto que meses atrás había llevado al grupo hasta unas antiguas ruinas para cumplir una promesa hecha a su guía, y junto a ella yacía Azaka Stormfang, la mujer que tantas veces los había conducido a través de los peligros de Chult y a quien habían comenzado a llamar La Mata Dinosaurios.

Esta vez había salvado a todos.

Y quizá aquello estuviera a punto de costarle la vida.
domingo 29 de marzo del 2026

Los Magos Rojos

La noche del 23 de Elesias cayó sobre la selva con una quietud que resultaba casi ofensiva después de todo cuanto habían vivido. Apenas unas horas antes, el grupo había huido de una batalla imposible contra los Yuan-ti, una horda de muertos vivientes y cuatro enormes Tiranosaurios Rex. Habían sobrevivido únicamente gracias al sacrificio de Azaka, quien había forzado el poder de la Máscara de las Bestias hasta conseguir someter momentáneamente a los dinosaurios y abrirles una vía de escape. Pero ahora su guía yacía inconsciente, respirando con dificultad, completamente ajena a las voces de sus compañeros. Torik había conseguido estabilizarla, aunque ni sus plegarias ni su experiencia podían determinar cuánto tardaría en despertar... o si llegaría a hacerlo.

No podían permanecer expuestos, de modo que improvisaron una camilla utilizando ramas resistentes, telas y parte de sus propios equipos. Umi y Badriel se turnaron para cargar a Azaka mientras Ozul buscaba un lugar relativamente protegido entre la espesura. Encontraron finalmente un pequeño claro rodeado por grandes raíces y árboles que podían ofrecer algo de cobertura. Allí levantaron la tienda de campaña, reforzándola cuanto pudieron contra la humedad, los insectos y cualquier criatura que pudiera acercarse durante la noche. No era un refugio seguro, apenas una fina barrera entre ellos y la inmensidad de Chult, pero después de tantas horas corriendo parecía casi un hogar.

Torik permaneció gran parte de la noche junto a Azaka, controlando su respiración y utilizando cuanto conocimiento curativo poseía para mantenerla estable. Ozul observaba frecuentemente a la guía desde la entrada de la tienda, preocupado. Habían recorrido juntos buena parte de aquella jungla y resultaba extraño verla tan inmóvil. Badriel intentaba mantener la confianza del grupo, aunque cada vez que miraba hacia ella su expresión se endurecía. Umi apenas hablaba; todavía recordaba el momento en que había tenido que cargar a Azaka mientras la magia de la máscara consumía sus últimas fuerzas. Por su parte, Khol intentó aliviar el ambiente con su habitual ironía: "Bueno... considerando que hoy no nos han mordido, aplastado ni sacrificado durante las últimas dos horas, creo que podemos considerarlo una mejora." Nadie respondió inmediatamente, pero después de unos segundos Ozul soltó una pequeña risa. Era poco, aunque bastó para aliviar por un instante la tensión.

La mañana siguiente trajo un nuevo problema. Azaka seguía sin despertar y las provisiones comenzaban a agotarse. Al revisar sus pertenencias descubrieron que apenas quedaban raciones. Quizá algunas se habían perdido durante las persecuciones de los días anteriores, quizá habían consumido más de lo previsto o simplemente habían subestimado cuánto tiempo permanecerían alejados de cualquier asentamiento. Fuera cual fuera la causa, ahora debían resolverlo. Con su guía inconsciente, desorientados en una de las regiones más peligrosas de Chult y con escasas provisiones, la supervivencia comenzaba a convertirse en un enemigo tan peligroso como cualquier monstruo.

Continuaron avanzando mientras buscaban alimentos. Ozul asumió gran parte de la responsabilidad, examinando plantas, frutos y rastros de animales mientras trataba de recordar lo que Azaka les había enseñado durante las semanas anteriores. Encontraron algunos frutos silvestres que parecían seguros y pequeñas raíces que podían cocinar, pero aquello apenas alcanzaba. Torik consiguió identificar también algunos insectos grandes que se escondían bajo troncos húmedos. Khol sostuvo uno entre los dedos y lo observó con evidente desconfianza. "Dime que esto no es la cena." Torik se encogió de hombros. "Tiene proteínas." El tiefling lo miró durante unos segundos antes de llevárselo a la boca. Su rostro pasó por varias expresiones difíciles de interpretar. "Viscosos..." murmuró mientras masticaba, antes de levantar una ceja. "...pero sabrosos." Incluso Umi terminó riéndose y, por un breve momento, en medio del cansancio y la preocupación, volvieron a sentirse como el grupo que había comenzado aquel viaje semanas atrás.

El día entero transcurrió entre vegetación interminable. Sin Azaka consciente para guiarlos, las distancias se volvieron difíciles de calcular y cada dirección parecía conducir hacia la misma sucesión de árboles, lianas y pantanos. Ozul hacía cuanto podía para mantener un rumbo coherente, pero incluso su experiencia como explorador encontraba dificultades en aquella jungla. Cuando cayó la noche levantaron nuevamente la tienda y reforzaron el perímetro con ramas y pequeñas alarmas improvisadas. El suelo estaba húmedo, irregular y cubierto por raíces. Todos extrañaban una cama, un techo verdadero y la posibilidad de dormir sin preguntarse qué criatura podía aparecer durante la noche. Pero, por encima de todo, extrañaban la voz de Azaka, sus advertencias y aquella seguridad con la que siempre parecía saber hacia dónde debían caminar.

Aquella noche, mientras los demás intentaban dormir, Khol realizó una de las guardias. Durante largo rato solo escuchó los sonidos habituales de Chult: insectos, animales nocturnos y el roce de hojas movidas por un viento que apenas alcanzaba el suelo. Entonces oyó algo diferente.

"Khol..."

El tiefling levantó la cabeza y miró hacia la tienda. Todos parecían dormir. La voz volvió a escucharse entre la vegetación. "Khol..." Provenía de la jungla. Se incorporó lentamente, con una mano sobre Silencio. "Si esto termina siendo otra anciana ofreciendo comida, juro que me retiro." No hubo respuesta. Solo volvió a escuchar su nombre.

La voz parecía lejana y cercana al mismo tiempo. Cada vez que intentaba localizarla, parecía desplazarse algunos metros entre los árboles. Khol avanzó con cautela. Primero unos pasos, luego algunos más. La tienda desapareció lentamente detrás de la vegetación. Había algo extraño en aquella llamada, algo que su mente reconocía como peligroso, pero que al mismo tiempo le impedía detenerse. El collar de comunicación que Valindra le había entregado en el Corazón de Ubtao parecía más pesado alrededor de su cuello. Una tenue sensación recorrió su mente y, poco a poco, sus propios pensamientos comenzaron a confundirse con una voluntad que no era la suya.

Cuando Khol no regresó, Ozul fue el primero en advertir su ausencia. Despertó a Badriel y ambos siguieron las huellas del tiefling. Durante los primeros minutos pudieron distinguir claramente su rastro, pero cuanto más avanzaban, más extraña parecía volverse la jungla. Los árboles se repetían. Los senderos regresaban sobre sí mismos. Un tronco que habían dejado atrás aparecía nuevamente frente a ellos. Badriel marcó uno de los árboles con su espada para comprobarlo y, después de varios minutos de avance, la misma marca apareció frente a ellos. "Esto no es natural" murmuró Ozul. "En Chult esa frase ha perdido bastante significado" respondió Badriel.

Intentaron continuar, pero cada dirección terminaba conduciéndolos al mismo punto. La vegetación comenzó a cerrarse a su alrededor hasta transformarse en un auténtico laberinto. Finalmente no pudieron avanzar más. Entonces, sin transición alguna, ambos abrieron los ojos dentro de la tienda. Ozul se incorporó de golpe y Badriel hizo lo mismo. Por un instante ninguno habló. La noche seguía siendo la misma. Torik, Umi y Azaka permanecían allí. Pero Khol no.

Aquello no había sido un sueño.

Por su parte, Khol se encontraba bajo la influencia de Valindra. El collar de comunicación que había recibido en el Corazón de Ubtao escondía una propiedad que el grupo desconocía: permitía que Valindra interfiriera en su voluntad. Guiado por aquella influencia, Khol caminó durante horas por la jungla hasta alcanzar un antiguo portal arcano. Al atravesarlo fue transportado hasta el Corazón de Ubtao, pero el lugar ya no se presentaba ante sus ojos como la tranquila isla flotante que había conocido anteriormente. Bajo los efectos de la magia, todo parecía estar dentro de un gigantesco corazón vivo. Las paredes parecían latir, gruesas raíces recorrían la superficie como venas y un sonido profundo y regular resonaba alrededor del tiefling. Allí lo esperaba Valindra. Sin necesidad de explicaciones, impuso una nueva orden sobre su mente: debía regresar a la jungla y proteger a un grupo de Magos Rojos de Thay mientras completaban un ritual de sacrificio destinado a poner a prueba un extraño objeto mágico.


Cuando amaneció, el resto del grupo desmontó el campamento a toda velocidad. No podían abandonar a Azaka, pero tampoco podían dejar a Khol solo en la jungla. Volvieron a colocar a su guía sobre la camilla improvisada y siguieron la dirección aproximada en la que creían que había desaparecido el tiefling. Ozul buscaba cualquier huella posible, mientras Badriel avanzaba visiblemente preocupado. "No se iría sin decir nada." Umi asintió. "Entonces alguien hizo que se fuera."

Después de varias horas encontraron algo que no pertenecía a la selva. Primero vieron telas entre los árboles, luego cajas, huellas y finalmente varias tiendas de campaña distribuidas alrededor de unas ruinas antiguas. Sobre algunas de ellas ondeaban banderas marcadas con un símbolo circular rojo. Había además jaulas de diferentes tamaños. Algunas estaban abiertas y vacías; otras conservaban mechones de pelo, plumas y manchas secas de sangre. Quienquiera que utilizara aquel campamento parecía capturar y transportar criaturas vivas. El lugar tenía una presencia inquietante. Algunos objetos estaban decorados con símbolos arcanos y los rastros indicaban que varias personas se habían desplazado recientemente entre el campamento y unas ruinas cercanas. Torik ayudó a colocar cuidadosamente la camilla de Azaka bajo una zona cubierta, mientras Umi observaba las tiendas. "No me gusta esto." Badriel desenvainó lentamente su espada. "Últimamente eso suele significar que estamos a punto de descubrir por qué."

Fue entonces cuando Ozul sintió algo. No una voz exactamente, sino una súplica, una sensación de miedo y desesperación que parecía provenir de algún lugar cercano. Había una criatura en peligro. "Hay algo allí" dijo mirando hacia las ruinas. "Algo necesita ayuda." Antes de que sus compañeros pudieran detenerlo, comenzó a avanzar siguiendo aquella sensación. Atravesó varios árboles y descendió por un pequeño sendero hasta llegar a una zona donde la vegetación daba paso a piedras antiguas.

Allí se detuvo.
Alguien bloqueaba el camino.
"Khol..."

El tiefling estaba frente a él. Ozul dio un paso hacia su compañero, aliviado durante un instante. "¿Dónde demonios estabas? Llevamos horas buscándote." Khol no respondió. Su postura era diferente. Sus manos estaban cerca de sus armas y su expresión carecía de aquella habitual mezcla de ironía y desconfianza. Ozul intentó avanzar. "Déjame pasar." Khol se movió exactamente lo necesario para bloquear nuevamente el camino. "No puedes seguir." El explorador frunció el ceño. "¿Qué estás haciendo?" No obtuvo respuesta.

Durante algunos segundos ambos permanecieron frente a frente. Ozul sabía que podía intentar forzar el paso, pero había algo profundamente extraño en el comportamiento de su compañero. Finalmente decidió no atacarlo. Retrocedió y regresó al campamento para buscar a los demás.

Poco después, Umi, Badriel, Torik y Ozul avanzaron juntos hacia las ruinas, llevando también la camilla de Azaka. Cuando llegaron al lugar comprendieron inmediatamente por qué Khol había intentado impedir el paso. Ante ellos se levantaba una antigua estructura circular de piedra. Parte de sus muros habían desaparecido hacía mucho tiempo, pero en el centro permanecía una plataforma que parecía haber sido utilizada como altar. Símbolos arcanos habían sido dibujados recientemente alrededor de ella con una sustancia oscura y rojiza. Varias velas ardían pese a la humedad de la jungla y una energía desagradable parecía acumularse en el aire.

Dos figuras vestidas de rojo se encontraban alrededor del altar. Sus cabezas rapadas estaban cubiertas por tatuajes y símbolos arcanos.

Magos Rojos de Thay.

Junto a ellos aguardaban varios guerreros armados y, a poca distancia, se encontraba Khol. En el centro del círculo había un objeto que ninguno reconoció: un pequeño cubo cubierto de símbolos. Uno de los magos parecía estudiarlo mientras el otro preparaba el ritual. Frente al cubo, atado sobre la piedra, había un lobo. El animal luchaba desesperadamente.

Ozul sintió inmediatamente la misma angustia que lo había atraído hasta allí. "Era él..." murmuró. El lobo lo miró y no necesitaba magia para comprender aquella mirada. Estaba aterrorizado. El ritual parecía requerir su sangre. Ozul tomó su arco. "No voy a permitir que lo hagan." Badriel observó primero al explorador y luego a los magos. "Entonces terminemos con esto."

Uno de los Magos Rojos levantó la cabeza. Ya los había visto.
La tensión se rompió.
El combate comenzó.

Umi fue la primera en cargar. Desenvainó Imu y avanzó contra los guerreros que protegían el ritual mientras Badriel ocupaba el otro extremo de la formación. Torik permaneció inicialmente junto a Azaka, intentando mantenerla fuera del alcance de los ataques, mientras Ozul disparaba contra uno de los soldados cercanos al altar. Entonces Khol desenvainó Silencio y atacó a sus propios compañeros.

Badriel bloqueó por poco la estocada y retrocedió desconcertado. "¡Khol! ¿Qué demonios estás haciendo?" El tiefling no respondió y volvió a atacar. Umi vio lo ocurrido desde el otro extremo de las ruinas. "¡No lo lastimen!"

Todos comprendían lo mismo. Algo estaba mal. Khol podía ser impredecible, sarcástico e incluso desesperadamente imprudente, pero jamás habría protegido voluntariamente un sacrificio semejante. Badriel comenzó a defenderse sin devolver los golpes. Intentó sujetarlo, pero Khol era demasiado rápido. El tiefling giró, escapó de sus brazos y volvió a levantar Silencio. "¡Khol, mírame!" gritó el paladín. Durante una fracción de segundo sus miradas se cruzaron y pareció existir algo detrás de los ojos del pícaro, como si una parte de él intentara responder. Pero inmediatamente volvió a atacar.

Ozul comenzó a desplazarse hacia el altar mientras disparaba contra los soldados. Su única preocupación era alcanzar al lobo antes de que terminara el ritual. Uno de los guerreros intentó interceptarlo, pero una flecha le atravesó el hombro y lo obligó a retroceder. "Aguanta" murmuró el explorador mirando hacia el animal. "Voy por ti." Torik, mientras tanto, permanecía dividido entre dos responsabilidades. Azaka seguía inconsciente a pocos metros del combate, pero sus compañeros necesitaban ayuda. El clérigo levantó el símbolo de Chauntea y comenzó a canalizar su magia para mantenerlos en pie. "¡No pienso perder a ninguno de ustedes después de haber llegado hasta aquí!"

Los Magos Rojos continuaban el ritual incluso mientras sus propios hombres combatían. Aquello era lo más inquietante: no parecían preocupados. Uno continuaba concentrado sobre el misterioso cubo mientras el otro observaba cómo los aventureros avanzaban hacia ellos. Umi derribó a uno de los soldados y vio que Ozul estaba a punto de alcanzar el altar. Badriel continuaba intentando inmovilizar a Khol sin herirlo, mientras Torik protegía a Azaka y sostenía al resto del grupo con sus plegarias.

Por primera vez, parecía que podían romper la defensa.

Entonces uno de los Magos Rojos levantó la mano. Una pequeña esfera de fuego apareció entre sus dedos. Badriel alcanzó a verlo y sus ojos se abrieron.
"¡CÚBRANSE!"
El mago sonrió.

"Bola de Fuego."

La esfera salió disparada y atravesó el campo de batalla.

El mundo desapareció bajo las llamas.

El estallido llenó las ruinas de fuego, humo y fragmentos de piedra. La onda expansiva derribó a varios guerreros que luchaban incluso del mismo lado que el mago. Aquel ataque no distinguió aliados de enemigos. Los soldados de Thay gritaron mientras las llamas los envolvían. Umi alcanzó a protegerse detrás de parte del altar, Badriel se cubrió con los restos de un muro, Ozul saltó hacia un costado y rodó por el suelo mientras el fuego pasaba sobre él. Torik consiguió resistir la explosión y Khol, moviéndose con la rapidez que siempre lo había caracterizado, logró apartarse parcialmente de la zona más destructiva.
Pero había alguien que no podía moverse.

Azaka.

La guía seguía tendida sobre la camilla.
Inconsciente.
Indefensa.
Las llamas la alcanzaron de lleno.

"¡AZAKA!"

Torik se giró inmediatamente. El cuerpo de la guía había quedado envuelto entre humo y pequeñas llamas. Durante un instante el clérigo no pudo distinguir si todavía respiraba. Umi dejó de mirar a los soldados, Ozul olvidó incluso al lobo y Badriel volvió la mirada hacia su compañera caída. Por un breve segundo, incluso Khol pareció vacilar.

El combate continuaba alrededor de ellos. Los Magos Rojos de Thay todavía protegían el extraño cubo. El ritual no había terminado. El lobo seguía atado sobre el altar. Khol continuaba bajo una voluntad que no era la suya. Y ahora Azaka, que apenas había sobrevivido a su último sacrificio, acababa de recibir de lleno una Bola de Fuego.

Era el 25 de Elesias.
Y la batalla apenas había llegado a la mitad.
domingo 02 de agosto del 2026

Viejos Héroes entre la Jungla

El 25 de Elesias, las antiguas ruinas se habían convertido en un campo de batalla. La Bola de Fuego lanzada por uno de los Magos Rojos de Thay había estallado sin distinguir entre enemigos y aliados, envolviendo en llamas incluso a los propios soldados que protegían el ritual. Pero había alguien que no había podido apartarse. Azaka, todavía inconsciente después de haber sacrificado sus fuerzas para salvar al grupo de los dinosaurios, había recibido la explosión de lleno. Durante unos instantes todos miraron hacia el lugar donde yacía su cuerpo entre humo y pequeñas llamas. Nadie podía imaginar que hubiese sobrevivido. Torik quiso correr hacia ella, pero el combate no le concedió siquiera la oportunidad de comprobarlo. Frente a ellos, los Magos Rojos todavía mantenían el control del altar, Khol continuaba atacando a sus propios compañeros bajo una influencia desconocida y los soldados supervivientes comenzaban a reorganizarse.

Entonces el mago que sostenía el extraño cubo levantó una mano. La tierra comenzó a vibrar alrededor de sus pies y las piedras de las ruinas se estremecieron como si algo intentara abrirse paso desde las profundidades. Ante la mirada sorprendida de los aventureros, rocas, tierra y fragmentos de antiguas columnas comenzaron a elevarse y unirse hasta formar una gigantesca silueta humanoide. En apenas unos instantes, un enorme Elemental de Tierra se alzó junto al mago. El grupo había visto poder arcano antes, pero aquello era diferente. Los movimientos del hechicero eran extraordinariamente rápidos; sus manos parecían tejer la Urdimbre con una facilidad que ninguno había presenciado. Un conjuro terminaba y el siguiente parecía estar preparado casi de inmediato. Fue entonces cuando comprendieron que una de sus manos seguía aferrando el mismo cubo utilizado durante el ritual. Algo en aquel objeto parecía potenciar su magia, permitiéndole manipular las energías arcanas a una velocidad antinatural.

Badriel reaccionó antes de que el elemental pudiera alcanzar al resto del grupo. Extendió una mano hacia las raíces que atravesaban las ruinas e invocó su poder. "¡Detente!" Gruesas lianas surgieron entre las piedras y se enroscaron alrededor de las piernas del Elemental de Tierra, tratando de sujetarlo. Durante unos instantes pareció funcionar, pero la criatura era demasiado poderosa. Las raíces comenzaron a romperse una tras otra mientras el enorme ser avanzaba contra el paladín. Badriel sostuvo su espadón y se plantó frente a él. "Muy bien... entonces tendremos que hacerlo de la forma difícil."

Mientras Badriel contenía al elemental, Umi decidió atravesar directamente la línea enemiga. Dos soldados intentaron interceptarla, pero la guerrera no redujo la velocidad. Imu describió un arco brutal y derribó al primero; el segundo apenas alcanzó a levantar su arma antes de recibir el siguiente golpe. Umi atravesó la formación y llegó hasta el segundo de los Magos Rojos. Solo entonces pudo distinguir claramente que se trataba de una mujer. La maga extendió ambas manos y una llamarada surgió de sus dedos mediante Manos Ardientes, convirtiendo el espacio entre ambas en un horno. El fuego envolvió a Umi, pero el Anillo de Resistencia al Fuego que había ganado semanas atrás en Puerto Nyanzaru reaccionó ante las llamas. El calor seguía siendo insoportable, pero su poder amortiguó gran parte del ataque. Cuando el fuego desapareció, la maga esperaba encontrarla retrocediendo. En cambio, vio a Umi todavía frente a ella, con Imu preparada. "Vas a necesitar algo más caliente que eso." Y atacó.

En otro extremo de las ruinas, Torik tenía un problema completamente distinto. No podía herir a Khol, pero tampoco podía permitir que continuara atacando al grupo. Intentó sujetarlo, bloquear su avance e incluso hacerlo entrar en razón, pero la agilidad del tiefling convertía cada intento en una frustración. "¡Khol, somos nosotros!" gritó mientras trataba de interceptar otra estocada. Khol no respondió. Silencio atravesó las defensas del enano y lo hirió gravemente. Torik retrocedió tambaleándose, incapaz de comprender cómo detener a su compañero sin dañarlo.

Ozul estuvo a punto de acudir en ayuda del clérigo cuando algo llamó su atención. A través del caos distinguió al mago que controlaba al Elemental de Tierra. En una de sus manos todavía sostenía el cubo. El explorador comprendió que quizá no necesitaban derrotar primero al hechicero. Tensó el arco, ignoró durante un instante todo cuanto ocurría a su alrededor y apuntó directamente hacia el objeto. "Veamos qué tan poderoso eres sin eso." La flecha atravesó el campo de batalla y golpeó el cubo. El impacto lo arrancó de la mano del mago y lo lanzó varios metros por detrás de él, donde terminó rodando entre las piedras.

El cambio fue inmediato. El mago miró hacia su mano vacía con una mezcla de sorpresa y furia, y aquella extraordinaria velocidad con la que había estado manipulando la magia desapareció. Ozul había encontrado la primera grieta real en las defensas enemigas. Pero antes de que pudieran aprovecharla, un sonido extraño surgió desde el lugar donde habían dejado a Azaka.

La guía respiró.

Primero fue una inspiración violenta, casi desesperada. Luego otra. Su cuerpo comenzó a estremecerse. Torik la miró desconcertado mientras sus extremidades se deformaban y sus músculos parecían aumentar bajo la piel. Un pelaje cubrió progresivamente su cuerpo, sus manos se transformaron en poderosas garras y sus facciones adquirieron los rasgos de un enorme felino. Ante la mirada atónita de sus compañeros, el secreto que Azaka había ocultado durante todo el viaje finalmente quedó al descubierto. La mujer que los había guiado durante semanas a través de Chult era capaz de transformarse en una poderosa criatura semejante a un tigre humanoide.

Pero no hubo tiempo para preguntas. Azaka abrió los ojos y se lanzó inmediatamente hacia la batalla.

Torik había utilizado anteriormente Detectar Magia y algo continuaba preocupándolo: el collar de comunicación que Khol había recibido de Valindra emitía una poderosa aura vinculada al control que ejercían sobre él. "¡El collar!" gritó el clérigo. "¡Quítenle el collar!" Azaka pareció comprenderlo de inmediato. En su forma bestial se abalanzó sobre Khol. El tiefling intentó esquivarla, pero esta vez encontró a alguien tan veloz como él. Azaka lo derribó y forcejeó con él mientras Torik intentaba sujetar sus brazos. Finalmente, las garras de la guía encontraron la cadena y la arrancaron de su cuello.

El efecto fue casi instantáneo. Khol quedó inmóvil durante un segundo, respirando agitadamente, mientras sus propios pensamientos regresaban a su mente. Miró a Torik, después a Azaka y finalmente a Silencio, todavía cubierto con la sangre del enano. "Torik..." El clérigo, dolorido, respondió con una mueca. "Después hablamos."

La batalla todavía no había terminado. Liberado Khol y perdido el cubo, la situación comenzaba finalmente a inclinarse a favor del grupo. Umi abrió una brecha entre los soldados y abandonó momentáneamente su enfrentamiento con la maga para lanzarse directamente contra el hechicero que había invocado al elemental. El hombre reaccionó creando varias copias de sí mismo mediante Imagen Múltiple. Cuatro figuras idénticas aparecieron entre las ruinas, moviéndose al mismo tiempo para confundirla. Umi no redujo la velocidad. Eligió una, apretó ambas manos alrededor de Imu y atacó.

La espada encontró carne.

La imagen era real.

El golpe derribó al Mago Rojo y, al perder este la concentración, el Elemental de Tierra que combatía contra Badriel comenzó a desmoronarse. Las enormes piedras que formaban su cuerpo se desprendieron una tras otra hasta caer pesadamente sobre las ruinas. Badriel observó desaparecer a la criatura y miró hacia Umi. "Voy a asumir que eso fue intencional." La guerrera recuperó Imu. "Por supuesto."

Parecía que finalmente podían ganar.

Entonces aparecieron los refuerzos.

Desde el campamento surgieron nuevos soldados y más figuras vestidas con las características túnicas de los Magos Rojos de Thay. Khol, todavía intentando recuperar por completo el control de sus pensamientos, palideció al verlos. Ahora recordaba fragmentos de lo ocurrido mientras había permanecido bajo la influencia de Valindra. "Tenemos que irnos. Hay muchos más cerca." Antes de que alguien pudiera responder, otro sonido surgió desde la dirección opuesta.

Siseos.

Decenas de pasos arrastrándose entre la vegetación.

Ozul miró hacia la retaguardia. Entre los árboles comenzaron a aparecer Yuan-ti acompañados por una nueva columna de muertos vivientes. Eran los mismos enemigos que llevaban siguiéndolos desde el encuentro con La Diosa Estelar. El grupo había quedado atrapado entre dos fuerzas considerablemente superiores.

Pero entonces ocurrió algo inesperado.

Los Yuan-ti no atacaron a los aventureros.

Atacaron a los Magos Rojos.

Flechas comenzaron a atravesar el campamento. Los soldados de Thay respondieron inmediatamente y la magia arcana iluminó las ruinas mientras los muertos vivientes se abalanzaban contra ellos. Quedó claro que ambos bandos no eran aliados. Todo lo contrario: Magos Rojos y Yuan-ti eran enemigos, y los aventureros acababan de quedar atrapados justo en medio de su enfrentamiento.

Badriel comprendió inmediatamente la oportunidad. "¡Nos vamos! ¡Que se maten entre ellos!" Nadie necesitó convencer al resto. Torik ayudó a Khol, Ozul buscó una ruta entre la vegetación y Azaka, todavía en su forma bestial, tomó nuevamente la delantera. Umi, sin embargo, miró hacia atrás. Entre las piedras todavía se encontraba el extraño cubo que Ozul había arrancado de la mano del mago. Durante un instante consideró regresar. "Maldita sea..."

No alcanzó a hacerlo.

Una nueva Maga Roja de Thay apareció mediante un destello de magia directamente junto al objeto. Se agachó, recogió el cubo y desapareció con él entre sus compañeros. Umi apretó los dientes, pero ya no había tiempo. La batalla entre ambos ejércitos estaba creciendo y permanecer allí significaba morir.

Escaparon.

Durante horas atravesaron la jungla sin detenerse. Esta vez Azaka, aparentemente consciente y mucho más estable en su forma de tigre humanoide, volvió a guiarlos. El campamento, las explosiones y los siseos desaparecieron lentamente detrás de ellos hasta quedar reemplazados por los sonidos habituales de Chult. Solo cuando estuvieron seguros de haber dejado atrás a ambos bandos se permitieron detenerse.

La primera conversación fue inevitable. Todos miraron a Azaka. La guía permaneció varios segundos en silencio antes de recuperar lentamente su apariencia humana. Parecía avergonzada más que orgullosa de lo que acababan de descubrir. Les explicó que había ocultado deliberadamente aquella parte de su naturaleza. Su forma bestial no siempre era fácil de controlar y, en determinadas circunstancias, podía convertirse en una amenaza incluso para quienes intentaba proteger. Además, había aprendido hacía mucho tiempo que revelar lo que era provocaba miedo, rechazo y discriminación. "Prefería que me conocieran como Azaka antes de decidir qué pensar de mí por lo que puedo llegar a ser." Badriel negó lentamente con la cabeza. "Acabas de levantarte después de recibir una bola de fuego para ayudarnos. Creo que sabemos suficiente sobre quién eres." Umi asintió. "Y ya eras la Mata Dinosaurios antes de que supiéramos lo del tigre."

Después fue el turno de Khol. El tiefling relató cuanto conseguía recordar. Habló de la voz que lo había atraído fuera del campamento, de cómo su voluntad había ido desapareciendo y de fragmentos confusos del Corazón de Ubtao y de Valindra. El grupo comprendió entonces que el collar que ella les había entregado nunca había sido simplemente un objeto para comunicarse. Khol se lo quedó mirando durante unos segundos. "Supongo que no podemos devolverlo y pedir un reembolso." Umi tomó el objeto y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia la espesura. Nadie protestó. Después cambiaron de dirección y continuaron avanzando.

El resto del 25 de Elesias fue simplemente un intento por volver a orientarse. Caminaron durante horas hasta encontrar un lugar donde levantar una tienda improvisada. Aquella noche consiguieron descansar, aunque el sueño estuvo lejos de ser tranquilo. Ahora no solo tenían a los Yuan-ti siguiéndoles el rastro y a los Magos Rojos de Thay investigando los mismos misterios que ellos. También sabían que Valindra, la mujer que les había ofrecido refugio, alimento y una dirección cuando estaban perdidos, los había utilizado. Y cuando finalmente conseguían cerrar los ojos, otra presencia regresaba desde sus sueños: la máscara dorada que llevaba meses acompañándolos. La misma figura silenciosa relacionada con la Maldición de la Muerte continuaba aguardándolos en algún lugar de sus pesadillas.

La mañana del 26 de Elesias los encontró cansados, pero al menos nuevamente orientados. Con Azaka consciente y guiándolos otra vez, avanzar por la jungla se volvió considerablemente más sencillo. Habían recorrido varias horas cuando un sonido extraño hizo que todos se detuvieran.

Metal contra metal.

Espadas.

Alguien estaba combatiendo cerca.

Después de todo lo ocurrido, nadie tenía demasiadas ganas de descubrir quién. Badriel propuso continuar y evitar problemas que no les pertenecían, pero Khol se ofreció a comprobar qué sucedía sin involucrar al resto. "Solo miraré. Sin tocar nada, sin hablar con nadie y, sobre todo, sin aceptar collares mágicos." Antes de que pudieran responder ya había desaparecido entre la vegetación.

El tiefling avanzó silenciosamente hasta alcanzar la ribera de un pequeño río. Allí descubrió un modesto campamento formado por dos tiendas y una fogata que todavía ardía junto al agua. Alrededor de él, aproximadamente una docena de muertos vivientes atacaban a dos viajeros. El primero era un humano de aspecto curtido, un explorador armado con arco que se desplazaba con la seguridad de alguien acostumbrado a sobrevivir en lugares donde otros morirían rápidamente. A su lado combatía una criatura que Khol jamás había visto: un humanoide de piel verde, rasgos reptilianos y una larga cola, semejante a algún extraño dinosaurio erguido, que luchaba con espada y escudo.

Ambos eran extraordinariamente hábiles.

El humano disparaba con precisión mientras se desplazaba alrededor del campamento y su extraño compañero interceptaba a los cadáveres que conseguían aproximarse. Khol los observó durante unos segundos y llegó a preguntarse si realmente necesitaban ayuda. Pero uno de los muertos consiguió aproximarse por la espalda del arquero y el tiefling actuó antes de pensarlo demasiado. Salió silenciosamente de la vegetación y Silencio atravesó al cadáver antes de que pudiera atacar. El segundo cayó pocos instantes después.

"¡Un poco de ayuda!" gritó Khol hacia la jungla mientras volvía a desaparecer entre las sombras.

El resto del grupo escuchó su voz y corrió hacia el campamento. Cuando llegaron, Khol ya combatía junto a los dos desconocidos. Umi entró en la refriega por uno de los costados, Badriel se colocó inmediatamente junto al guerrero reptiliano, Ozul comenzó a disparar desde la vegetación y Torik levantó su símbolo sagrado. Con todos ellos combatiendo juntos, los muertos vivientes apenas tuvieron oportunidad. En pocos instantes el último cadáver cayó junto a la ribera.

Cuando terminó la batalla, el humano guardó lentamente su arco y se presentó como Artus Cimber. Era un hombre de aspecto experimentado, vestido para soportar largas jornadas de exploración y con la mirada de quien llevaba demasiado tiempo recorriendo lugares peligrosos. Su compañero era Dragonbait, un saurial: una criatura reptiliana procedente de un pueblo extraño para la mayoría de los habitantes de Faerûn. Aunque su apariencia podía recordar a un dinosaurio humanoide, su comportamiento resultaba sorprendentemente sereno. No hablaba como ellos; se comunicaba principalmente mediante gestos, expresiones y una peculiar sucesión de aromas que parecían cambiar según su estado de ánimo. Había algo casi desconcertante en encontrarse frente a un guerrero capaz de combatir con semejante ferocidad y que, pocos segundos después, podía expresar agradecimiento con una sonrisa tranquila.

"Mi compañero dice gracias" explicó Artus.

Khol olfateó discretamente el aire. "¿Dijo eso con la cara o con el olor?"

Artus sonrió. "Con ambos. Con el tiempo aprendes."

Los dos viajeros los invitaron a compartir su comida y descansar junto al campamento. Después de varios días alimentándose con frutos, raciones escasas e insectos, aquella invitación bastó para conquistar al grupo. Poco a poco las armas fueron guardadas y la desconfianza inicial comenzó a desaparecer.

La conversación cambió cuando explicaron por qué recorrían Chult. Hablaron de la Maldición de la Muerte, de las pistas encontradas en La Diosa Estelar y de cómo todas parecían conducir hacia la ciudad perdida de Omu. Artus permaneció pensativo al escuchar aquel nombre. Entonces les habló de un lugar que podía ayudarlos: Kir Sabal.

Según explicó, Kir Sabal era un antiguo santuario construido sobre elevados acantilados y habitado por los aarakocra, hombres y mujeres pájaro que habían establecido allí una comunidad apartada de gran parte de los peligros terrestres de la jungla. Pero lo verdaderamente importante no eran únicamente sus habitantes. Bajo la protección de los aarakocra vivían dos jóvenes humanos: Mwaxanaré y su hermano menor Na, descendientes de la antigua familia real de Omu. Si alguien podía conservar historias, tradiciones o conocimientos capaces de conducirlos hasta la ciudad perdida, aquellos herederos y sus protectores eran una de las mejores posibilidades que encontrarían en Chult.

"No está cerca" advirtió Artus mientras señalaba una ruta aproximada. "Pero si realmente buscan Omu, yo empezaría por Kir Sabal."

Por primera vez desde que habían abandonado el Corazón de Ubtao, tenían nuevamente un destino que no provenía de una bruja manipuladora ni de una maga que controlaba voluntades.

Después, Artus explicó su propia misión. Él tampoco vagaba sin rumbo por la jungla. Buscaba Orolunga, unas antiguas ruinas donde esperaba encontrar a Saja N'baza, una poderosa y antiquísima oráculo que quizá poseía respuestas sobre un lugar todavía más legendario: Mezro.

El nombre hizo reaccionar inmediatamente al grupo.

Torik recordó los documentos encontrados en La Diosa Estelar. "Mezro... Ras Nsi era uno de sus protectores."

Artus lo miró sorprendido. "Han estado leyendo historias bastante antiguas."

Entonces les habló de Mezro. Les contó sobre la legendaria ciudad chultana asociada a Ubtao, sobre sus poderosos protectores conocidos como los barae y sobre cómo Ras Nsi había formado parte alguna vez de ellos antes de convertirse en una figura temida de la historia de Chult. Pero para Artus, Mezro no era únicamente una leyenda. Allí había conocido a Alisanda, una de sus barae y la mujer a quien amaba. La ciudad había desaparecido y desde entonces él buscaba una forma de encontrarla nuevamente. Creía que la sabia Saja N'baza, en Orolunga, podía conocer la verdad sobre el destino de Mezro y ayudarlo a reencontrarse con ella.

Mientras hablaba, Azaka permaneció extrañamente silenciosa.

No dijo nada.

Pero Ozul alcanzó a notar que la guía había apartado la mirada al escuchar el nombre de Orolunga.

La conversación continuó y finalmente Artus decidió revelar por qué su viaje era especialmente peligroso. Miró alrededor del campamento para asegurarse de que nadie más estuviera cerca y entonces mostró al grupo un anillo.

El Anillo del Invierno.

Incluso sin comprender completamente su naturaleza, todos pudieron percibir que no se trataba de una joya ordinaria. Artus explicó que era un artefacto extraordinariamente poderoso y peligroso, capaz de ejercer un enorme poder relacionado con el frío y el invierno. Precisamente por ello llevaba años siendo perseguido. Un grupo de Gigantes de la Escarcha había llegado a Chult buscándolo y no eran los únicos. Los Magos Rojos de Thay, los Zhentarim y otras organizaciones deseaban apoderarse del anillo por diferentes razones.

"Mientras lo lleve conmigo, seguirán viniendo" explicó Artus. "Pero algunas cosas son demasiado peligrosas para entregarlas simplemente porque alguien amenaza con quitártelas."

Umi observó el anillo. "Entonces vas a protegerlo."

"Con mi vida."

No había vacilación en su respuesta.

Después de todo cuanto habían vivido con Nanny Pu'pu y Valindra, confiar en un desconocido parecía casi una estupidez. Sin embargo, algo era diferente con aquellos dos viajeros. Artus hablaba con la serenidad de alguien que no intentaba convencerlos de nada y Dragonbait permanecía a su lado sin esconder la clase de persona que era. Cuando Badriel descubrió que el saurial compartía una profunda devoción por Tyr, la distancia entre ambos disminuyó todavía más. El paladín observó el símbolo del dios de la justicia y luego al extraño guerrero reptiliano. "Entonces servimos al mismo juez." Dragonbait respondió con una inclinación solemne de cabeza y extendió el antebrazo. Badriel lo tomó con firmeza.

Khol contempló la escena y murmuró: "Perfecto. Ahora tenemos dos paladines."

"Eso significa que alguien podrá vigilarte cuando yo esté durmiendo" respondió Badriel.

"Retiro lo dicho. No confío en él."

Las risas que siguieron fueron pequeñas, pero auténticas. Hacía demasiado tiempo que el grupo no podía sentarse junto a una fogata sin estar huyendo de algo. Decidieron permanecer allí durante el resto del día. Compartieron comida, rutas, historias y todo cuanto habían aprendido sobre Chult. Artus señaló nuevamente el camino aproximado hacia Kir Sabal, mientras los aventureros le contaron sobre los movimientos de los Yuan-ti, los ejércitos de muertos y los Magos Rojos de Thay. Cada historia parecía conectarse con otra, como si lentamente comenzaran a descubrir que los acontecimientos que habían presenciado desde su llegada a la península formaban parte de algo mucho mayor.

La noche del 26 de Elesias terminó encontrándolos alrededor de la fogata. El pequeño río reflejaba la luz de las llamas y, por primera vez en varios días, Azaka estaba despierta junto a ellos. Ozul escuchaba con atención las historias de Artus, Torik intentaba ordenar mentalmente todo cuanto habían descubierto sobre Mezro, Umi contemplaba el fuego mientras pensaba en el camino que todavía les quedaba por recorrer y Khol permanecía cerca de Dragonbait, intentando determinar qué significaban los diferentes aromas con los que el saurial acompañaba sus gestos. Badriel, por su parte, parecía haber encontrado finalmente a alguien en aquella jungla cuya palabra no necesitaba cuestionar a cada instante.

Habían comenzado aquel día rodeados por enemigos, traiciones y secretos. Ahora terminaban sentados junto a dos desconocidos que, por alguna razón difícil de explicar, no parecían desconocidos en absoluto.

Y entre todas las historias compartidas alrededor del fuego había quedado una dirección especialmente clara.

Kir Sabal.

Allí, entre los acantilados de Chult, los últimos herederos de Omu podían estar esperando.
Y quizá con ellos se encontrara la siguiente pieza del camino hacia la ciudad perdida.
Recuerdo de la sesión
✦ Recuerdos de la aventura

Revive esta sesión

Explora las fotografías y videos que quedaron registrados durante La Tumba de la Aniquilación .

Explorar recuerdos