La mañana del
28 de Flamerule comenzó con una energía distinta en
Puerto Nyanzaru. Tras los horrores vividos en la jungla, el grupo decidió, por primera vez, disfrutar de la vida que ofrecía la ciudad. Entre risas, apuestas y discusiones, optaron por participar en una de las actividades más emblemáticas del puerto: las carreras de dinosaurios. Con cierta lógica —y algo de entusiasmo— eligieron a
Torik como su jinete. Su complexión ligera y su afinidad con la naturaleza lo convertían en el candidato ideal.
La carrera fue un espectáculo digno de leyenda. Seis competidores se alinearon en la salida, montando bestias veloces, musculosas y difíciles de controlar. Entre ellos destacaba el favorito del público, el campeón patrocinado por el príncipe mercante
Jobal, un jinete experimentado que parecía dominar a su montura como si fuera una extensión de su propio cuerpo. El inicio fue explosivo. Las criaturas avanzaron con fuerza, levantando polvo y gritos entre la multitud.
Torik mantuvo la calma, guiando a su dinosaurio con firmeza mientras esquivaba obstáculos, giros cerrados y empujones de sus rivales. En medio del caos,
Khol, oculto entre la multitud, utilizó discretamente pequeños trucos propios de su linaje tiefling para favorecer a su compañero: sombras que confundían a los rivales, ligeras distracciones, momentos de duda que inclinaban la balanza… todo sin ser detectado. Era ilegal, sí… pero mientras
Badriel no lo supiera, el grupo no tendría que lidiar con otro conflicto moral.
La carrera alcanzó su clímax en los últimos tramos.
Torik logró posicionarse entre los primeros, luchando rueda a rueda contra el campeón de
Jobal. El público rugía. El desenlace fue ajustado… pero finalmente, el enano cruzó la meta en segundo lugar. No obtuvieron el gran premio principal, pero sí algo valioso: triplicaron el dinero apostado y reforzaron su confianza como grupo. Además, como reconocimiento por su desempeño, se les entregó un
anillo de resistencia al fuego, el cual fue confiado a
Umi, quien lo recibió con una mezcla de orgullo y responsabilidad.
Sin embargo, mientras la celebración aún resonaba en las calles del puerto, algo cambió en silencio. Esa misma noche,
Melshif encontró información que había buscado durante mucho tiempo… pistas sobre
Artheponas, el responsable de la destrucción de su pueblo. No dijo nada. No compartió lo que había descubierto. Simplemente tomó una decisión. Antes del amanecer, sin despedidas ni explicaciones, el bardo abandonó el grupo, siguiendo su propio camino en busca de venganza.
El jugador Cristian que manejaba al personaje de Melshif deja la mesa de rol y con ello se retira a su personaje del grupo
Cuando el grupo lo notó, ya era tarde. Solo quedaron preguntas… y un silencio incómodo que nadie quiso romper. Mientras tanto, Umi y Badriel
aprovecharon la jornada para investigar posibles guías para la jungla. Entre nombres, rumores y recomendaciones, uno destacó por sobre los demás: Azaka Stormfang. Esa misma tarde, se reunieron con ella en la taberna La Casa de Reposo de Kaya
. Azaka_ era una mujer fuerte, de mirada intensa y movimientos seguros. Su presencia imponía respeto, y en su voz había la firmeza de alguien que conocía la jungla… y había sobrevivido a ella. Tras escucharlos, propuso un acuerdo inusual: renunciaría a cualquier pago si el grupo la ayudaba a recuperar un objeto importante de su familia. No dio muchos detalles, pero su tono dejó claro que no era una simple reliquia… era algo personal.
El grupo aceptó.
Durante el resto del día,
Azaka los guió en los preparativos. Les indicó qué provisiones comprar, qué equipo llevar y, más importante aún, qué evitar. Hablaba de la jungla como si fuera un ser vivo, uno que observaba, reaccionaba y castigaba a los imprudentes. Con ella, el grupo no solo ganaba una guía… ganaba una ventaja.
Al día siguiente, partieron junto a
Azaka rumbo a
Fuerte Beluarian, con el objetivo de obtener permisos oficiales para explorar la jungla. El viaje tomó dos días, y durante ese tiempo quedó claro por qué la presencia de
Azaka era vital. Evitó territorios de dinosaurios, desvió el camino antes de cruzarse con hordas de muertos vivientes y detectó peligros antes de que el grupo siquiera los notara. Donde antes había enfrentamientos inevitables… ahora había decisiones inteligentes. Movimiento en silencio. Supervivencia.
El
30 de Flamerule, finalmente llegaron al fuerte.
Fuerte Beluarian se alzaba imponente en la costa, una estructura robusta de madera reforzada y piedra, protegida por empalizadas, torres de vigilancia y soldados armados. No era solo un puesto militar… era un bastión. Administrado por el Puño Ardiente en nombre de Puerta de Baldur, el fuerte servía como centro de operaciones para expediciones en la jungla. Desde allí partían misiones para cazar muertos vivientes, explorar territorios desconocidos y asegurar rutas comerciales. La disciplina militar era evidente: soldados entrenando, órdenes firmes, vigilancia constante.
Fue allí donde conocieron a
Liara Portyr.
De presencia firme y mirada penetrante, Liara imponía autoridad sin necesidad de alzar la voz. Vestía una armadura completa que reflejaba tanto su rango como su experiencia. No era joven… pero tampoco lo necesitaba. Había algo en ella que inspiraba respeto inmediato. Cuando el grupo se presentó, no hubo rodeos. Les informó que varios de sus soldados habían desaparecido en la jungla durante una misión reciente. Su tono fue directo.
"Quieren moverse libremente por Chult… quieren riquezas, permisos y respaldo. Yo puedo dárselos. Pero primero… demuéstrenme que valen la pena."
La oferta era clara.
Rescatar a sus hombres a cambio de un permiso especial de libre tránsito y autorización para extraer riquezas de la jungla.
El grupo no dudó.
Aceptaron.
Porque en Chult, cada paso sin respaldo era una sentencia.
Y cada alianza… una oportunidad de sobrevivir.